domingo, 6 de enero de 2013

Páginas 329-338

A lo largo del relato de la enfermedad de la abuela, Proust hace que su narrador emplee el pretérito imperfecto de manera muy similar a la que encontramos en casi todo Por el camino de Swann, lo cual vuelve difícil determinar exactamente cuánto dura la agonía. A modo de ejemplo de la estrategia narrativa de Proust, este fragmento:
Desde el punto de vista médico, por poca esperanza que que hubiera de poner fin a aquella crisis de uremia, no había que fatigar el riñón, pero, por otra parte, cuando mi abuela no recibía morfina, sus dolores resultaban intolerables; volvía a comenzar perpetuamente cierto movimiento que le resultaba difícil realizar sin gemir: en gran parte, el dolor es como una necesidad del organismo de tomar conciencia de un estado nuevo que le inquieta, de volver la sensibilidad adecuada a ese estado. Se puede discernir ese origen del dolor en el caso de incomodidades que no lo son para todo el mundo. En una habitación llena de un humo de olor penetrante entrarán dos hombres gorseros y se dedicarán a sus asuntos; un tercero, de organización más fina, revelará un malestar incesante. Las ventanas de su nariz no cesarán de resoplar ansiosamente el olor que debería, al parecer, procurar no oler y que intentará todas las veces hacer adherirse, mediante un conocimiento más exacto, a su olfato incomodado. A eso se debe seguramente que una viva preocupación nos impida quejarnos de un dolor de muelas. Cuando mi abuela sufría así, el sudor le corría por su gran frente malva y le dejaba pegadas a ella las mechas blancas y, si creía que no estábamos en la habitación, lanzaba gritos: "¡Ah! ¡Es atroz!", pero, si veía a mi madre, al instante empleaba toda su energía para borrar de su rostro las huellas del dolor o, al contrario, repetía las mismas quejas acompañándolas de explicaciones que daban retrospectivamente otro sentido a las que mi madre había podido oír:
"¡Ah! Hija mía, es atroz permanecer acostada con un sol tan hermoso, cuando me gustaría ir de paseo: lloro de rabia por vuestras prescripciones".
Pero no podía disimular los gemidos de su smiradas, el sudor de su frente, el sobresalto convulsivo, en seguida reprimido, de sus miembros. (pp.331-332)
Al enterarse de la enfermedad de la abuela, Bergotte se solidariza con la familia y colabora haciéndole compañía al narrador y a la enferma.
[Bergotte] estaba muy enfermo: unos decían que de albuminuria, como mi abuela; según otros, tenía un tumor. Iba debilitándose: le costaba subir la escalera y más aún bajarla. Bien apoyado en la barandilla, tropezaba mucho y creo que, si no hubiese temido perder enteramente la costumbre, la posibilidad, de salir, él, el "hombre de la perilla", a quien yo había conocido animoso no hacía mucho, se habría quedado en su casa (...) Pero al mismo tiempo sus obras, conocidas sólo de los letrados en la época en que la Sra. Swann patrocinaba los tímidos esfuerzos en pro de su disfusión y ahora engrandecidas y fuertes en opinión de todos, habían cobrado en el gran público una extraordinaria capacidad de expansión (...) Las visitas que nos hacía ahora llegaban, para mí, con unos años de retraso, pues ya no lo admiraba tanto, lo que no está en contradicción con ese engrandecimiento de su fama. Raras veces es del todo comprendida y victoriosa una obra, sin que la de otro escritor, obscura aún, haya comenzado a substituir -en algunas inteligencias más difíciles- con un nuevo culto el que casi ha acabado de imponerse. En los libros de Bergotte que yo releía a menudo, sus frases resultaban tan claras ante mis ojos como mis propias ideas, los muebles de mi alcoba y los coches en la calle. Se veían en ellas todas las cosas -ya que no como se las había visto siempre- al menos tal como se acostumbraba a verlas ahora. Ahora bien, un nuevo escritor había comenzado a publicar obras en las que las relaciones entre las cosas eran tan diferentes de las que las vinculaban para mí, que yo no comprendía casi nada de lo que escribía (...) Por esa razón, admiré menos a Bergotte, cuya limpidez me parecía insuficiente. Hubo una época en que se reconocían bien las cosas, cuando era Fromentin quien las pintaba, y otra en que ya no se reconocían, cuando quien lo hacía era Renoir.
La gente de gusto nos dice hoy que Renoir es un gran pintor del siglo XVIII, pero, al decirlo, olvidan el tiempo y que hizo falta mucho de éste, incluso en pleno siglo XIX, para que Renoir fuera saludado como un gran artista. Para lograr ser reconocidos así, el pintor original y el artista original actúan como los oculistas. El tratamiento con su pintura, con su prosa, no siempre es agradable. Cuando está terminado, el especialista nos dice: "Ahora mire". Y, mira por dónde, el mundo -que no ha sido creado una vez, sino tantas veces como ha surgido un artista original- nos parece enteramente distinto del antiguo, pero perfectamente claro (...) El que para mí había substituido a Bergotte me cansaba, no por la incoherencia, sino por la novedad, totalmente coherente, de relaciones que no estaba acostumbrado a seguir (...) ¿Y quién me decía que dentro de veinte años, cuando supiera acompañar sin esfuerzo al nuevo de hoy, no surgiría otro ante el cual el actual iría a reunirse con Bergotte? Hablé a este último del nuevo escritor. Me hastió de él no tanto el asegurarme que su arte era rugoso, fácil y vacío, cuanto al contarme que lo había visto y se parecía -hasta el punto de confundirlos- a Bloch. (pp.334-336)

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