jueves, 27 de diciembre de 2012

Páginas 239-248

Norpois parece entusiasmado con la obra de Bloch:
¿Cuáles eran los aspectos que el Sr. de Norpois no especificaba, pero respecto de los cuales parecía reconocer que Bloch y él estaban de acuerdo? ¿Qué opinión tenía, entonces, sobre el caso, en la que pudieran coincidir? Bloch estaba tanto más asombrado del misterioso acuerdo que parecía existir entre el Sr. de Norpois y él cuanto que versaba exclusivamente sobre la política, pero la Sra. de Villeparisis había hablado al Sr. de Norpois bastante por extenso de los trabajos literarios de Bloch.
"No es usted de su época", dijo a éste el antiguo embajador, "y lo felicito: no es usted de esta época en la que han dejado de existir los estudios desinteresados, en la que ya sólo se venden al público obscenidades o necedades. Si tuviéramos un gobierno, debería alentar esfuerzos como los suyos."
Bloch se sentía halagado de nadar solo en el naufragio universal, pero también a ese respecto habría deseado precisiones, saber a qué necedades se refería el Sr. de Norpois. Bloch tenía la sensación de laborar por la misma vía que muchos: no se había creído tan excepcional. Volvió al caso Dreyfus, pero no logró discernir la opinión del Sr. de Norpois. (p.239)
Una vez más, el narrador nos muestra cómo el asunto Dreyfus no sólo ha dividido a la sociedad parisina sino que sirve de plataforma para visibilizar las ideas y la personalidad de cada uno de los personajes. Los Guermantes, en general, son antidreyfusistas: exceptuando a Saint-Loup. Y al respecto, Basin, el duque, tiene algo que decir:
"...Cuando se llama uno marqués de Saint-Loup, no se puede ser dreyfusista, ¡qué quieres que te diga!"
El Sr. de Guermantes pronunció con énfasis estas palabras: "cuando se llama uno marqués de Saint-Loup". Sin embargo, sabía perfectamente que aún más era llamarse "el duque de Guermantes", pero, si bien su amor propio tenía tendencia a exagerar más bien la superioridad del título de duque de Guermantes, tal vez no fueran las reglas del buen gusto cuanto las leyes de la imaginación las que lo movían a disminuirlo. A todo el mundo resulta más hermoso lo que ve a distancia, lo que ve en los demás, pues las leyes generales que regulan la perspectiva en la imaginación se aplican tanto a los duques como a los demás hombres. No sólo las leyes de la imaginación, sino también las del lenguaje. Ahora bien, en aquel caso se podían aplicar una u otra de dos leyes del lenguaje. Una exige que nos expresemos como la gente de nuestra clase mental y no de nuestra casta de origen. (p.242)
Es interesante constatar -una vez más- el afán digamos "científico" del narrador: su seguridad a la hora de hablar de "leyes" del comportamiento; no menos interesante es apreciar ese giro hacia lo lingüístico que vincula las "leyes de la imaginación" a las "leyes del lenguaje".
Más adelante en la velada se insta a Norpois a detallar su posición ante el asunto Dreyfus:
"No cabe la menor duda (...) de que su deposición [la de Picquart, quien aportó pruebas a favor de Dreyfus] era necesaria. Sé que, al sostener esta opinión, he provocado a más de uno de mis colegas gritos desaforados, pero, a mi juicio, el Gobierno tenía el deber de dejar hablar al coronel. No se puede escapar de semejante callejón sin salida mediante una simple pirueta o, si no, se corre el riesgo de caer en un atolladero. Para el propio oficial, esa deposición causó en la primera audiencia una impresión de lo más favorable. Al verlo, con su hermoso uniforme de cazadores, que tan bien le sienta, ir a contar en tono totalmente sencillo y franco lo que había visto, lo que había pensado, decir "Por mi honor de soldado (...) ésa es mi convicción", no se puede negar que la impresión fue profunda."
"Ya está, es dreyfusista, ya no hay sombra de duda", pensó Bloch.
"Pero lo que le enajenó enteramente las simpatías que había podido granjearse antes fue su confrontación con el archivero Gribbelin, cuando se oyó a ese viejo servidor, a ese hombre que sólo tiene una palabra (...) cuando se lo vio mirar a los ojos a su superior, sostenerle la mirada y decirle en un tono que no admitía réplica: "Vamos a ver, mi coronel, sabe usted perfectamente que yo nunca he mentido, sabe usted que en este momento, como siempre, digo la verdad". El viento cambió de dirección. De nada sirvió al Sr. Picquart revolver Roma con Santiago en las audiencias siguientes, fracasó pura y simplemente."
"No, está claro que es antidreyfusista, más que el agua", se dijo Bloch. (pp.246-247)

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