miércoles, 7 de noviembre de 2012

Páginas 275-284

En estas páginas el narrador se queja de que no ha logrado hacer amistades entre sus compañeros de hotel, en parte por la reticencia de su abuela a dejarse ver con la señora de Villeparisis:
Mi vida en el hotel resultaba no sólo triste, porque no tenía relaciones en él, sino también incómoda, porque Françoise había trabado muchas. Podría parecer que estas deberían habernos facilitado muchas cosas, pero era al contrario. Los proletarios, si bien les costaba un poco ser tratados como personas conocidas de Françoise y sólo lo conseguían con ciertas condiciones de mucha educación para con ella, una vez que lo habían obtenido, eran, en cambio, las únicas que contaban para ella. Según su código, no tenía obligación alguna para con los amigos de sus señores y, si tenía prisa, podía enviar a paseo a una señora que había venido a ver a mi abuela. Pero para con sus relaciones, es decir, las escasas personas del pueblo dignas de su difícil amistad, el protocolo más sutil y absoluto regulaba sus acciones. Así, Françoise, tras haber conocido al cafetero y a una joven doncella que hacía vestidos para una señora belga, ya no volvía a subir enseguida a atender a mi abuela después de almorzar, sino una hora después, porque el cafetero quería hacerle café o una tisana en la cafetería y la doncella le pedía que fuera a verla coser y habría sido imposible negárselo, una de esas cosas que no se hacen. (p.277)
Finalmente, la abuela y la señora de Villeparisis se encuentran y ya no pueden ignorarse mutuamente, así que...

se vieron obligadas a bordarse no sin antes intercambiar gestos de sorpresa, de vacilación (...) y por fin expresar protestas de cortesía y júbilo, como en ciertas escenas de Molière en las que dos actores que llevan un buen rato pronunciando monólogos cada uno por su lado y a unos pasos uno del otro no se han advertido -se supone- aún y de pronto se ven, no pueden dar crédito a sus ojos, interrumpen lo que están diciendo y por fin se hablan... (p.278)
Comienza entonces una rutina de almuerzos y cenas con la señora de Villeparisis. Al referirse a esta nueva costumbre el narrador deja caer una de las perlitas de este episodio, y uno de mis pasajes favoritos de la novela:
Por mi parte, a fin de conservar -para poder apreciar Balbec- la idea de que estaba en la punta extrema de la Tierra, me esforzaba por mirar más lejos, no ver sino el mar, buscar en él efectos descritos por Baudelaire y no dejar que mis miradas se posaran en nuestra mesa, salvo los días en que servían en ella un gran pescado, monstruo marino que -al contrario de los cuchillos y tenedores- era contemporáneo de las épocas primitivas en que la vida comenzaba a afluir en el Océano, en tiempo de los cimerios, y cuyo cuerpo, de innumerables vértebras y nervios azules y rosados, había sido construido por la naturaleza, pero según un plan arquitectónico, como una polícroma catedral del mar. (p.279)
Me interesa en este fragmento, por un lado, la referencia a las palabras de Legrandin:
...¡Balbec! La más antigua osamente geológica de nustro suelo, en verdad Ar-Mor, el Mar, el fin de la tierra, la región maldita que Anatole France -un encantador al que debería leer nuestro amiguito- tan bien describió, bajo sus eternas brumas, como el verdadero país de los Cimerios en la Odisea... (Por el camino de Swann, p.141).
Aquí el narrador parece haberse apoderado del entusiasmo de Legrandin y adoptado la mención a los cimerios y la idea del "fin de la tierra". Por otro lado, me resulta inevitable leer en "construido por la naturaleza, pero según un plan arquitectónico, como una polícroma catedral del mar" un comentario metanarrativo que reproduce el plan general de la obra: Proust, en varias ocasiones (lo cita Pietro Citati en su ensayo La paloma apuñalada), contó a su secretaria Céleste su intención de crear una novela que tuviese las pautas de una gran catedral gótica. El pescado de Balbec, magnificado por la vocación proliferante del narrador, puede parecerse a la novela que estamos leyendo. En cualquier caso, ese proceso de proliferación al que hacía referencia está claro: el pescado servido en el hotel de Balbec se vuelve prácticamente un dinosaurio y el balneario una región mítica de la tierra; esa proliferación, esa multiplicación de significados, sigue, a su vez, una pauta "arquitectónica": la de una catedral. Del mismo modo que la novela.


martes, 6 de noviembre de 2012

Páginas 265-274

El narrador sigue "examinando" a los veraneantes en el hotel de Balbec.
...nada hay (...) que se cultive tan cuidadosamente en la vida de París como las amistades balnearias. Me preocupaba la opinión que podían tener de mí todas aquellas notabilidades momentáneas o locales a las que mi disposición a ponerme en el lugar de las personas y recrear su estado de ánimo me hacía situar (...) en el que debían de considerar suyo y lo era, a decir verdad, en Balbec, donde la ausencia de medida común les atribuía como una superioridad relativa y de interés singular. (p.268)
Su interés pronto se concentra en la familia Stermaria, en particular en la hija, cuya descripción, dosificada a lo largo de estas páginas iniciales de la segunda parte de A la sombra de las muchachas en flor, es magistral:
...me había fijado (...) en su lindo rostro pálido y casi azulado, lo que de particular tenían el porte de su alto talle y sus anderas y que con razón me evocaba su herencia, su educación aristocrática y tanto más claramente cuanto que sabía su nombre: como esos temas expresivos inventados por músicos de genio y qu epintan espléndidamente el centelleo de la llama, el murmurio del río y la paz del campo para los oyentes, quienes, al recorrer previamente el libreto, han orientado su imaginación por la vía idónea. La "raza", al añadir a los encantos de la Srta. de Stermaria la idea de su causa, los volvía más inteligibles, más completos. Los hacía también más deseables, al anunciar que eran poco asequibles, así como un precio elevado aumenta el valor de un objeto que nos ha gustado. Y el tronco hereditario atribuía a su tez, compuesta de esencias escogidas, el sabor de un fruto exótico o de un caldo célebre. (p.268)
La amistad de la abuela del narrador con una aristócrata -la señora de Villeparisis- puede convertirse en la puerta de entrada a la aceptación de todos los huéspedes del hotel; sin embargo,
...si había alguien que viviese más que nadie encerrado en su universo particular, era mi abuela. Si hubiese sabido que me interesaban -y atribuía impotancia a la opinión de- personas cuya existencia ni siquiera advertía ella y cuyo nombre no iba a retener en toda su estancia en Balbec, no me habría despreciado siquiera, no me habría comprendido; no me atrevía a confesarle que, si esas mismas personas la hubieran visto hablar con la Sra. de Villeparisis, me habría complacido mucho, porque sentía yo que la marquesa tenía prestigio en el hotel y su amistad nos habría dado categoría ante el Sr. de Stermaria.... (p.270)
La abuela, lamentablemente, no está interesada siquiera en entablar conversación con la Sra. de Villeparisis, por lo que el plan del narrador deberá esperar. A la vez,
...mientras su padre se había alejado para hablar con el decano, yo miraba a la Srta. de Stermaria. Tanto como la singularidad audaz y siempre hermosa de sus actitudes -como cuando, con los dos codos sobre la mesa, alzaba el vaso por encima de sus dos antebrazos-, la sequedad de una mirada en seguida agotada, la dureza innata, familiar, que se advertía, mal oculta bajo sus inflexiones personales, en el fondo de su voz, y que había chocado a mi abuela, como un muelle atávico al que volvía en cuanto -con un vistazo o una entonación- había acabado de expresar su pensamiento propio, hacía pensar a quien la miraba en el linaje que le había legado aquella insuficiencia de simpatía humana, lagunas de sensibilidad, una falta de amplitud en su ser. Pero en ciertas miradas que pasaban un instante por el fondo, tan pronto seco, de su pupila y en las que se sentía esa dulzura casi humilde atribuida por el gusto predominante del placer sensual a la más altiva, quien no tarda en reconocer tan sólo un prestigio (...) y en cierto matiz de un rosa sensual y vivo que granaba sus pálidas mejillas, igual al que atribuía su rosicler al corazón de los nenúfares blancos del Vivonne, habría permitido fácilmente -me parecía sentir- que yo fuera a buscar en ella el gusto de aquella vida tan poética que llevaba en Bretaña y a la que (...) no parecía atribuir demasiado valor, pero mante´nia, sin embargo, encerrada en su cuerpo. (p.273)


lunes, 5 de noviembre de 2012

Páginas 255-264

Las noches en la habitación del Gran Hotêl de Balbec no son fáciles:
...para una naturaleza nerviosa como la mía -es decir, aquella en que lo sintermediarios, los nervios, desempeñan mal sus funciones, no detienen en su camino hacia la conciencia, sino que dejan, al contrario, llegar hasta ella, nítida, agotadora, innumerable y dolorosa, la queja de los más humildes elementos del yo que van a desaparecer-, la ansiosa alarma que sentía bajo aquel techo desconocido y demasiado alto no era sino la protesta de una amistad que sobrevivía en mí para con un techo familiar y bajo. Seguramente aquella amistad desaparecería, tras haber ocupado otra su lugar -y entonces la muerte y después una nueva vida habrían realizado, con el nombre de costumbre, su doble obra-, pero hasta su aniquiliación todas las noches sufriría -y sobre todo aquella primera noche- al presenciar un futuro ya realizado y en el que ya no había lugar para ella, se rebelaba, me torturaba con el grito de sus lamentaciones siempre que mis miradas, al no poder desviarse de lo que las hería, intentaban posarse en el techo inaccesible.
Pero, la mañana siguiente -después de que un sirviente hubiera venido a despertarme y traerme el agua caliente y, mientras me lavaba y en vano intentaba encontrar las cosas que necesitaba en mi maleta, de la que tan sólo sacaba, en desorden, las que para nada podían servirme-, ¡que alegría, al pensar ya en el placer del desayuno y del paseo, ver en la ventana y en todas las vitrinas de las librerías -como en los ojos de buey de un camarote de barco- la mar desnuda, sin opacidades... (p.256)
En esas mañanas luminosas el narrador descubre un gran interés por sus compañeros de hotel:
En Combray, como todo el mundo nos conocía, yo no prestaba atención a nadie. En la vida balnearia no conocemos a nustros vecinos. Yo no tenía aún edad suficiente y seguía siendo demasiado sensible como para haber renunciado al deseo de gustar a las personas y poseerlas. Carecía de la indiferencia, más noble, que habría experimentado un hombre de mundo para quienes almorzaban en el comedor y los jóvenes y las muchachas que pasaban por el malecón, con los cuales no podría -sufría al pensarlo- hacer excursiones, si bien menos que si mi abuela, desdeñosa de las formas mundanas y atenta sólo a mi salud, les hubiera dirigido la solicitud, para mí humillante, de aceptarme como compañero de paseo. Ya volviesen hacia algún hotelito desconocido, salieran para dirigirse con una raqueta en la mano a una pista de tenis o montaran en caballos cuyos cascos me pisoteaban el corazón, yo los contemplaba con una curiosidad apasionada en aquella iluminación cegadora de la playa en la que las proporciones sociales cambian, seguía todos sus movimientos a través de la transparencia de aquel gran vano acristalado que dejaba pasar tanta luz. Pero interceptaba el viento y era un defecto, en opinión de mi abuela, quien, al no poder soportar la idea de que me perdiera el beneficio de una hora de aire, abrió subrepticiamente un cristal e hizo que salieran volando al instante -junto con los menús- los periódicos, velos y gorras de todas las personas que estaban almorzando; sostenida por el soplo celeste, permaneció tranquila y sonriente, como Santa Blandina, en medio de las invectivas, que, al intensificar mi impresión de aislamiento y tristeza, reunían contra nosotros a los turistas despreciativos, despeinados y furiosos (p.259).

páginas 245-254

Después de encontrarse con la abuela en la estación de Balbec, el narrador toma otro tren hacia la playa.
Apenas me hube sentado en el vagón inundado por la fugitiva luz del ocaso y el persistente calor de la tarde (...) me preguntó: "Bueno, qué tal Balbec?", con una sonrisa tan ardientemente iluminada por la esperanza del gran placer que había yo -pensaba ella- experimentado, que no me atreví a confesarle de pronto mi desencanto. Por lo demás, la impresión que mi espíritu había buscado me ocupaba menos, a medida que se aproximaba el lugar al que mi cuerpo habría de acostumbrarse. (p.245)
Al llegar al Grand Hotêl, sin embargo:
Como había confesado a mi abuela que no me encontraba bien, que íbamos a vernos obligados -me parecía- a volver a París, ella había dicho sin protestar que salía a hacer unas compras, útiles tanto si nos marchábamos como si nos quedábamos (...); mientras la esperaba, yo me había ido a pasear por las calles atestadas por una multitud mantenida en ellas por el calor en las casas y en las que estaban aún abiertas la peluquería y una pastelería, algunos de cuyos parroquianos tomaban helados delante de la estatua de Fauguay-Touin. Me causó así tanto placer como el que puede proporcionar su imagen en medio de una revista "ilustrada" al enfermo que la hojea en la sala de espera de un cirujano. Me asombró que hubiera personas lo bastante diferentes de mí como para que el director pudiese haberme aconsejado aquel paseo por la ciudad como una distracción y como para que el lugar de suplicio que es una nueva morada pudiera parecer a algunos "una estancia deliciosa", según decía el prospecto del hotel (...) La necesidad que sentía de mi abuela había aumentado con mi temor a haberle causado una desilusión. Debía de estar desanimada, sentir que, si no soportaba yo aquella fatiga, era como para desesperar de que pudiese sentarme bien viaje alguno. Decidí volver a esperarla en el hotel... (pp.248-249)
Esa "necesidad" de la abuela da origen a una de las escenas más memorables de este capítulo, y, de paso, a otra aparición del tema edípico:
...me arrojé en brazos de mi abuela y apliqué los labios a su cara como si tuviera acceso, así, a aquel inmenso corazón que me abría. Cuando tenía así la boca pegada a sus mejillas, a su frente, obtenía en ellas algo tan benéfico, tan nutritivo, que conservaba la inmovilidad, la seriedad, la tranquila avidez de un niño que mama (...) Ella sentía tal placer en cualquier esfuerzo que me lo evitara a mí y -en un momento de inmovilidad y calma para mis miembros fatigados- algo tan delicioso, que -cuando, al ver que quería ayudarme a acostarme y descalzarme, hice el gesto de impedírselo y empezar a desvestirme por mí mismo- detuvo con una mirada suplicante mis manos que tocaban los primeros botones de mi chaqueta y de mis botines.
"Oh, te lo ruego", me dijo. "Es tal gozo para tu abuela. Y osbre todo no dejes de llamar a la pared, si necesitas algo esta noche: mi cama está adosada a la tuya y el tabique es muy fino. Dentro deun momento, cuando estés acostado, hazlo para ver si nos entendemos bien."
Y, en efecto, aquella noche llamé con tres golpes, que, cuando estuve enfermo, una semana después, renové todas las mañanas durante unos días, porque mi abuela quería darme leche temprano. Entonces, cuando me parecía oir que estaba despierta -para que no esperara y pudiera un instante después, volver a dormirse- me arriesgaba a dar tres golpecitos, tímida, débil, nítidamente, pese a todo, pues, si bien temía interrumpir su sueño en caso de que me hubiera equivocado y estuviese dormida, tampoco quería que siguiera alerta para oír una llamada que no hubiese distinguido la primera vez y que yo no me atrevería a repetir. (pp.252-253)

sábado, 3 de noviembre de 2012

Páginas 235-244

El médico le recomienda al narrador que beba un poco de alcohol para bajar la ansiedad del viaje; la abuela, en un principio, parece oponerse pero de todas formas el narrador pasa un rato en el bar del tren. Regresa, como era de esperar, totalmente borracho -aunque en ningún momento se nos diga literalmente que lo está:
Y, si fui, sin embargo, a beber mucho más de la cuenta en el bar del tren, fue porque sentía que, de lo contrario, tendría un ataque demasiado violento y eso sería lo que más la afligiría [a la abuela]. Cuando en la primera estación volví a montar a nuestro carruaje, dije a mi abuela lo contento que estaba de ir a Balbec, que tenía la sensación de que todo iba a salir bien, que en el fondo me iba a acostumbrar en seguida a estar separado de mamá, que aquel tren era agradable y el hombre del bar y los empleados tan encantadores, que me habría gustado volver a hacer con frecuencia aquel trayecto para tener la posibilidad de verlos de nuevo. Sin embargo, mi abuela no parecía alegrarse tanto como yo de todas aquellas buenas noticias. Me respondió apartando la mirada: "Tal vez deberías intentar dormir un poco", y volvió la vista hacia la ventana... (p.235)
Más adelante en el vieje el narrador descubre a una chica que vende café con leche a los pasajeros.
No sé si el salvaje encanto de aquellos lugares -al hacerme creer que aquella muchacha no era semejante a las otras mujeres- intensificaba el suyo, pero ella se lo devolvía. La vida me habría parecido deliciosa, si hubiera podido pasarla, hora tras hora, con ella, acompañarla hasta el torrente, hasta la vaca, hasta el tren, estar siempre a su lado, sentirme conocido de ella, con un lugar en su pensamiento. Me habría iniciado en los encantos de la vida rústica y de las primeras horas del día. Le hice una seña para que viniera a darme café con leche. Necesitaba que se fijara en mí. No me vio y la llamé. Por encima de su alto cuerpo, su tez era tan dorada y rosácea, que parecía vista a través de una vidriera iluminada. Volvió sobre sus pasos, yo no podía apartar mis ojos de su rostro, cada vez mayor, semejante a un sol que pudiéramos mirar fijamente y que se aproximara hasta llegar muy cerca de nosotros (...) Fijó en mi su mirada penetrante, pero, como los empleados estaban cerrando las puertas, el tren se puso en marcha; la vi abandonar la estación e internarse de nuevo por el sendero, ahora era de día: me alejaba de la aurora. Ya hubiera sido mi exaltación obra de aquella muchacha o hubiese causado, al contrario, la mayor parte del placer que había sentido al encontrarme junto a ella, estaba, en todo caso, tan mezclada con él, que mi deseo de volver a verla era ante todo el deseo moral de no dejar que aquel estado de excitación pereciera del todo, de no ser separado nunca más de la persona que -aun sin saberlo- en él había participado. No es sólo que aquel estado fuese agradable. Es sobre todo que (...) daba otro tono a lo que yo veía, me introducía como actor en un universo desconocido e infinitamente más interesante; aquella hermosa muchacha (...) era como parte de una vida diferente de la que yo conocía, separada de ella por una orla y en la que las sensaciones que inspiraban los objetos ya no eran las mismas... (pp.240-241).
Finalmente el narrador llega a la terminal de Balbec; para su sorpresa, no está cerca del mar, sino a unos 20 kilómetros (5 leguas), pero sí de la iglesia:
...cuando reconocí a los Apóstoles cuyas estatuas en molde había visto en el Museo del Trocadéro y que, a los dos lados de la Virgen y delante del profundo vano del pórtico, me esperaban como para rendirme honores, ya no quise pensar sino en el significado eterno de las esculturas. Con su rostro benévolo, chato y dulce y la espalda encorvada, parecían avanzar con expresión de bienvenida cantando el Aleluya de un día hermoso. Pero se advertía que su expresión era inmutable como la de un muerto y sólo se modificaba si los rodeábamos. Yo me decía: "Es aquí, es la iglesia de Balbec. Esta plaza, que parece conocer su gloria, es el único lugar del mundo que tiene la iglesia de Balbec. Lo que he visto hasta ahora eran fotografías de esta iglesia y (...) tan sólo los moldes. Ahora es la propia iglesia, es la propia estatua, son ellas, las únicas, es mucho más".
Tal vez fuera menos también. Así como un joven, en un día de examen o de duelo, considera el hecho sobre el que le han preguntado, la bala que ha disparado, muy poca cosa, cuando piensa en las reservas de ciencia y valor con que cuenta y que habría querido demostrar, así mi entendimiento -que había erigido la Virgen del pórtico fuera de las reproducciones que había tenido ante los ojos, inaccesible a las vicisitudes que podían amenazar a estas, intacta, si las destruían, ideal, con valor universal- se extrañaba de ver la estatua que había esculpido mil veces reducida a su propia apariencia de piedra... (p.243).
Era inevitable que la iglesia de Balbec -en esta primera visita- desilusionara al narrador, del mismo modo que lo hizo la primera vez que vio actuar a la Berma (páginas 27-36).

viernes, 2 de noviembre de 2012

Páginas 225-234

Las primeras páginas de la segunda parte de A la sombra de las muchachas en flor -que en esta traducción reciben el título de "Nombres de país: el país"- introducen el tema del viaje del narrador a Balbec, con su abuela. La planificación se revela como especialmente compleja: la madre los acompañará en los primeros tramos del viaje, luego el narrador se adelantará y visitará -solo- la iglesia de Balbec para después encontrarse, en la playa, con su abuela.
Todo esto sucede dos años después del final del capítulo anterior; el enlace cronológico, de hecho, es clarísimo:
Cuando, dos años después, partí con mi abuela con destino a Balbec, había llegado a sentir una casi completa indiferencia para con Gilberte. Al sentir la fascinación de un rostro nuevo, al esperar conocer las catedrales góticas, los palacios y los jardines de Italia con ayuda de otra muchacha, me decía con tristeza que nuestro amor, en cuanto que lo es a cierta persona, tal vez no sea algo muy real... (p.225)
La bisagra, por llamarla de alguna manera, está clara: ya no siente amor por Gilberte (remitiendo al capítulo anterior) y se apresta a viajar a Balbec (el capítulo que ahora comienza). Es cierto que -y aquí hay un concepto recurrente en la novela- operan ciertas "intermitencias":
Sin embargo, en el momento de aquella partida para Balbec y durante los primeros tiempos de mi estancia, mi indiferencia era aún sólo intermitente. Muchas veces -como nuestra vida es tan poco cronológica, al inmiscuirse tantos anacronismos en la sucesión de los días- vivía en aquellos -anteriores a la víspera o a la antevíspera- en que amaba a Gilberte. Entonces, no verla más me resultaba doloroso, como si hubiera estado en aquel tiempo. El yo que la había amado, substituido ya casi enteramente por otro, resurgía, traído mucho más a menudo por una cosa fútil que por una importante. (p.225)
Un pasaje especialmente interesante surge como desarrollo de ese tema de las "intermitencias":
Ahora bien, los recuerdos amorosos no son una excepción de las leyes generales de la memoria, regidas, a su vez, por las -más generales- de la costumbre. Como ésta lo debilita todo, lo que mejor nos recuerda a una persona es precisamente lo que habíamos olvidado ( porque era insignificante y lo habíamos conservado, así, con toda su fuerza). Por eso, la mejor parte de nuestra memoria está fuera de nosotros, en una ráfaga lluviosa, en el olor a cerrado de una habitación o en el de una primera llamarada, donde quiera que recuperemos de nosotros mismos lo que nuestra inteligencia -por resultarle inútil- había desdeñado, la última reserva del pasado, la mejor, la que, cuando todas nuestras lágrimas parecen agotadas, sabe aún hacernos llorar. ¿Fuera de nosotros? En nosotros, mejor dicho, pero oculta a nuestras miradas... (p.226)
Es evidente la referencia al tema de la memoria involuntaria, además: "la mejor parte de nuestra memoria está fuera de nosotros, en una ráfaga lluviosa".
En el momento de partir, ante la complejidad de los planes, el narrador siente que extrañará a su madre.
Por primera vez sentía yo que era posible que mi madre viviese sin mí -y no para mí- en otra vida. Iba a vivir, por su parte, con mi padre, cuya existencia volvían un poco complicada y triste (...) mi mala salud y mi nerviosismo. Aquella separación me disgustaba más, porque probablemente fuera para mi madre -me decía- el fin de las sucesivas decepciones que yo le había causado, si bien ella no lo había traslucido, y después de las cuales había comprendido la dificultad de unas vacaciones en común (...) Apenas pude responder al empleado que quiso coger mi maleta. Mi madre -para consolarme- procuraba reucrrir a los medios que le parecían más eficaces. Consideraba inútil aparentar no ver mi pena, sino que bromeaba con cariño al respecto:
"Pero bueno, ¿qué dirá la iglesia de Balbec, si supiera que nos disponemos a ir a verla con esa expresión afligida? ¿Se puede ser así el viajero arrobado del que habla Ruskin? Por lo demás, voy a saber si has estado a la altura de las circunstancias: aún lejos seguiré estando con mi lobito. Mañana tendrás una carta de tu mamá" (pp.231-232)
El tema edípico -que podemos rastrear hasta el episodio de la lectura de los libros regalados por la abuela (Por el camino de Swann, páginas 40-49)- aparece aquí con claridad. El anhelo de poseer por completo a la madre (hasta el punto de que la tristeza y desesperación del narrador surgen por el hecho de que ha imaginado que su madre podría vivir al margen de él), la competencia con el padre, todo parece reclamar la interpretación freudiana. Es interesante aquí leer a Harold Bloom, en particular el capítulo de El canon occidental destinado a Proust; por ejemplo:
Freud es el rival de Proust, no su mestro, y la narración proustiana de los celos en muy personal. Aplicar el freudismo a Proust en el tema de los celos es tan reductor y engañoso como analizar la visión de la homosexualidad que aparece en La busca de una manera freudiana (El canon occidental, Anagrama, p.408).

jueves, 1 de noviembre de 2012

Páginas 217-224

Aquí está el final de la primera parte de A la sombra de las muchachas en flor. La atención del narrador, ya resignado al final de su amor por Gilberte, vira a Odette, y de pronto empezamos a unir los puntos y a sentir que toda esta sección fue dedicada a Odette, que aquí y allá, a veces de modo oculto o subterráneo, a veces más en la superficie, era la madre de Gilberte el verdadero centro de este capítulo. ¿O es Gilberte? Desde el punto de vista narrativo, por supuesto, es la chica la que mueve al interés del narrador por contarnos las idas y venidas de su amor por ella; pero en las grietas lo que asoma es un vasto retrato de Odette, que nos habla de la fascinación del narrador por la mujer. Por ejemplo:
...Como sabía que la Sra. Swann salía durante una hora, antes del almuerzo, e iba a caminar un poco por la avenida del Bois, cerca de la Étoile y del lugar llamado entonces -en referencia a la gente que acudía a contemplar ricos a quienes no conocían de nombre- el "club de los boqueras", conseguí de mis padres que el domingo (...) me dejaran almorzar después que ellos (...) para poder ir a dar una vuelta antes. Durante aquel mes de mayo nunca falté, pues Gilberte había ido al campo con unas amigas. Llegaba al Arco del Triunfo hacia el mediodía. Me situaba al acecho a la entrada de la avenida, sin perder de vista la esquina de la callecita por la que la Sra. Swann, que sólo debía dar unos pasos, venía de su casa. Como era ya la hora en que muchos paseantes volvían a casa a almorzar, los que quedaban eran poco numerosos y la mayoría personas elegantes. De repente, sobre la arena de la alameda aparecía -retrasada, lenta y lujuriante como la flor más hermosa y que no se abriría hasta el mediodía- la Sra. Swann desplegando en derredor un atavío siempre diferente, pero que recuerdo sobre todo malva, después alzaba y extendía sobre un largo pedúnculo -en el momento de su más completa irradiación- el estandarte de seda de una amplia sombrilla del mismo color que el deshoje de los pétalos de su vestido. Toda una comitiva (...) la rodeaba y su negra o gris aglomeración ejecutaba, obediente, los movimientos casi mecánicos de un marco inerte en torno a Odette, hacía parecer a aquella mujer -la única que tenía intensidad en los ojos- como mirando hacia delante, por entre todos aquellos hombres, como desde una ventana a la que se hubiera acercado, y la hacía surgir -débil, sin miedo, en la desnudez de sus tiernos colores- como la aparición de un ser de una especie diferente, de una raza desconocida y una fuerza casi guerrera, gracias a la cual compensaba por sí sola su múltiple escolta. (pp.218-219)
Esa irrupción mitológica, esa supernova que es Odette, nos da un buen argumento para pensar que el narrador fue construyendo minuciosamente el retrato de la madre de Gilberte para hacerlo estallar al final; o, quizá, los dos temas fundamentales del capítulo (Odette y Gilberte) se unen al final en un estallido de maravilla:
Por lo demás, en todo momento la Sra. Swann (...) era saludada por los últimos jinetes rezagados, como cinematografiados al galope sobre la blanca insolación de la avenida, hombres en un círculo, cuyos nombres, célebres para el público (...) eran, para la Sra. Swann familiares, de amigos. y, como la duración media de la vida -la longevidad relativa- es mucho mayor para los recuerdos de las sensaciones poéticas que para los de los sufrimientos del corazón, pese a que hace tanto tiempo que se esfumaron las penas que sentía yo por Gilberte, les ha sobrevivido el placer que experimento, siempre que quiero leer, como en una esfera solar, los minutos comprendidos entre las doce y cuarto del mediodía y la una, en el mes de mayo, al volver a verme charlando así con la Sra. Swann, bajo su sombrilla, como bajo el reflejo de un cenador de glicinas. (pp.223-224)