miércoles, 31 de octubre de 2012

Páginas 207-216

A medida que se acerca el final de la primera sección de A la sombra de las muchachas en flor vamos entendiendo que, así como Un amor de Swann trazó la órbita de la obsesión de Swann por Odette, aquí estamos leyendo la variante de esa historia incorporada a la vida del narrador. Así, estas últimas páginas nos cuentan la muerte del amor por Gilberte.
...Seguía diciéndome que Gilberte no me amaba, que yo lo sabía desde hacía mucho, que podía volver a verla, si quería y, si no quería, olvidarla a la larga. Pero aquellas ideas (...) carecían del menor poder eficaz contra aquellas dos líneas paralelas, que volví yo a ver de vez en cuando, de Gilberte y del joven internándose a pasos cortos por la avenida de los Campos Elíseos. Era un mal nuevo que también acabaría debilitándose, era una imagen que un día se presentaría a mi mente por completo decantada de todo lo nocivo que contenía, como esos venenos mortales que se manejan sin peligro, como un poco de dinamita con la que podemos encender el cigarillo sin miedo a una explosión. Entretanto, había en mí otra fuerza que luchaba con toda su potencia contra aquella fuerza dañina que me representaba sin cambio el paseo de Gilberte en el crepúsculo: para domeñar los asaltos renovados de mi memoria, mi imaginación laboraba útilmente en sentido inverso. La primera de esas dos fuerzas seguía -cierto es- mostrándome a aquellos dos paseantes de la avenida de los Campos Elíseos y me ofrecía otras imágenes desagradables, procedentes del pasado: por ejemplo, Gilberte encogiendo los hombros cuando su madre le pedía que se quedara conmigo. Pero la segunda fuerza, que laboraba en el cañamazo de mis esperanzas, dibujaba un futuro desarrollado con mucha más complacencia que aquel triste pretérito, en resumidas cuentas, tan limitado. Por un minuto en el que volvía a ver a Gilberte desabrida, cuántos no había en los que imaginaba gestiones que ella encargaría en pro de nuestra reconciliación, ¡de nuestro noviazgo incluso! Cierto es que aquella fuerza que la imaginación dirigía hacia el futuro la obtenía, pese a todo, del pasado. A medida que se borrara mi enojo ante la indiferencia de Gilberte, disminuiría también el recuerdo de su encanto y, por tanto, el deseo de que volviera hacia mí. (p.208)
De pasada se vuelve a mencionar a Albertine, en un momento metanarrativo especialmente brillante:
Me irritaba el deseo que muchas personas manifestaron en aquella época de recibirme y a cuyas casas me negaba a acudir. En casa hubo una escena, porque no acompañé a mi padre a una cena oficial a la que iban a asistir los Bontemps con su sobrina Albertine, jovencita que era casi una niña aún. Los diferentes períodos de nuestra vida se superponen, así, uno sobre otro. Nos negamos con desdén -en pro de lo que amamos y que un día nos será tan indiferente- a ver lo que nos resulta indiferente hoy, que amaremos mañana, que -si hubieramos consentido ver antes- tal vez habríamos podido amar antes y habría, así, abreviado nuestros sufrimientos actuales para substituirlos -cierto es- por otros. (p.209)
Los "diferentes períodos de nuestra vida" valen por los diferentes episodios de En busca del tiempo perdido; "lo que amamos y que un día nos será tan indiferente" vale por Gilberte, y "lo que nos resulta indiferente hoy, que amaremos mañana" equivale a Albertine, que ocupará el centro de la novela. La historia de Albertine, la narración del amor del narrador por Albertine, irrumpe, se difunde en la historia del amor por Gilberte.
El intermitente discurso sobre el amor regresa aquí:
Pero al final el alejamiento puede ser eficaz. El deseo, las ganas, de volver a vernos acaban renaciendo en el corazón que actualmente no nos aprecia. Sólo, que para ello hace falt atiempo. Ahora bien, nuestras exigencias en cuanto al tiempo no son menos exorbitantes que las reclamadas por el corazón para cambiar. En primer lugar, el tiempo es precisamente lo que menos concedemos con facilidad, pues nuestro sufrimiento es cruel y tenemos prisa por verlo acabar. Además, ese tiempo que el otro corazón necesitará para cambiar el nuestro lo utilizará para cambiar también, de modo que, cuando el fin que nos proponíamos llegue a ser asequible, habrá dejado de ser un fin para nosotros. (p.211)
Estos nuevos sentimientos del narrador lo llevan a revisitar el pasado y a encontrar pequeños horrores:
...recordé toda la escena tras el macizo de laureles [páginas 67-76]. En cuanto somos desdichados, nos volvemos morales. La antipatía actual de Gilberte para conmigo me pareció como un castigo infligido por la vida por mi comportamiento de aquel día. Creemos eludir los castigos, porque prestamos atención a los coches al cruzar la calzada y evitamos los peligros, pero los hay internos. El accidente procede de donde no lo imaginábamos: de dentro, del corazón. Las palabras de Gilberte: "Si quieres, seguimos luchando", me horrorizaron. La imaginé igual, tal vez en su casa, en la lavandería, con el joven a quien había yo visto acompañándola por la avenida de los Campos Elíseos... (p.213)
Cabe pensar que al narrador horroriza la idea de que Gilberte haya comprendido de qué se trataba el "juego", la "lucha", y, además, que se haya prestado tan resuelta a seguir "jugando", a de alguna manera satisfacerlo, complacerlo como -cabe imaginar- sabía el narrador que complacía Odette a sus clientes. Y, evidentemente, que pueda hacerlo con otros.




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