jueves, 13 de diciembre de 2012

Páginas 99-108

La rutina del narrador en el cuartel de Saint-Loup incluye caminatas por el pueblo que lo rodea, lo cual, a la mejor manera de Charles Swann, le permite traer a colación grandes pintores.
Se intensificaba el viento. Estaba muy erizado y granado con nieve cercana; volvía a la calle principal y montaba en el pequeño tranvía desde cuya plataforma un oficial que parecía no verlos respondía a los saludos de los soldados palurdos de paseo por la acera, con la cara pintarrajeada por el frío, y recordaba -en aquella ciudad que el brusco salto del otoño a aquel comienzo del invierno parecía haber arrastrado más hacia el Norte- a la cara rubicunda con que Brueghel pinta a sus campesinos, comilones y curdelas. (p.100)
Saint-Loup tiene una fotografía de su tía Oriane, y el narrador está determinado no sólo a pedírsela sino, además, a que su amigo lo presente a la duquesa:
"...la Sra. de Guermantes no sospecha que te conozco, ¿verdad?"
"No lo sé; no la he visto desde el año pasado: no he ido de permiso desde que regresó."
"Es que, mira, me han asegurado que me considera totalmente idiota".
"Eso no te lo creo: Oriane no es un águila, pero, de todos modos, no es estúpida."
"Ya sabes que, en general, no tengo el menor interés en que difundas los buenos sentimientos que abrigas para conmigo, pues carezco de amor propio. Por eso, lamento que hayas dicho cosas amables sobre mí a tus amigos (...), pero, en el caso de la Sra. de Guermatnes, si pudieras hacerle saber, aun con un poco de exageración, lo que piensas de mí, me harías un gran favor".
"Pues con muchísimo gusto, si sólo tienes que pedirme eso, no es demasiado dificil, pero, ¿qué importancia puede tener lo que piensa ella de ti? Supongo que te traerá sin cuidado..."
(...) "¡Oh! ¡Robert! Mira", dije también a Saint-Loup durante la cena (...) "en relación a la señora de la que acabo de hablarte..."
"Sí."
"¿Sabes bien a quién me refiero?"
"Pero, bueno, me tomas por un cretino del Valais, por un retrasado."
"¿Te importaría regalarme su fotografía?".
(...) "No, pero primero debo pedirle permiso", me respondió.
Al instante se ruborizó. Comprendí que había tenido una reserva mental y qu eme atribuía otra a mí, que sólo iba a servirme a medias en relación con mi amor, a reserva de ciertos principios de moralidad, y lo detesté. (pp.103-105)

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