jueves, 3 de enero de 2013

Páginas 249-258

Los intentos de Bloch de lograr que el diplomático y cuidadoso Norpois se pronuncie claramente con respecto al caso Dreyfus no tienen éxito. Después de que el primero sugiera que los manuscritos que probaban la culpabilidad del acusado el segundo responde:
"...por lo demás, lo único que pueden hacer es perturbar la serenidad de la sala de audiencias y alentar agitaciones que en un sentido como en otro serían de deplorar. Cierto es que se debe poner fin a las intrigas militaristas, pero tampoco tenemos nada que hacer con una gresca alentada por aquellos de los elementos de derechas que, en lugar de servir a la idea patriótica, piensan en utilizarla. Gracias a Dios, Francia no es una república sudamericana y no se siente la necesidad de un general para un pronunciamiento (...) Si es una condena (...) probablemente será anulada, pues es poco frecuente que un proceso en el que las deposiciones de testigos son tan numerosas no haya defectos de forma que los abogados pudan invocar. Para acabar respecto de la algarada del príncipe Henri de Orleáns, dudo mucho que haya sido del gusto de su padre." (p.249)
La insistencia de Bloch -quien, recordemos, es judío- en el tema empieza a generar cierto malestar.
"Usted, señor", dijo Bloch, al tiempo que se volvía hacia el señor de Argencourt (...), "será dreyfusista, seguro: en el extranjero todo el mundo lo es."
"Es un asunto que sólo incumbe exclusivamente a los franceses entre sí, ¿no?", respondió el Sr. de Argencourt con esa insolencia particular que consiste en atribuir al interlocutor una opinión que no comparte -lo sabemos manifiestamente-, ya que acaba de emitir una opuesta.
Bloch enrojeció; el Sr. de Argencourt sonrió, al tiempo que miraba en derredor, y, si bien la sonrisa -mientras la dirigió a otros visitantes- fue malévola para con Bloch, la moderó con cordialidad al detenerla al final en mi amigo para privarlo del pretexto de enfadarse por las palabras que acababa de oír y que no por ello eran menos crueles. La Sra. de Guermantes dijo al oído al Sr. de Argencourt algo que yo no oí, pero que debía de tener que ver con la religión de Bloch, pues en aquel momento pasó por el rostro de la duquesa esa expresión a la que el miedo a ser advertido por la persona de la que se habla infunde cierta vacilación y falsedad, en la que se mezcla la alegría curiosa y malintencionada que inspira una agrupación humana a la que nos sentimos radicalmente ajenos. Para desquitarse, Bloch se volvió hacia el duque de Châtellerault: "Usted, señor, que es francés, sabe, seguro, que en el extranjero son dreyfusistas, aunque se diga que en Francia nunca se sabe lo que ocurre en el extranjero. Por lo demás, sé que se puede hablar con usted, me lo dijo Saint-Loup". Pero el joven duque, quien notaba que todo el mundo se ponía en contra de Bloch (...), dijo (...) "Discúlpeme, señor, que no hable de Dreyfus con usted, pero es un caso del que por principio sólo hablo entre jaféticos". Todo el mundo sonrió, excepto Bloch. No es que no tuviera la costumbre de pronunciar frases irónicas sobre sus orígenes judíos, más o menos por el Sinaí, pero, en lugar de una de esas frases, que seguramente no estaban preparadas, el disparador de la máquina interior hizo subir otra a los labios de Bloch y sólo se pudo oír esto: "Pero, ¿cómo ha podido usted saberlo? ¿Quién se lo ha dicho?", como si hubiera sido el hijo de un forzado. Por otra parte, dado su nombre, que no parece cristiano precisamente, y su rostro, su extrañeza revelaba cierta ingenuidad. (pp.253-154)

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