lunes, 15 de octubre de 2012

Páginas 27-36

Terminada la actuación de la Berma el narrador concluye que:
...no dejé de sentirme, al caer el telón, decepcionado de que aquel placer tan deseado no hubiera sido mayor y al mismo tiempo la necesidad de prolongarlo, de no abandoanr nunca, al salir de la sala, aquella vida del teatro que durante unas horas había sido la mía y de la que me habría separado como en una partida para el exilio... (p.27)
Más tarde ese mismo día la familia cena con el señor de Norpois, y el narrador, animado por su padre, le pasa un poema en prosa para que examine, como se había planeado.
Mi padre sentía por una clase de inteligencia como la mía un desprecio suficientemente corregido por el cariño como para que, en resumidas cuentas, su sentimiento sobre todo lo que yo hacía fuera una indulgencia ciega. Por eso, no vaciló en enviarme a buscar un poemilla en prosa por mí compuesto en Combray al regreso de un paseo. Lo había escrito con una exaltación que comunicaba -me parecía- a quienes lo leyeran. Pero no debió de convencer al Sr. de Norpois, pues me lo devolvió sin decir palabra. (p.32)
La conversación con Norpois eventualmente toma como tema a la función teatral.
"Bueno, ¿qué? ¿Te ha gustado la sesión teatral?", me preguntó mi padre, mientras pasábamos a la mesa para que me luciera y pensando que mi entusiasmo me haría quedar bien ante el Sr. de Norpois (...)
"Debe de haberle encantado, sobre todo si era la primera vez que la veía. Su señor padre temía las consecuencias que esa escapadita podía tener en su salud, pues, según creo, está usted un poco delicado, un poco débil, pero yo lo tnraquilicé. Hoy los teatros no son lo que eran hace tan sólo veinte años. Hay butacas más o menos cómodas, una atmósfera renovada, aunque aún nos falte mucho para llegar al nivel de Alemania e Inglaterra (...) Yo no he visto a la Berma en Fedra, pero he oído decir que estaba admirable. Conque, ¿le habrá encantado, naturalmente?"
El Sr. de Norpois era mil veces más inteligente que yo, debía de conocer esa verdad que yo no había sabido extraer del arte de la Berma e iba a descubrírmela: al responder a su pregunta, iba a rogarle que me dijera en qué consistía esa verdad y así justificaría el deseo por mí sentido de ver a aquella actriz. Sólo disponía de un momento, debía aprovechar y orientar mi interrogatorio hacia los aspectos esenciales. Pero, ¿cuáles eran? (...) al final, para intentar incitarlo a declarar lo que de admirable tenía la Berma, le confesé que me había decepcionado.
"Pero, ¡cómo!", exclamó mi padre, contrariado por la lamentable impresión que el reconocimiento de mi incomprensión podía causar al Sr. de Norpois... (p.33)
Norpois le comenta a la madre del narrador sus impresiones: la Berma posee un gran talento para elegir papeles, una bellísima voz, y jamás se viste en escena con "colores demasiado chillones" ni profiere "gritos exagerados". El narrador asiente y se "alegra" de encontrar
 ...una causa razonable en esos elogios sobre la sencillez, el buen gusto, de la artista (...). "Es cierto", me decía yo: "¡Qué hermosa voz! ¡Qué ausencia de gritos! ¡Qué trajes tan sencillos! ¡Qué inteligencia al haber ido a elegir Fedra! No, no me ha defraudado. (p.34)

viernes, 12 de octubre de 2012

Páginas 17-26

En estas páginas reaparece el tema de la enfermedad del narrador. El médico le recomienda a sus padres que no le permitan ir al teatro a ver a la Berma, y cabe pensar, una vez más, que el trastorno que aqueja a nuestro protagonista es de índole nerviosa. De todas formas, él insiste, y sus padres, al ver lo importante que le resulta el teatro, lo dejan a su elección:
...cuando aquel día de teatro, hasta entonces prohibido, ya sólo dependió de mí, me pregunté por primera vez -al no tener que ocuparme de que dejara de ser imposible- si era deseable, si no deberían haberme hecho renunciar a ella otras razones distintas de la prohibicion de mis padres. Primero, tras haber detestado su crueldad, su consentimiento me los volvía tan queridos, que la idea de causarles pena me la causaba a mí mismo, con lo que ya no me parecía objetivo de la vida la verdad, sino el cariño... (p.20)
 Eventualmente el narrador decide ir, y lo acompaña su abuela. Sin embargo, la función de inmediato lo desconcierta.
...El personaje de Fedra no aparece en ese comienzo del segundo acto y, sin embargo, desde que se alzó el telón y se retiró otro de terciopelo rojo, que desdoblaba la profundidad del escenario en todas las obras en las que actuaba la estrella, entró por el fondo una actriz de rostro y voz como los de la Berma, según me los habían descrito. Debían de haber cambiado el reparto, toda la atención que yo había puesto para estudiar el papel de la mujer de Teseo resultaba inútil. Pero otra actriz dio réplica a la primera. Debía de haberme equivocado al considerarla la Berma, pues la segunda se le parecía aún más y tenía -más que la otra- su dicción. Por lo demás, las dos añadían a su papel gestos nobles (...) y también entonaciones ingeniosas (...) que me hacían comprender el significado de un verso leído en casa sin prestar demasiada atención a lo que quería decir. Pero de repente, al apartarse el telón rojo dle santuario, como en un bastidor, apareció una mujer y al instante (...) comprendí que las dos actrices a las que admiraba desde hacía unos minutos no presentaban semejanza alguna con aquella a quien había ido a ver. Pero, al mismo tiempo, todo mi placer había cesado; ya podía clavar mis ojos en la Berma, aguzar los ojos, los oídos, la mente, para que no se me escapara nada, que no conseguía recoger ni una migaja de las razones que me daría para admirarla. Ni siquiera podía distinguir en su dicción y en su arte (...) entonaciones ingeligentes, gestos hermosos. La escuchaba como si estuviera leyendo Fedra o como si la propia Fedra hubiese dicho en aquel momento las cosas que yo oía, sin que el talento de la Berma pareciera haberles añadido nada (pp.24-25)
Toda esta secuencia puede leerse como parte de la gran línea -que atraviesa la novela- de desilusiones entre lo que el narrador había imaginado y lo que encuentra eventualmente en la realidad. Ese tema, de hecho, es explorado en En busca del tiempo perdido casi en todas partes, bajo la forma de variaciones y ciclos de variaciones. 

jueves, 11 de octubre de 2012

Páginas 7-16

El cambio de tono en las primeras páginas de A la sombra de las muchachas en flor, en relación a el volumen que las precede, es muy notorio. El narrador ahora se complace en hablar de política, en nombrar ministros, embajadores, diplomáticos. Queda claro, de paso, que su padre trabaja en el gobierno, en un gabinete ministerial.
Estas 10 páginas, además, retoman dos personajes del libro anterior y los examinan bajo una nueva luz, a la vez que presentan a uno nuevo, el señor de Norpois.
Primero se habla de Swann.
...el antiguo amigo de mis padres habia sumado -a la de "Swann hijo" y también a la del Swann del Jockey- una personalidad nueva -y que no iba a ser la última-: la de marido de Odette. Adaptando a las humildes ambiciones de esa mujer el instinto, el deseo, la industria que siempre había tenido, se las había ingeniado para construirse -muy por debajo de la antigua- una posición nueva y apropiada a la compañera que la ocuparía junto con él. Ahora bien, en ella se mostraba como otro hombre. (p.7)
La legendaria reticencia de Swann de hablar de sus amistedes entre la aristocracia parece haberse invertido, y ahora se ha convertido, a primera vista, en todo lo contrario: una suerte de presumido deseoso de traer a todo momento a colación sus amigos "importantes". El narrador, sin embargo, ve más allá.
El Swann solícito con aquellas nuevas relaciones, que citaba orgulloso, era como esos grandes artistas modestos o generosos que, si al final de su vida se dedican a la cocina o a la jardineria, ostentan una satisfacción ingenua por los elogios dedicados a sus platos o a sus arriates, en relación con los cuales no admiten la crítica que aceptan gustosos para sus obras maestras o que, si bien son capaces de regalar una de sus telas, no pueden perder cuatro cuartos al dominó sin malhumorarse. (p.8)
Pero no sólo Swann ha cambiado. Nos enteramos también de una importante mutación en el carácter de Cottard:
...la segunda parte de nuestra vida no siempre es -aunque lo sea con frecuencia- nuestro primer carácter desarrollado o debilitado, amplificado o atenuado; a veces es un caracter inverso, un auténtico traje vuelto del revés. Salvo en casa de los Verdurin, que se habían encaprichado con él, la expresión vacilante de Cottard, su timidez y amabilidad excesivas lo habían hecho, en su juventud, objeto de perpetua chacota. ¿Qué amigo caritativo le habría aconsejado adoptar una expresión glacial? La importancia de su situación se lo facilitó. Por doquier, salvo en casa de los Verdurín, donde volvía instintivamente él mismo, se volvió frío, silencioso, perentorio -cuando no le quedaba más remedio que hablar- y no olvidaba decir cosas desagradables (...) Sobre todo se esforzaba por adoptar una actitud impasible e incluso en su servicio del hospital, cuando soltaba algunos de sus retruécanos -que hacían reír a todo el mundo, desde el director de la clínica al externo más reciente-, lo hacía siempre sin que se moviera un sólo músculo de su rostro, irreconocible, por lo demás, desde que se había afeitado la barba y el bigote. (p.10)
Sigue la presentación del marqués de Norpois, "que había sido ministro plenipotenciario antes de la guerra y embajador cuando los acontecimientos del 16 de mayo" (p.10). ¿A qué guerra se refiere el narrador? Para empezar, los "acontecimientos del 16 de mayo" refieren a la crisis institucional que afectó a Francia en 1877, cuando el entonces presidente MacMahon (ya mencionado en la novela, en la página 439) disolvió el parlamento, que se había negado a apoyar la investidura de un nuevo ministro. En las elecciones subsiguientes perdió el partido de MacMahon, por lo que muchos han interpretado esta crisis como la victoria del parlamentarismo sobre el presidencialismo. La "guerra", entonces, debe ser la franco-prusiana, que se prolongó entre 1870 y 1871 y, entre otras cosas, entregó a Alemania los territorios de Alsacia y Lorena.
Pero hay más en la aparición de Norpois que pistas para la cronología del libro:
...el Sr. de Norpois había cambiado en un sentido mucho más importante las intenciones de mi padre. Éste había deseado siempre que yo fuera diplomático y yo no podía soportar la idea de que, aunque estuviese algún tiempo destinado en el ministerio, corriera el riesgo de ser enviado algún día como embajador a capitales en las que Gilberte no viviría. Habría preferido volver a los proyectos literarios que en otro tiempo había concebido y abandonado en mis paseos por la parte de Guermantes. Pero mi padre se había opuesto constantemente a que optara por la carrera de las letras -muy inferior, a su juicio, a la diplomacia e indigna incluso del título de carrera- hasta el día en que el Sr. de Norpois, quien no apreciaba precisamente a los agentes diplomáticos de las nuevas hornadas, le había asegurado que con la literatura podía granjearme tanta consideración, ejercer tanta influencia y conservar más independencia que en las embajadas.
"¡Pues vaya! Nunca lo habría creído: Norpois no se opone en lo más mínimo a que te dediques a la literatura", me dijo mi padre. Y, como él mismo era bastante influyente, creía que nada había que no se arreglara, no encontrase solución apropiada, en la conversación de las personas importantes, añadió: "Voy a traerlo a cenar una noche de estas, al salir de la Comisión. Hablarás un poco con él para que pueda evaluerte. Escribe algo muy bueno para que puedas enseñárselo; es muy amigo del director de La Revue des Deux Mondes y con lo astuto que es conseguirá que te admitan, eso por descontado; y, fíjate, parece opinar que la diplomacia hoy..."
La felicidad que me daría no verme separado de Gilberte me infundía el deseo -pero no la capacidad- de escribir algo hermoso que pudiera enseñar al Sr. de Norpois. Tras algunas páginas preliminares, del aburrimiento se me caía la pluma de las manos, lloraba de rabia al pensar que nunca tendría talento... (pp.15-16)









miércoles, 10 de octubre de 2012

Páginas 440-446

Llegamos al fin de "Nombres de países: el nombre" y del primer tomo de En busca del tiempo perdido, Por la parte de Swann (confieso que me cuesta desprenderme de la traducción de Salinas y su Por el camino de Swann). Después de seguir un poco más con la anécdota de los paseantes que hablan de Odette -"sin haber oído esos comentarios", dice el narrador, jugando con las capas y capas de artificio que aplica a su novela- aparece un par de líneas en blanco y un retorno a la temporalidad más inmediata al narrador:
Este año -cuando una de las primeras mañanas de este mes de noviembre (...) infunden una nostalgia, una auténtica fiebre, de las hojas muertas hasta el punto de llegar a impedirnos dormir incluso- crucé el Bois de Boulogne para ir a Trianon, volví a apreciar esa complejidad que hace de él un lugar facticio y, en el sentido zoológico o mitológico de la palabra, un jardín. (p.441)
Por el camino de Swann termina, entonces, lo más cercano posible al presente de la narración: después incluso del "durante mucho tiempo me acosté temprano" que inaugura la novela: se trata del mismo mes en que se está escribiendo. Y también se habla del sueño, de la imposibilidad de dormir.
El narrador recorre el Bois de Boulogne y experimenta el peso de todos los cambios que han operado sobre él:
¡Ay! Ya sólo había automóviles conducidos por mecánicos bigotudos, acompañados de altos lacayos (...) En lugar de los bellos vestidos en los que la Sra. Swann parecía una reina, túnicas grecosajonas alzaban, con pliegues de Tanagra y a veces en el estilo del Directorio, telas liberty sembradas de flores como un papel pintado (...) ¡Qué horror!, me decía. ¿Se pueden considerar elegantes los automóviles, como eran los antiguos coches de caballos? Seguramente soy ya demasiado viejo... pero no estoy hecho para un mundo en el que las mujeres van enfundadas en vestidos que ni siquiera son de tela. (p.444)
A lo que añade:
La realidad que yo había conocido había dejado de existir. Bastaba con que no llegara, idéntica, la Sra- Swann en el mismo momento para que la Avenida fuera otra. Los lugares que hemos conocido no pertenecen sólo al mundo del espacio en el que los situamos para mayor comodidad. No eran sino una fina capa en medio de impresiones contiguas que formaban nuestra vida de entonces; el recuerdo de cierta imagen es una simple añoranza de cierto instante y las casas, las carreteras, las avenidas son, ¡ay!, fugitivas como los años. (p.446)
Hay algo de heracliteano a ultranza en esta idea. Las avenidas parecen ser las mismas, pero en rigor, en tanto existen como tales en la mente, las avenidas no son únicamente la materialidad, el lugar geográfico, sino que son esa "fina capa en medio de impresiones contiguas", unidas a los recuerdos, a las personas, a las modas, las circunstancias históricas, etc. Y, en ese sentido, irrepetibles, efímeras. Tanto como los años de nuestras vidas. A esa sensación de pérdida irreparable que da el final del libro, ¿cabe pensar que Proust opone los episodios epifánicos de memoria involuntaria? De ser así, cabría leer En busca del tiempo perdido (con sus revelaciones finales que catapultan al narrador a la escritura) como una suerte de fábula gnóstica de retorno al hogar, un poco como el célebre mito de la perla.

martes, 9 de octubre de 2012

Páginas 430-439

Sigue la fascinación del narrador por Odette y sus padres:
Yo siempre tenía al alcance de la mano un plano de París, que -como se podía distinguir en él la calle en que vivían los Sres. Swann- contenía, para mí, un tesoro. Y por placer, por una como fidelidad caballeresca también, pronunciaba, a propósito de cualquier cosa, el nombre de aquella casa, por lo que mi padre -por no estar, a diferencia de mi madre y de mi abuela, al corriente de mi amor- me preguntaba:
"Pero ¿por qué hablas todo el tiempo de esa calle, que nada tiene de extraordinario? (pp.431-432)
Además,
En cuanto a Swann, para intentar parecerme a él, me pasaba todo el tiempo en la mesa tirándome de la nariz y frotándome los ojos. Mi padre decía "Este niño es idiota, se va a volver un monstruo". Sobre todo me habría gustado estar tan calvo como Swann. (p.433)
De pasada se alude a la muerte del abuelo del narrador, una razón más para que la familia ya no frecuente a Swann (que era especialmente amigo del finado). Los días de Combray parecen alejarse en el tiempo, que comienza a ser percibido por el narrador (o construido en su narración) de una manera diferente a la eternidad idílica de las 2 secciones de "Combray", lo que también vimos en la alusión a cuando el narrador evoca la mutación en su imagen de Swann; esta es, además, la segunda muerte que registra la novela: la primera (páginas 160-169) corresponde a la tía Léonie.
Gran parte de estas páginas describe los caminos que toma el narrador a través de los Campos Elíseos para encontrarse con Gilberte, que pasea a veces con su institutriz y a veces con su madre; la chica, entonces, se nos aparece un poco distante, indiferente: es la encontrada, no la que busca.
También leemos:
Incluso quienes no la conocían [a Odette] advertían en ella algo singular y excesivo (...) y pensaban que debía de ser una persona conocida. Se preguntaban: ¿Quién será?, interrogaban a veces a un transeúnte o se prometían recordar su atuendo, como un punto de referencia, para que amigos más instruidos los informaran al respecto. Otros paseantes, sin acabar de detenerse, decían:
"¿Sabe usted quién es? ¡La Sra. Swann! ¿No le dice nada? ¿Odette de Crécy?"
"¿Odette de Crécy? Ya decía yo, esos ojos tristes... Pero ¡ya debe estar entradita en años, eh! Recuerdo que me acosté con ella el día de la dimisión de Mac-Mahon."
"Más vale -creo yo- que no se lo recuerde. Ahora es la Sra. Swann, la esposa de un señor del Jockey, amigo del príncipe de Gales. Por lo demás, es espléndida" (p.439).
Tenemos ahí, de paso (por debajo de la evidente apelación al devenir de Odette en la sociedad parisina) otra especie de pista cronológica. Patrice de Mac-Mahon, Duque de Magenta (1808-1893) fue el segundo presidente de la Tercera República Francesa (1870/75-1940), desde 1973 hasta su dimisión en 1879. Si damos al narrador la fecha de nacimiento de Marcel Proust (1871), Odette seguía siendo una cortesana mientras nuestro protagonista cumplía 8 años. Parece una fecha un poco tardía, dado que en la sección "Combray" -que podríamos pensar abarca los primeros 10 años del narrador, dejando la sección "Nombres de países: el nombre" para la preadolescencia- se alude a que Swann ya está casado (es inverosimil que Odette siguiera ejerciendo la prostitución casada con Swann). Quizá, entonces, habría que proponer una fecha un poco más tardía (1880 y pico, digamos) para el nacimiento del narrador (asumiendo 1881, para hacerlo 10 años más joven que Proust, tendríamos que los encuentros entre el narrador y Gilberte sucederían hacia 1892-93, cabe suponer). En cualquier caso, sí podemos pensar con certeza que los sucesos de "Un amor de Swann" -que nos son presentados marcadamente como algo que sucedió antes del nacimiento del narrador ("lo que, muchos años después de haber abandonado aquel pueblo, había sabido sobre un amor de Swann antes de que yo naciera" p.189)- pueden rondar ese final de la década de 1870 (y por tanto que deben haber pasado entre 10 y 15 años desde entonces, para que tenga sentido la afirmación de que Odette "ya debe estar entradita en años).


lunes, 8 de octubre de 2012

Páginas 420-429

El narrador sigue encontrándose con Gilberte en los Campos Elíseos. Un día, la chica le regala una bolita, que el narrador atesorará. Más adelante, tras una conversación sobre Bergotte, Gilberte le envía por correo un ejemplar de un libro de este autor. Tanto el libro como la bolita se convierten en tesoros. Sin embargo,
Si bien me daba a veces aquellas muestras de amsitad, tambíen me hacía sufrir, cuando parecía no sentir placer al verme, cosa que ocurría con frecuencia en los días mismos con los que más había contado yo para que mis esperanzas se realizaran. Estaba seguro de que Gilberte acudiría a los Campos Elíseos y sentía un alborozo que me parecía sólo la vaga anticipación de una gran felicidad... (p.423)
El mundo de Gilberte -sus amigos y amigas, su familia- obsesiona al narrador, que pasa a resignificar a la figura de Swann:
Pero de aquella vida nadie me daba tan cumplida impresión como el Sr. Swann, quien llegaba un poco después a recoger a su hija. Es que la Sr.a Swann y él (...) encerraban para mí (...) un mundo desconocido e inaccesible, un encanto doloroso. Todo lo que se refería a ellos era objeto por mi parte de una preocupación tan constante, que los días, como aquellos, en que el Sr. Swann -a quien en otro tiempo, cuando tenía amistad con mis padres, había yo visto tan a menudo sin que despertara mi curiosidad- venía a buscar a Gilberte a los Campos Elíseos (...) Desde que había vuelto a ver a Gilberte, Swann era, para mí, sobre todo su padre y ya no el Swann de Combray; como las ideas con las que relacionaba yo ahora su nombre eran diferentes de aquellas en cuya red estaba comprendido en otro tiempo y que yo ya no utilizaba cuando había de pensar en él, había pasado a ser un pesonaje nuevo; no obstante, yo lo unía con una línea espuria, secundaria y transversal a nuestro invitado de otro tiempo y (...) repasé -con sensación de verguenza y lamentando no poder borrarlos- los años en que -ante el mismo Swann que en aquel momento se encontraba delante de mí en los Campos Elíseos y a quien Gilberte tal vez no hubiera dicho, por fortuna, mi nombnre- había hecho yo tantas veces el ridículo al pedir, por mediación de terceros, a mamá que subiese a mi cuarto a darme las buenas noches, mientras tomaba el café con mi padre, mis abuelos y él en la mesa del jardín. (pp.425-426)
La secuencia es especialmente interesante en tanto parece convocar la evocación de una evocación; el narrador, en su edad madura, recuerda que en algún momento de su adolescencia o preadolescencia recordó un momento de su infancia, motivado por necesidades del momento. El efecto es delicado, casi tenue, pero de alguna manera toda la reconstrucción del personaje de Swann según lo ve el narrador gira en torno a esa evocación.


domingo, 7 de octubre de 2012

Páginas 410-419

Justo antes de partir hacia Venecia y Florencia el narrador cae enfermo. No queda muy claro de qué enfermedad sufre, pero sí que por al menos un año no debe exponerse a "cualquier causa de agitación" (p.412). Esto hace pensar, por supuesto, que su dolencia tiene un origen nervioso. Es curioso como se oculta este padecimiento del narrador; más adelante en la novela se internará, de hecho, en una casa de reposo para enfermos psiquiátricos, sin que se nos cuente gran cosa al respecto (y este es uno de los "vacíos" más grandes de En busca del tiempo perdido); hay, entonces, cierto rechazo a nombrar la enfermedad, a narrarla.
Las vacaciones siguen, entonces, y el narrador, aparentemente recuperado, da largos paseos por los Campos Eliseos, acompañado por Françoise.
Un día en que me aburría en nuestro lugar acostumbrado junto al tiovivo, Françoise me llevó de excursión (...) a aquellas zonas vecinas, pero ajenas, en las que los rostros eran desconocidos y por las que pasaba el carro tirado por cabras (...) mientras esperaba, pisaba yo el gran césped ralo y raso, amarillecido por el sol, en cuyo extremo el estanque estaba dominado por una estatua, cuando una muchacha que estaba poniéndose el abrigo y guardando su chaqueta gritó con voz imperiosa -dirigiéndose a otra, pelirroja, que jugaba al volante delante del pilón- desde la alameda: "Adiós, Gilberte, me marcho: no olvides que esta noche iremos a tu casa después de cenar". Aquel nombre de Gilberte pasó junto a mí, evocando tanto más la existencia de aquella a quien designaba cuanto que no sólo la nombraba como una ausente de la que se habla, por decirlo así, con una potencia que intensificaba la curva de su trayectoria y la proximidad de su objetivo, transportando consigo -lo sentí- el conocimiento, las nociones que la amiga que la llamaba -no yo- tenía de auqella a quien iba dirigido -todo lo que, mientras lo pronunciaba, volvía a ver, o al menos guardaba en su memoria, de su intimidad cotidiana: de las visitas que se hacían una en la casa de la otra, de todo aquel mundo desconocido, aún más inaccesible y doloroso para ´mi por ser, al contrario, tan familiar y cómodo para aquella muchacha feliz... (pp.412-413)
El narrador siente la familiaridad de la chica con Gilberte y sufre por no compartirla. A la hija de Swann y Odette ya la había conocido en sus paseos por el lado de Méséglise (páginas 150-159); las ensoñaciones marcadamente eróticas que aparecen en ese momento de la narración hacían pensar que el protagonista era un adolescente; sin embargo, en estas páginas la insistencia en el relato de los juegos con los que se entretienen Gilberte y sus amigas y amigos evoca más bien la infancia. A la vez, el enamoramiento que comienza a describirse (los celos del narrador a las amigas, los pensamientos recurrentes, la obsesión a la Swann) vuelve a evocar la adolescencia. Se trata de otro ejemplo evidente de la indeterminación que construye Proust en relación a la edad de su personaje.