jueves, 4 de octubre de 2012

Páginas 380-389

Finalmente Swann logra sacarle a Odette algo parecido a una confesión:
"...Dime, por tu medalla, si has hecho esas cosas alguna vez o no".
"Pero, ¡yo qué sé!", exclamó ella con cólera. "Tal vez hace mucho tiempo y sin darme cuenta de lo que hacía -dos o tres veces".
Swann había previsto todas las posibilidades. Así, cpues, la realidad es algo que no guarda relación alguna con las posibilidades, tan poca como una cuchillada -en el momento en que la recibimos- con los ligeros movimientos de las nubes por encima de nuestra cabeza, ya que aquellas palabras -"dos o tres veces"- se le grabaron como una cruz en el corazón. (p.381)
También descubre Swann que una de esas oportunidades aconteció más o menos al mismo tiempo que sus primeras citas.
Aquel segundo golpe recibido por Swann fue más atroz aún que el primero. Nunca había supeusto que fuera algo tan reciente, oculto a sus ojos, que no habían sabido descubrirlo: no era un pasado que no había conocido, sino en aquellas noches que recordaba tan bien, que había vivido con Odette, que había reído conocer tan bien y que ahora cobraban, retrospectivamente, un cariz pérfido y atroz... (p.384).
Las investigaciones de Swann pasan a concentrarse en detalles. ¿Odette estuvo alguna vez en un prostíbulo? ¿Cuándo conoció en verdad a Forcheville? ¿Las excusas que daba Odette para ausentarse a veces de las veladas de los Verdurin y salir con Swann también le habían sido ofrecidas a él para disfrazar un encuentro con Forcheville? Las respuestas -verdades o mentiras-, y las otras preguntas que proliferan a partir de esa mínima información, terminan por abrumarlo:
Junto con aquel momento -la primera noche en que habían "hecho catleyas"- ¿cuántos otros debía de haber habido, encubridores también de una mentira que Swann no había sospechado? Recordó que un día ella le había dicho: "Bastará con que diga a la Sra.Verdurin que mi vestido no estba listo, que mi cab llegó tarde: siempre hay formas de arreglarse". Muchas veces en que ella le había dicho palabras así, que explican un retraso, justifican un cabio de hora en una cita, debía de haberle ocultado también (...) algo que había de hacer con otro, a quien habría dicho: "Bastará con que diga a Swann que mi vestido no estaba listo, que mi cab llegó tarde" (p.389).

miércoles, 3 de octubre de 2012

Páginas 370-379

Después de rematar la increíble descripción narrativa de la sonata, el narrador nos cuenta que los sentimientos de Swann hacia Odette tuvieron un giro después de la velada en casa de la marquesa:
...Swann comprendió que nunca renacería el sentimiento que Odette había experimentado por él, que sus esperanzas de dicha ya no se materializarían. Y los días en que por casualidad ella estaba aún amable y cariñosa, en que tenía alguna atención con él, notaba esos signos aparentes y engañosos de un ligero regreso hacia é, con esa solicitud enternecida y escéptica, esa alegría desesperada, de quienes, al atender a un amigo que ha llegado a los últimos días de una enfermedad incurable, relatan como preciosos hechos así: "Ayer, hizo sus cuentas él mismo y fue él quien encontró en una suma un error que habíamos cometido nosotros; comió un huevo con gusto; si lo digiere bien mañana probaremos con una chuleta", aunque sepan que carecen de significado en la víspera de una muerte inevitable. (p.371)
A la vez,
A veces abrigaba [Swann] la esperanza de que ella muriese en un accidente sin sufrir: ella, que pasaba el día fuera, en las calles, en las carreteras. Y, como volvía sana y salva, él admiraba que el cuerpo humano fuese tan ágil y fuerte, que pudiese mantener continuamente a raya, desbaratar, todos los peligors que lo rodean... (p.373).
Pero los celos y las sospechas paranoicas no mueren. Un día le llega a Swann una carta anónima, en la que cree distinguir tres posibilidades: la autoría de Charlus, del príncipe Des Laumes (futuro duque de Guermantes) y de su amigo d'Orsan. No le resulta posible concluir al respecto, pero las acusaciones a Odette planteadas en la carta lo llenan de dudas: entre otras cosas, se sugiere que Odette tuvo varias amantes mujeres, entre ellas la Sra. Verdurin. Swann en un principio no lo cree (la idea lo repele), pero no puede dejar de especular.
Si se la hubiesen descrito tal como era -o, mejor dicho, tal como había sido durante tanto tiempo con él-, pero junto a otro hombre, habría sufrido, pues aquella imagen le habría parecido verosímil. Pero que fuera a las casas de citas, que se entregara a orgías con mujeres, ¡qué divagación insensata! (...)
Un día, en el período de calma más largo por el que aún había podido atravesar sin ser presa de ataques de celos, había aceptado ir al teatro con la princesa Des Laumes. Tras abrir el periódico para ver qué obra estaban representando, la vista del título -Las muchachas de mármol de Théodore Barrière- le asestó un golpe tan cruel, que hizo un movimiento de retroceso y desvió la cara. Iluminado como por la luz de las candilejas, en el nuevo sitio en que figuraba, aquella palabra -"marmol" (...)- había vuelto a resultarle visible y le había hecho recordar al instante aquella historia que Odette le había contado en otro tiempo de una visita al Salón del Palacio de la Industria con la Sra. Verdurin y en la que ésta le había dicho: "Ten cuidado, que no eres de mármol y yo sabré deshelarte". Odette le había asegurado que había sido una simple broma y él no le había atribuido la menor importancia, pero entonces tenía más confianza en ella. Y precisamente la carta hablaba de amores de esa clase. (pp.377-378).
Los "argumentos" de Swann son, por supuesto, extremadamente paranoicos. Pero aquí también Swann se convierte en el "precursor" del narrador, a ambos en variaciones sobre un mismo tema. Más adelante, entonces, el narrador tendrá las mismas dudas sobre los gustos lésbicos de Albertina (un tema que, además, había sido esbozado en la sección "Combray" -páginas 170-179-, en relación a Vinteuil, cuya conexión a Swann ya quedó establecida).


martes, 2 de octubre de 2012

Páginas 360-369

En la velada de la marquesa de Saint-Eveurte, Swann, a punto de retirarse, escucha la sonata de Vinteuil.
Pero de pronto fue como si ella [Odette] hubiera entrado y aquella aparición le provocó un sufrimiento tan desgarrador, que hbo de llevarse la mano al corazón (...) Y, antes de que Swann hubiera tenido tiemop de comprender y decirse "Es la frasecita de la sonata de Vinteuil, ¡no la escuchemos!", todos sus recuerdos de la época en que Odette estaba prendada de él y que hasta aquel día había logrado mantener invisibles en las profundidades de su ser, engañador por aquel repentino destello de la época del amor, se habían despertado -creyéndolos de regreso- y, a todo vuelo, habían vuelto a subir a cantarle con locura, sin piedad por su infortunio presente, los olvidados estribillos de la felicidad. (pp.362-363).
La frase de la sonata golpea a Swann; opera una suerte de escena de memoria involuntaria, un poco similar a la de la magdalena en la sección "Combray", pero Swann maneja la epifanía de manera diferente al narrador, y logra enfocar su atención en la música y su autor.
Y el pensamiento de Swann, con un arranque de piedad y ternura, se centró por primera vez en aquel Vinteuil, aquel hermano desconocido y sublime, que tanto debía de haber sufrido también: ¿cómo habría sido su vida? ¿Cuáles habrían sido los dolores en cuyo fondo había obtenido aquella fuerza de un dios, aquel poder ilimitado para crear? Cuando era la frasecita la que hablaba a Swann de la vanidad de sus sufrimientos, le resultaba dulce aquella misma cordura que, sin embargo, antes -cuando creía leerla en los rostros de los indiferentes que consideraban su amor como una divagación sin importancia- le había parecido intolerable. Es que (...) la frasecita veía, al contrario, algo en ellos, no -como toda aquella gente- menos serio que la vida positiva, sino tan superior, al contrario, que era lo único que valía la pena expresar. Lo que intentaba imitar, recrear, la frasecita era aquellos encantos de una tristeza íntima y hasta había captado, había vuelto visible, su esencia, que es, sin embargo, la de ser incomunicables y parecer frívolos a quienquiera que no los experimente. (p.366)
Las páginas siguientes desmenuzan la frase, la sonata y las sensaciones y emociones de Swann al experimentarlas:
...Con ello, la frase de Vinteuil -como cierto tema de Tristán, por ejemplo, que nos representa también cieta adquisición sentimental- se había encarnado en nuestra condición mortal, había adquirido cieta humanidad que resultaba bastante conmovedora. Su suerte estaba ligado al futuro, a la realidad de nuestra alma, uno de cuyos ornamentos más particulares y más diferenciados, era. Tal vez la nada sea lo verdadero y todo nuestro sueño sea inexistente, pero entonces sentimos que también esas frases musicales, esos conceptos existentes en relación con él, deberán ser nada. Pereceremos, pero tenemos como rehenes a esas cautivas divinas que conocerán también nuestra suerte y con ellas la muerte resulta algo menos amarga, menos carente de gloria, menos probable tal vez.
Así, pues, Swann no andaba errado al creer que la frase de la sonata existía realmente. Cierto es que, pese a ser humana desde ese punto de vista, pertenecía a un orden de criaturas sobrenaturales y que nunca hemos visto, pero que, aun así, reconocemos, arrobados, cuando algún explorador de lo invisible llega a captar una de ellas, a traerla desde el mundo divino al que tiene acceso, para que brille unos instantes por encima del nustro. Eso era lo que había hecho Vinteuil con la frasecita. Swann sentía que el compositor se había contentado con revelarla mediante sus instrumentos de música, volverla visible, seguir y respetar su dibujo con mano tan tierna, prudente, delicada y segura, que el sonido se alteraba en todo momento, difuminándose para indicar una sombra, revivificando cuando debía seguir la pista de un contorno más audaz. Y una prueba de que Swann no se equivocaba cuando creía en la existencia real de aquella frase es la de que, si Vinteuil, por haber tenido menos poder para ver y reproducir sus formas, hubiera intentado enmascarar -añadiendo aquí y allá trazos de su cosecha- las lagunas de su visión o las insuficiencias de su mano, cualquier entendido un poco sutil habría advertido enseguida la impostura. (p.369)
Es evidente aquí una concepción platónica del arte: Vinteuil percibe una entidad que trasciende nuestro mundo y la reproduce en su sonata, la vuelve visible para los seres humanos. Y la posible "impostura" -es decir la "invención" de elementos no presentes en la entidad original, una suerte de impureza o contaminación- sería detectable por cualquier "entendido" asi sea "un poco sutil", como si se plantease una estética en la que ese "arte impuro" es de alguna manera inferior al auténtico, al de Vinteuil en su sonata. Proust, de todas formas, no establece la relación platónica de imitación -de naturaleza inferior- de una idea: quizá la sonata sea esa entidad misteriosa vuelta visible, y no necesariamente una representación. O quizá la obra de arte -como las diferentes epifanías del narrador- sea una suerte de portal hacia esa realidad superior, de manera que si esa vía de acceso está contaminada la experiencia de fundirse con la entidad misteriosa no es del todo satisfactoria.
Otro punto de especial interés en estas páginas es la notoria construcción de la línea Vinteuil - Swann - Narrador, una suerte de comunidad de espíritus afines que queda especialmente clara desde que Swann -según nos cuenta el narrador, y no olvidemos la evidente elaboración novelística -es decir aritifical- de esta novela-dentro-de-la-novela que es "Un amor de Swann"- llama "hermano" al músico.

lunes, 1 de octubre de 2012

Páginas 350-359

Sigue la escena en torno a la música de Chopin. El pianista aborda una polonesa, pero no logra llamar la atención de algunos de los presentes, entre ellos la princesa Des Laumes.
Tras haber concluído el preludio, el pianista, que debía interpretar dos fragmentos de Chopin, había acometido al instante una polonesa. Pero, desde que la Sra. de Gallardon había indicado a su prima la presencia de Swann, ya podía haber acudido Chopin redivivo a tocar en persona todas sus obras, que la Sra. Des Laumes no habría podido prestarle atención. Formaba parte de una de esas dos mitades del género humano en la que la curiosidad que la otra siente por las personas desconocidas queda substituida por el interés que le inspiran las conocidas. (p.352)
Poco después la princesa y Swann se encuentran.
"¡Ah! ¡Aquí está la encantadora princesa! Miren, ha venido a propósito de Guermantes para escuchar el San Francisco de Asís de Liszt y sólo ha tenido tiempo, como un hermoso alionín, de ir a picar, para ponérselas en la cabeza, unas bayitas de madroño y de majuelo; aún lleva incluso unas gotitas de rocío, un poco de la escarcha que debe de hacer gemir a la duquesa. Es muy bonito, mi querida princesa".
"¡Cómo! ¿Ha venido la princesa ex profeso de Guermantes? Pero, ¡eso es demasiado! No lo sabía, estoy confusa!, exclamó, ingenua, la Sra. de Saint-Euverte, poco habituada a las agudezas de Swann y, tras examinar el peinado de la princesa, añadió: "Pues es verdad, imita... ¿cómo diría yo?, no a las castañas, no. ¡Oh! Es una idea estupenda, pero, ¿cómo podía conocer la princesa nustro programa? Ni siquiera a mí me lo habían comunicado los músicos".
Swann, habituado -cuando estaba junto a una mujer con la que había mantenido usos galantes del lenguaje- a decir cosas delicadas que mucha gente de mundo no comprendía, no se dignó explicar a la Sra. de Saint-Euverte que se trataba de una simple metáfora. En cuanto a la princesa, rompió a reír a carcajadas, porque el ingenio de Swann era extraordinariamente apreciado en su clan y también porque no podía oír un cumplido dirigido a ella sin ver en él las gracias más refinadas y una comicidad irresistible. (p.358)
Swann y la princesa demuestran una complicidad especial, por completo alejada de la incomodidad evidente en las veladas de los Verdurin.
...Swann y la princesa tenían una misma forma de juzgar las cosas nimias, cuyo efecto -a menos que no fuese su causa- era una gran analogía en el modo de expresarse e incluso en la pronunciación. Esa semejanza no sorprendía, porque nada había más diferente que sus dos voces. Pero, si se lograba eliminar, con el pensamiento, de las palabras de Swann la sonoridad que las envolvía y los bigotes por entre los cuales salían, se advertía que eran las mismas frases, las mismas inflexiones: el estilo del clan Guermantes. Para las cosas importantes, Swann y la princesa no tenían las mismas ideas sobre nada. Pero desde que Swann estaba tan triste y sentía siempre como ese escalofrío que precede al momento en que se declara el llanto, tenía la misma necesidad de hablar de la pena que un asesino de su crimen. (p.359).

Páginas 340-349

Swann asiste a una velada en la casa de la marquesa de Saint-Eveurte, y después de una descripción de los "gigantescos lacayos, que dormían aquí y allá sobre banquetas y cofres y que, alzando sus nobles perfiles agudos de lebreles, se levantaron y formaron un círculo" (p.340), se nos cuentan las particularidades del modo de vestir y la personalidad de varios de los presentes. Una de las invitadas es la princesa Oriane Des Laumes, que más adelante se convertirá en duquesa de Guermantes (como la encontramos en "Combray", páginas 180-189), y asistimos en torno a ella a una escena de las tan reiteradas en esta parte de la novela y relativa a los gustos musicales de la aristocracia parisina.
Swann, embargado por una ironía melancólica, las contemplaba escuchando el intermedio de piano (San Francisco hablando a las aves de Liszt), que había sucedido al aire de flauta, y seguir el vertiginoso juego del artista: la Sra. de Franquetot con ansiedad, con ojos extraviados, como si las teclas que el pianista reocrría con agilidad hubieran sido una serie de trapecios a una altura de ochenta metros de los que podía caer y no sin lanzar a su vecina miradas de asombro, de denegación, que significaban: "Es increíble, nunca habría imaginado que un hombre pudiera hacer algo así"; la Sra. de Cambremer, como mujer que había recibido una sólida educación musical, marcando el compás con su cabeza transformada en balancín de metrónomo, cuyas amplitud y rapidez de oscilaciones de uno a otro hombro (...) habían llegado a ser tales, que los solitarios se le enganchaban constantemente en las presillas del corpiño y se veía obligada a atusarse las uvas negras que llevaba en el pelo, sin por ello interrumpir su aceleración. (pp.345-346)
Más adelante,
...cuando el pianista concluyó el fragmento de Liszt e inició un preludio de Chopin, la Sra. de Cambremer lanzó a la Sra. de Franquetot una sonrisa enternecida de satisfacción competente y referencia al pasado. En su juventud había aprendido a acariciar las frases -de largo cuello sinuoso y desmesurado- de Chopin, tan libres, tan flexibles, tan táctiles, que comienzan buscando y tanteandu su lugar fuera y muy lejos de la dirección de su arranque, muy lejos del punto en que era de esperar su contacto, y tan sólo se entregan a esa digresión de fantasía para volver deliberadamente (...) a clavársenos en el corazón. (pp.348-349)
Sin embargo,
La Sra. de Cambremer lanzó una mirada furtiva tras sí. Sabía que su joven nuera (...) despreciaba a Chopin y sufría cuando lo escuchaba. Pero la Sra. de Cambremer, lejos de la vigilancia de aquella wagneriana, situada más allá con un grupo de personas de su edad, se abandonaba a impresiones deliciosas. También las experimentaba la princesa Des Laumes. Sin estar dotada por naturaleza para la música, había recibido quince años antes las clases que una profesora de piano del Faubourg Saint-Germain, mujer de talento reducida, al final de su vida, a la miseria, había empezado de nuevo a dar, a la edad de setenta años, a las hijas y a las nietas de sus antiguas alumnas. Ya había muerto. Pero su método, su hermoso sonido, renacían a veces bajo los dedos de sus alumnas, incluso de las que habían llegado a ser, en todo lo demás, personas mediocres, habían abandonado la música y casi nunca abrían un piano. Por eso, la Sra. Des Laumes pudo balancear la cabeza con pleno conocimiento de causa... (p.349).

Páginas 330-339

Siguen la obsesión de Swann, que ya compromete claramente su salud mental.
...llegaba incluso -mientras se desvestía- a acariciar pensamientos bastante alegres; con el corazón henchido de la esperanza de ir el día siguiente a ver alguna obra maestra, se metía en la cama y apagaba la luz, pero, en cuanto dejaba -a fin de prepararse para dormir- de ejrecer sobre sí mismo una violencia de la que -de lo habitual que había llegado a ser- ni siquiera tenía consciencia, en aquel instante mismo, refluía sobre él un escalofrío helado y se echaba a llorar. Ni siquiera quería saber por qué, se enjugaba los ojos y se decía riendo "¡Qué delicia! Me estoy volviendo un neurópata!. Después no podía pensar sin sentir un gran hastío en que el día siguiente había de volver a intentar averiguar lo que había hecho Odette, a movilizar influencias para intentar verla. Aquella necesidad de una actividad sin tregua, sin variedad, sin resultados, le resultaba tan cruel, que un día, al notarse un bulto en el vientre, sintió autétnica alegría pensando que tal vez tuviera un tumor mortal, que ya no iba a haber de ocuparse de nada, que la enfermedad lo regiría, haría de él su juguete, hasta el próximo fin. Y, en efecto, si en aquella época sentía con frecuencia -sin confesárselo- deseos de morir, era para escapar no tanto a la agudeza de sus sufrimientos como a la monotonía de su esfuerzo.
Y, sin embargo, le habría gustado vivir hasta la época en que hubiera dejado de amarla, en que ya no tendría ella motivo alguno para mentirle y podría al fin enterarse por ella de si, el día en que había ido a verla por la tarde, se había acostado o no con Forcheville (p.224).

Páginas 320-329

Swann no deja de pensar y repensar si debe enviarle a Odette el dinero para su viaje a Bayreuth.
Así, en virtud de los propios mecanismos de su enfermedad, después de haber creado celos con su amor, empezaba de nuevo a fabricar cariño, piedad, por Odette, que había vuelto a ser la Odette encantadora y buena. Se arrepentía de haber sido duro con ella. Quería que acudiera junto a él y antes quería haberle procurado algún placer, para ver la gratitud colmando su rostro y modelando su sonrisa.
Por eso, Odette, segura de verlo volver al cabo de unos días, tan cariñoso y sumiso como antes, a pedirle una reconciliación, se iba acostumbrando a no temer desagradarle e incluso irritarlo, y le negaba -cuando le resultaba conveniente- los favores que más apreciaba él. (p.321).
La vida de Swann se focaliza en Odette, en los celos, en las paranoias, hasta el punto que va renunciado poco a poco a todas sus pasiones.
Mientras que se veía obligado a excusarse ante las personas de mundo por no visitarlas, de lo que procuraba excusarse ante Odette era de hacerlo (...) y para cada una de sus visitas encontraba un pretexto: un regalo que llevarle, una información que necesitaba, haberse encontrado al Sr. de Charlus, que iba a verla y se había empeñado en que lo acompañara (p.238).
Aparece entonces una vez más el tío del narrador (a quien ya habíamos encontrado en "Combray", ver páginas 80-89), amigo de Odette:
...Swann, sabedor de que ella conocía y tenía mucho cariño a mi tío abuelo Adolphe, de quien él mismo había sido amigo, fue un día a verlo a su pisito de la Rue de Bellechasse para pedirle que recurriera a su influencia sobre Odette (...) Mi tío aconsejó a Swann que pasara un tiempo sin ver a Odette, lo que intensificaría su amor por él, y a Odette que dejase a Swann verse con ella dondequiera que lo deseara. Unos días después, Odette dijo a Swann que acababa de llevarse una decepción al ver que mi tío era igual que todos los hombres: acababa de intentar poseerla por la fuerza. Calmó a Swann, quien en el primer momento quiso ir a provocar a mi tío, pero, cuando se encontró con él, se nego a darle la mano. (p.328-329).
La figura del tío Adolphe me llena de pena: todo lo que se nos cuenta de él termina con alguien que decide no hablarle más. En cuanto a Odette, en estos momentos es fácil sentir que merece la "amistad" de los Verdurin y que los Verdurin la merecen a ella...