sábado, 6 de octubre de 2012

Páginas 401-409

La tercera sección de Por el camino de Swann comienza retomando un tema de "Combray": el de la percepción de las habitaciones en que durmió el narrador y sus recuerdos de ellas. "Entre las alcobas cuya imagen evocaba yo con mayor frecuencia en mis noches de insomnio, ninguna se parecía menos a la de Combray (...) que la del Gran Hotel en Balbec" (p.401). Es interesante ya desde el comienzo la idea de las "noches de insomnio", que de alguna manera simplifica y resume la compleja introducción a la primera parte de "Combray", con sus célebres -al decir de uno de los lectores que rechazó el libro para su publicación- "vueltas en la cama" del narrador. Joyce escribió, también famosamente, que su Finnegans Wake -otro de los grandes monumentos de la alta modernidad literaria, junto a la novela de Proust- estaba escrito para "un lector ideal sufriendo de un insomnio ideal".
A la evocación de la alcoba en el hotel siguen evocaciones de Balbec, y una vez más el tema del desencuentro entre lo que imaginamos de un lugar y lo que realmente encontramos cuando estamos allí:
Pero nada se parecía menos también al Balbec real que aquel con el que yo había soñado con frecuencia, en los días de tormenta, cuando el viento era tan fuerte, que Françoise, al llevarme a los Campos Elíseos, me recomendaba no caminar demasiado cerca de las paredes para que no me cayeran tejas en la cabeza (...) No había cosa que deseara yo tanto como ver una tormenta en el mar, menos como un espectáculo hermoso que como un momento revelado de la vida real de la naturaleza, o, mejor dicho, para mí no había otros espectáculos hermosos que los que no estaban -lo sabía- organizados artificialmente para darme placer, sino que eran necesarios, inalterables: las bellezas de los paisajes o del gran arte. Sólo sentía curiosidad, avidez, por conocer lo que consideraba más verdadero que yo mismo, lo que tenía para mí el valor de mostrarme un poco del pensamiento de un gran genio o de la fuerza o la gracia de la naturaleza, tal como se manifiesta a sí misma, sin la intervención de los hombres. (p.402).
Aquí el narrador incorpora las palabras de Legrandin sobre Balbec, pero curiosamente difieren de las ya citadas, como si se tratara de un juego de variaciones recurrente en el personaje:
"En ellas sentimos aún bajo nuestros pasos", decía Legrandin, "mucho más que en el propio Finiestère -y aun cuando ahora se superpusieran a ellas hoteles sin poder modificar la más antigua osamente de la tierra-, el antiguo fin de la tierra francesa y europea, de la tierra antigua. Y es el último campamento de pescadores, semejantes a todos los que han vivido desde el comienzo del mundo, frente al reino eterno de las nieblas del mar y las sombras" (p.402-403).
Es interesante comparar este párrafo con el que encontramos en las páginas 140-149, cuando Legrandin habla de ""...¡Balbec! La más antigua osamenta geológica de nustro suelo, en verdad Ar-Mor, el Mar, el fin de la tierra, la región maldita que Anatole France -un encantador al que debería leer nuestro amiguito- tan bien describió, bajo sus eternas brumas, como el verdadero país de los Cimerios en la Odisea..." (p.141). Vemos que todos los elementos de la evocación que encontramos en las primeras páginas de "Nombres de países: el nombre" están también presentes en el otro rincón del libro: la idea de "osamenta geológica", el "fin de la tierra" y las nieblas o "brumas".
También reaparece Swann, que evoca la iglesia de Balbec y sus particularidades arquitectónicas: "La iglesia de Balbec, de los siglos XII y XIII, a medias románica aún, tal vez sea la más curiosa muestra del gótico normando y tan singular, que parece arte persa" (p.403).
El narrador imagina a los pescadores invocados por Legrandin viviendo en aquella Edad Media, "agrupados en un punto de las costas del Infierno, a los pies de los farallones de la muerte". Sin embargo, en lugar de visitar el balneario en la costa, los padres del narrador deciden pasar las vacaciones en Italia. "A aquellos sueños de tormenta que (...) me habían colmado substituía de pronto en ´mi (...) el sueño contrario de la primavera más esmaltada" (p.404).
Venecia será un centro de futuras secciones del libro, como también Balbec, pero por ahora tenemos que:
...si bien esos nombres [Balbec, Venecia, Florencia] absorbieron por siempre jamás la imagen que yo tenía de esas ciudades, lo hicieron transformándola, sometiendo su reaparición en mi a sus propioas leyes, con lo que la volvieron más hermosa -pero también más distinta- de lo que podían ser en realidad las ciudades de Normandía o Toscana... (p.405)
El narrador pasa a hablar de los nombres, no de los lugares. Su mundo se ha expandido, pero antes que nada tiene la imaginación que ciertas palabras ("nombres de países: el nombre", recordemos) despiertan en su mente:
¿Cómo elegir -lo mismo que entre individuos, que no son intercambiables- entre Bayeux, tan alta en su noble encaje rojizo y cuyo pináculo iluminaba en viejo oro de su última sílaba: Vitré, cuyo acento agudo cubría con rombos de madera negra la vidriera antigua; el dulce Lamballe, cuyo blanco oscila entre el ocre cáscara de huevo y el gris perla; Coutances, catedral normanda, cuya desinencia, gruesa y amarilleante, la corona con una torre de mantequilla; Lannion, con el ruido, en su silencio aldeano, del coche seguido de la mosca; Questambert, Pontoroson, risibles e ingenuos, plumbas blancas y picos amarillos desparramados por la carretera de aquellos lugares fluviales y poéticos; Benodet, nombre apenas amarrado que parece arrastrar el río por entre sus algas; Pont-Aven, elevación blanca y rosa del ala de una cofia ligera que se refleja temblando en un agua verdecida de canal; Quimperlé, con mejor sujeción, y desde la Edad Media, entre los arroyos con los que susurra y se adorna en un gris parecido al que dibujan -a traves de las telas de araña de una vidriera- los rayos de sol convertidos en puntas romas de plata bruñida?
Aquellas imágenes eran falsas por otra razón; es que estaban muy simplificadas; seguramente había yo encerrado en el refugio de los nombres aquello a lo que aspiraba mi imaginación y que mi sentidos tan sólo percibian -incompleto y desapacible- en el presente; seguramente porque había yo acumulado sueños en ellos... (p.407)

viernes, 5 de octubre de 2012

Páginas 390-400

El final de "Un amor de Swann". En estas páginas vemos al pobre Charles recorriendo prostíbulos en espera de encontrar alguna mujer que pueda darle información sobre Odette y su pasado, sin suerte más allá de algún chisme interesante sobre el príncipe Des Laumes o los ojos celestes de una chica. Es, quizá, el punto más bajo de su obsesión, y, proverbialmente, no sólo no podrá bajar más sino que -como en el ciclo de los arcanos mayores del Tarot- el consabido rayo de luz se le aparece cuando la oscuridad es más densa. Así, poco después nos enteramos de que los Verdurin han comprado un yate y pasan mucho tiempo navegando, en compañía de Odette.
En cierta ocasión, en que se habían marchado sólo -creían- por un mes, de Argel fueron a Túnez y después (...) a Italia, luego a Grecia, a Constantinopla, a Asia Menor. El viaje duraba ya más de un año. Swann se sentía de lo más tranquilo, casi feliz. (p.392)
Mientras Odette pasea por el Mediterráneo con los desagradables Verdurin, Swann se encuentra con la esposa del doctor Cottard, que le comenta que Odette seguramente lo extraña.
"Por lo demás", añadió la Sra. Cottard, "la Sra. de Crécy estaba con nosotros y con eso está dicho todo. Esté donde esté, Odette nunca puede pasar mucho tiempo sin hablar de usted. Y, como se imaginará, no precisamente mal. ¡Cómo! ¿Lo duda?", dijo, al ver un gesto escéptico de Swann.
Y, dejándose llevar por la sinceridad de su convicción y sin atribuir, por lo demás, sentido negativo alguno a aquella palabra, sino sólo el que tiene cuando se empeña para hablar del afecto que une a unos amigos, añadió:
"Pero, ¡si lo adora! ¡Ah! ¡Creo que no se podría decir eso de usted delante de ella! ¡Cómo se pondría! A propósito de cualquier cosa -si veíamos un cuadro, por ejemplo- decía "¡Ah! Si él estuviera aquí, bien que sabría decir si es auténtico o no. Para eso no tiene igual". Y en todo momento se preguntaba: "¿Qué estará haciendo ahora mismo? ¡Si al menos trabajara un poco!" (...) E incluso hizo un comentario muy bonito. La Sra. Verdurin estaba diciéndole: "Pero ¿cómo puede ver lo que está haciendo en este momento, estando, como está, a ochocientas leguas de él?" . Entonces Odette le respondió: "Nada es imposible para los ojos de una amiga". No, se lo juro, no le digo esto para halagarlo, tiene usted en ella a una amiga de verdad, como hay pocas". (p.394-395)
Estas palabras llenan de paz a Swann.
La  Sra. Cottard, mejor terapeuta que su marido, había injertado -junto a los sentimientos enfermizos que Swann abrigaba por Odette y para contrarrestarlos- otros -normales- de gratitut, de amistad, que volverían a Odette más humana -más parecida a las demás mujeres, porque otras mujeres podían también inspirárselos- en el alma de Swann, acelerarían su transofrmación definitiva en aquella Odette amada con afecto apacible (...) y junto a la cual Swann había vislumbrado la posibilidad de vivif feliz. (p.395)
Sigue la descripción -bastante extensa y en ese sentido inédita en la novela- de un sueño de Swann, que parece demandar una interpretación (y en ese sentido parece darle la razón a Harold Bloom cuando dice que Proust es uno de los principales competidores de Freud) y que da un paso más en la incorporación de elementos distanciadores y artificiales a la "novela" sobre Swann, a la vez que la acerca al resto del libro incorporando una referencia al abuelo del narrador.
El sueño en cierto modo termina de cambiar a Swann. La sección termina de la siguiente manera:
Pero, mientras que, una hora después, daba indicaciones al peluquero para que no se le deshiciera el peinado en el tren, volvió a pensar en su sueño, volvió a ver (...) la pálida tez de Odette, las mejillas demasiado delgadas, las facciones descompuestas, las ojeras, todo lo que (...) había dejado de notar desde los primeros tiempos de su relación, a los que seguramente, mientras dormía, había ido su memoria a buscar la sensación exacta. Y con aquella grosería intermitente que reaparecía en él (...) exclamó para sus adentros "¡Y pensar que he desperdiciado años de mi vida, he querido morir y he sentido mi mayor amor por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!" (p.400)
Como Alex al final de La naranja mecánica, Swann podría decir "I was cured all right". La obsesión por Odette parece haber desaparecido: Swann recuerda todo aquello que lo separaba de ella en los tiempos previos al amor, logra verla -como facilitaron las palabras de la Sra. Cottard- como una mujer más... y ni siquiera una especialmente bella.
Sin embargo, pronto se casa con ella y tiene una hija, Gilberte.
Otro punto de interés de este final es como devuelve al lector todas sus dudas con respecto a la cronología. ¿Cuánto tiempo de la vida de Swann ocuparon estos acontecimientos? ¿Cuánto duro el amor de Swann? "He desperdiciado años de mi vida", dice Swann. Nunca sabremos exactamente cuántos, por supuesto, como tampoco sabremos a qué edad del narrador sucedió el incidente del beso de la madre y la lectura de François le Champi (páginas 40-49) o el episodio de la magdalena (páginas 50-59), ni, mucho menos, el año exacto en que Swann cenó con los Verdurin por primera vez o el narrador escribió su primera página literaria. Que Proust nos recuerde esta incertidumbre al final de su novela-dentro-de-la-novela es perfectamente legible como un gesto metanarrativo.

jueves, 4 de octubre de 2012

Páginas 380-389

Finalmente Swann logra sacarle a Odette algo parecido a una confesión:
"...Dime, por tu medalla, si has hecho esas cosas alguna vez o no".
"Pero, ¡yo qué sé!", exclamó ella con cólera. "Tal vez hace mucho tiempo y sin darme cuenta de lo que hacía -dos o tres veces".
Swann había previsto todas las posibilidades. Así, cpues, la realidad es algo que no guarda relación alguna con las posibilidades, tan poca como una cuchillada -en el momento en que la recibimos- con los ligeros movimientos de las nubes por encima de nuestra cabeza, ya que aquellas palabras -"dos o tres veces"- se le grabaron como una cruz en el corazón. (p.381)
También descubre Swann que una de esas oportunidades aconteció más o menos al mismo tiempo que sus primeras citas.
Aquel segundo golpe recibido por Swann fue más atroz aún que el primero. Nunca había supeusto que fuera algo tan reciente, oculto a sus ojos, que no habían sabido descubrirlo: no era un pasado que no había conocido, sino en aquellas noches que recordaba tan bien, que había vivido con Odette, que había reído conocer tan bien y que ahora cobraban, retrospectivamente, un cariz pérfido y atroz... (p.384).
Las investigaciones de Swann pasan a concentrarse en detalles. ¿Odette estuvo alguna vez en un prostíbulo? ¿Cuándo conoció en verdad a Forcheville? ¿Las excusas que daba Odette para ausentarse a veces de las veladas de los Verdurin y salir con Swann también le habían sido ofrecidas a él para disfrazar un encuentro con Forcheville? Las respuestas -verdades o mentiras-, y las otras preguntas que proliferan a partir de esa mínima información, terminan por abrumarlo:
Junto con aquel momento -la primera noche en que habían "hecho catleyas"- ¿cuántos otros debía de haber habido, encubridores también de una mentira que Swann no había sospechado? Recordó que un día ella le había dicho: "Bastará con que diga a la Sra.Verdurin que mi vestido no estba listo, que mi cab llegó tarde: siempre hay formas de arreglarse". Muchas veces en que ella le había dicho palabras así, que explican un retraso, justifican un cabio de hora en una cita, debía de haberle ocultado también (...) algo que había de hacer con otro, a quien habría dicho: "Bastará con que diga a Swann que mi vestido no estaba listo, que mi cab llegó tarde" (p.389).

miércoles, 3 de octubre de 2012

Páginas 370-379

Después de rematar la increíble descripción narrativa de la sonata, el narrador nos cuenta que los sentimientos de Swann hacia Odette tuvieron un giro después de la velada en casa de la marquesa:
...Swann comprendió que nunca renacería el sentimiento que Odette había experimentado por él, que sus esperanzas de dicha ya no se materializarían. Y los días en que por casualidad ella estaba aún amable y cariñosa, en que tenía alguna atención con él, notaba esos signos aparentes y engañosos de un ligero regreso hacia é, con esa solicitud enternecida y escéptica, esa alegría desesperada, de quienes, al atender a un amigo que ha llegado a los últimos días de una enfermedad incurable, relatan como preciosos hechos así: "Ayer, hizo sus cuentas él mismo y fue él quien encontró en una suma un error que habíamos cometido nosotros; comió un huevo con gusto; si lo digiere bien mañana probaremos con una chuleta", aunque sepan que carecen de significado en la víspera de una muerte inevitable. (p.371)
A la vez,
A veces abrigaba [Swann] la esperanza de que ella muriese en un accidente sin sufrir: ella, que pasaba el día fuera, en las calles, en las carreteras. Y, como volvía sana y salva, él admiraba que el cuerpo humano fuese tan ágil y fuerte, que pudiese mantener continuamente a raya, desbaratar, todos los peligors que lo rodean... (p.373).
Pero los celos y las sospechas paranoicas no mueren. Un día le llega a Swann una carta anónima, en la que cree distinguir tres posibilidades: la autoría de Charlus, del príncipe Des Laumes (futuro duque de Guermantes) y de su amigo d'Orsan. No le resulta posible concluir al respecto, pero las acusaciones a Odette planteadas en la carta lo llenan de dudas: entre otras cosas, se sugiere que Odette tuvo varias amantes mujeres, entre ellas la Sra. Verdurin. Swann en un principio no lo cree (la idea lo repele), pero no puede dejar de especular.
Si se la hubiesen descrito tal como era -o, mejor dicho, tal como había sido durante tanto tiempo con él-, pero junto a otro hombre, habría sufrido, pues aquella imagen le habría parecido verosímil. Pero que fuera a las casas de citas, que se entregara a orgías con mujeres, ¡qué divagación insensata! (...)
Un día, en el período de calma más largo por el que aún había podido atravesar sin ser presa de ataques de celos, había aceptado ir al teatro con la princesa Des Laumes. Tras abrir el periódico para ver qué obra estaban representando, la vista del título -Las muchachas de mármol de Théodore Barrière- le asestó un golpe tan cruel, que hizo un movimiento de retroceso y desvió la cara. Iluminado como por la luz de las candilejas, en el nuevo sitio en que figuraba, aquella palabra -"marmol" (...)- había vuelto a resultarle visible y le había hecho recordar al instante aquella historia que Odette le había contado en otro tiempo de una visita al Salón del Palacio de la Industria con la Sra. Verdurin y en la que ésta le había dicho: "Ten cuidado, que no eres de mármol y yo sabré deshelarte". Odette le había asegurado que había sido una simple broma y él no le había atribuido la menor importancia, pero entonces tenía más confianza en ella. Y precisamente la carta hablaba de amores de esa clase. (pp.377-378).
Los "argumentos" de Swann son, por supuesto, extremadamente paranoicos. Pero aquí también Swann se convierte en el "precursor" del narrador, a ambos en variaciones sobre un mismo tema. Más adelante, entonces, el narrador tendrá las mismas dudas sobre los gustos lésbicos de Albertina (un tema que, además, había sido esbozado en la sección "Combray" -páginas 170-179-, en relación a Vinteuil, cuya conexión a Swann ya quedó establecida).


martes, 2 de octubre de 2012

Páginas 360-369

En la velada de la marquesa de Saint-Eveurte, Swann, a punto de retirarse, escucha la sonata de Vinteuil.
Pero de pronto fue como si ella [Odette] hubiera entrado y aquella aparición le provocó un sufrimiento tan desgarrador, que hbo de llevarse la mano al corazón (...) Y, antes de que Swann hubiera tenido tiemop de comprender y decirse "Es la frasecita de la sonata de Vinteuil, ¡no la escuchemos!", todos sus recuerdos de la época en que Odette estaba prendada de él y que hasta aquel día había logrado mantener invisibles en las profundidades de su ser, engañador por aquel repentino destello de la época del amor, se habían despertado -creyéndolos de regreso- y, a todo vuelo, habían vuelto a subir a cantarle con locura, sin piedad por su infortunio presente, los olvidados estribillos de la felicidad. (pp.362-363).
La frase de la sonata golpea a Swann; opera una suerte de escena de memoria involuntaria, un poco similar a la de la magdalena en la sección "Combray", pero Swann maneja la epifanía de manera diferente al narrador, y logra enfocar su atención en la música y su autor.
Y el pensamiento de Swann, con un arranque de piedad y ternura, se centró por primera vez en aquel Vinteuil, aquel hermano desconocido y sublime, que tanto debía de haber sufrido también: ¿cómo habría sido su vida? ¿Cuáles habrían sido los dolores en cuyo fondo había obtenido aquella fuerza de un dios, aquel poder ilimitado para crear? Cuando era la frasecita la que hablaba a Swann de la vanidad de sus sufrimientos, le resultaba dulce aquella misma cordura que, sin embargo, antes -cuando creía leerla en los rostros de los indiferentes que consideraban su amor como una divagación sin importancia- le había parecido intolerable. Es que (...) la frasecita veía, al contrario, algo en ellos, no -como toda aquella gente- menos serio que la vida positiva, sino tan superior, al contrario, que era lo único que valía la pena expresar. Lo que intentaba imitar, recrear, la frasecita era aquellos encantos de una tristeza íntima y hasta había captado, había vuelto visible, su esencia, que es, sin embargo, la de ser incomunicables y parecer frívolos a quienquiera que no los experimente. (p.366)
Las páginas siguientes desmenuzan la frase, la sonata y las sensaciones y emociones de Swann al experimentarlas:
...Con ello, la frase de Vinteuil -como cierto tema de Tristán, por ejemplo, que nos representa también cieta adquisición sentimental- se había encarnado en nuestra condición mortal, había adquirido cieta humanidad que resultaba bastante conmovedora. Su suerte estaba ligado al futuro, a la realidad de nuestra alma, uno de cuyos ornamentos más particulares y más diferenciados, era. Tal vez la nada sea lo verdadero y todo nuestro sueño sea inexistente, pero entonces sentimos que también esas frases musicales, esos conceptos existentes en relación con él, deberán ser nada. Pereceremos, pero tenemos como rehenes a esas cautivas divinas que conocerán también nuestra suerte y con ellas la muerte resulta algo menos amarga, menos carente de gloria, menos probable tal vez.
Así, pues, Swann no andaba errado al creer que la frase de la sonata existía realmente. Cierto es que, pese a ser humana desde ese punto de vista, pertenecía a un orden de criaturas sobrenaturales y que nunca hemos visto, pero que, aun así, reconocemos, arrobados, cuando algún explorador de lo invisible llega a captar una de ellas, a traerla desde el mundo divino al que tiene acceso, para que brille unos instantes por encima del nustro. Eso era lo que había hecho Vinteuil con la frasecita. Swann sentía que el compositor se había contentado con revelarla mediante sus instrumentos de música, volverla visible, seguir y respetar su dibujo con mano tan tierna, prudente, delicada y segura, que el sonido se alteraba en todo momento, difuminándose para indicar una sombra, revivificando cuando debía seguir la pista de un contorno más audaz. Y una prueba de que Swann no se equivocaba cuando creía en la existencia real de aquella frase es la de que, si Vinteuil, por haber tenido menos poder para ver y reproducir sus formas, hubiera intentado enmascarar -añadiendo aquí y allá trazos de su cosecha- las lagunas de su visión o las insuficiencias de su mano, cualquier entendido un poco sutil habría advertido enseguida la impostura. (p.369)
Es evidente aquí una concepción platónica del arte: Vinteuil percibe una entidad que trasciende nuestro mundo y la reproduce en su sonata, la vuelve visible para los seres humanos. Y la posible "impostura" -es decir la "invención" de elementos no presentes en la entidad original, una suerte de impureza o contaminación- sería detectable por cualquier "entendido" asi sea "un poco sutil", como si se plantease una estética en la que ese "arte impuro" es de alguna manera inferior al auténtico, al de Vinteuil en su sonata. Proust, de todas formas, no establece la relación platónica de imitación -de naturaleza inferior- de una idea: quizá la sonata sea esa entidad misteriosa vuelta visible, y no necesariamente una representación. O quizá la obra de arte -como las diferentes epifanías del narrador- sea una suerte de portal hacia esa realidad superior, de manera que si esa vía de acceso está contaminada la experiencia de fundirse con la entidad misteriosa no es del todo satisfactoria.
Otro punto de especial interés en estas páginas es la notoria construcción de la línea Vinteuil - Swann - Narrador, una suerte de comunidad de espíritus afines que queda especialmente clara desde que Swann -según nos cuenta el narrador, y no olvidemos la evidente elaboración novelística -es decir aritifical- de esta novela-dentro-de-la-novela que es "Un amor de Swann"- llama "hermano" al músico.

lunes, 1 de octubre de 2012

Páginas 350-359

Sigue la escena en torno a la música de Chopin. El pianista aborda una polonesa, pero no logra llamar la atención de algunos de los presentes, entre ellos la princesa Des Laumes.
Tras haber concluído el preludio, el pianista, que debía interpretar dos fragmentos de Chopin, había acometido al instante una polonesa. Pero, desde que la Sra. de Gallardon había indicado a su prima la presencia de Swann, ya podía haber acudido Chopin redivivo a tocar en persona todas sus obras, que la Sra. Des Laumes no habría podido prestarle atención. Formaba parte de una de esas dos mitades del género humano en la que la curiosidad que la otra siente por las personas desconocidas queda substituida por el interés que le inspiran las conocidas. (p.352)
Poco después la princesa y Swann se encuentran.
"¡Ah! ¡Aquí está la encantadora princesa! Miren, ha venido a propósito de Guermantes para escuchar el San Francisco de Asís de Liszt y sólo ha tenido tiempo, como un hermoso alionín, de ir a picar, para ponérselas en la cabeza, unas bayitas de madroño y de majuelo; aún lleva incluso unas gotitas de rocío, un poco de la escarcha que debe de hacer gemir a la duquesa. Es muy bonito, mi querida princesa".
"¡Cómo! ¿Ha venido la princesa ex profeso de Guermantes? Pero, ¡eso es demasiado! No lo sabía, estoy confusa!, exclamó, ingenua, la Sra. de Saint-Euverte, poco habituada a las agudezas de Swann y, tras examinar el peinado de la princesa, añadió: "Pues es verdad, imita... ¿cómo diría yo?, no a las castañas, no. ¡Oh! Es una idea estupenda, pero, ¿cómo podía conocer la princesa nustro programa? Ni siquiera a mí me lo habían comunicado los músicos".
Swann, habituado -cuando estaba junto a una mujer con la que había mantenido usos galantes del lenguaje- a decir cosas delicadas que mucha gente de mundo no comprendía, no se dignó explicar a la Sra. de Saint-Euverte que se trataba de una simple metáfora. En cuanto a la princesa, rompió a reír a carcajadas, porque el ingenio de Swann era extraordinariamente apreciado en su clan y también porque no podía oír un cumplido dirigido a ella sin ver en él las gracias más refinadas y una comicidad irresistible. (p.358)
Swann y la princesa demuestran una complicidad especial, por completo alejada de la incomodidad evidente en las veladas de los Verdurin.
...Swann y la princesa tenían una misma forma de juzgar las cosas nimias, cuyo efecto -a menos que no fuese su causa- era una gran analogía en el modo de expresarse e incluso en la pronunciación. Esa semejanza no sorprendía, porque nada había más diferente que sus dos voces. Pero, si se lograba eliminar, con el pensamiento, de las palabras de Swann la sonoridad que las envolvía y los bigotes por entre los cuales salían, se advertía que eran las mismas frases, las mismas inflexiones: el estilo del clan Guermantes. Para las cosas importantes, Swann y la princesa no tenían las mismas ideas sobre nada. Pero desde que Swann estaba tan triste y sentía siempre como ese escalofrío que precede al momento en que se declara el llanto, tenía la misma necesidad de hablar de la pena que un asesino de su crimen. (p.359).

Páginas 340-349

Swann asiste a una velada en la casa de la marquesa de Saint-Eveurte, y después de una descripción de los "gigantescos lacayos, que dormían aquí y allá sobre banquetas y cofres y que, alzando sus nobles perfiles agudos de lebreles, se levantaron y formaron un círculo" (p.340), se nos cuentan las particularidades del modo de vestir y la personalidad de varios de los presentes. Una de las invitadas es la princesa Oriane Des Laumes, que más adelante se convertirá en duquesa de Guermantes (como la encontramos en "Combray", páginas 180-189), y asistimos en torno a ella a una escena de las tan reiteradas en esta parte de la novela y relativa a los gustos musicales de la aristocracia parisina.
Swann, embargado por una ironía melancólica, las contemplaba escuchando el intermedio de piano (San Francisco hablando a las aves de Liszt), que había sucedido al aire de flauta, y seguir el vertiginoso juego del artista: la Sra. de Franquetot con ansiedad, con ojos extraviados, como si las teclas que el pianista reocrría con agilidad hubieran sido una serie de trapecios a una altura de ochenta metros de los que podía caer y no sin lanzar a su vecina miradas de asombro, de denegación, que significaban: "Es increíble, nunca habría imaginado que un hombre pudiera hacer algo así"; la Sra. de Cambremer, como mujer que había recibido una sólida educación musical, marcando el compás con su cabeza transformada en balancín de metrónomo, cuyas amplitud y rapidez de oscilaciones de uno a otro hombro (...) habían llegado a ser tales, que los solitarios se le enganchaban constantemente en las presillas del corpiño y se veía obligada a atusarse las uvas negras que llevaba en el pelo, sin por ello interrumpir su aceleración. (pp.345-346)
Más adelante,
...cuando el pianista concluyó el fragmento de Liszt e inició un preludio de Chopin, la Sra. de Cambremer lanzó a la Sra. de Franquetot una sonrisa enternecida de satisfacción competente y referencia al pasado. En su juventud había aprendido a acariciar las frases -de largo cuello sinuoso y desmesurado- de Chopin, tan libres, tan flexibles, tan táctiles, que comienzan buscando y tanteandu su lugar fuera y muy lejos de la dirección de su arranque, muy lejos del punto en que era de esperar su contacto, y tan sólo se entregan a esa digresión de fantasía para volver deliberadamente (...) a clavársenos en el corazón. (pp.348-349)
Sin embargo,
La Sra. de Cambremer lanzó una mirada furtiva tras sí. Sabía que su joven nuera (...) despreciaba a Chopin y sufría cuando lo escuchaba. Pero la Sra. de Cambremer, lejos de la vigilancia de aquella wagneriana, situada más allá con un grupo de personas de su edad, se abandonaba a impresiones deliciosas. También las experimentaba la princesa Des Laumes. Sin estar dotada por naturaleza para la música, había recibido quince años antes las clases que una profesora de piano del Faubourg Saint-Germain, mujer de talento reducida, al final de su vida, a la miseria, había empezado de nuevo a dar, a la edad de setenta años, a las hijas y a las nietas de sus antiguas alumnas. Ya había muerto. Pero su método, su hermoso sonido, renacían a veces bajo los dedos de sus alumnas, incluso de las que habían llegado a ser, en todo lo demás, personas mediocres, habían abandonado la música y casi nunca abrían un piano. Por eso, la Sra. Des Laumes pudo balancear la cabeza con pleno conocimiento de causa... (p.349).