miércoles, 14 de noviembre de 2012

Páginas 345-354

Charlus invita al narrador y a su abuela a una cena en la habitación de la Sra. de Villeparisis; es una gran ocasión para estudiarlo de cerca, y así leemos que:
...el rostro del Sr. de Charlus era -si exceptuamos aquellos ojos- semejante al de muchos hombres apuestos. Y, cuando Saint-Loup, al hablarme de otros Guermantes, me dijera más adelante: "Qué caramba, no tienen ese aire de raza, de gran señor de la cabeza a los pies, de mi tío Palamède", y me confirmara que el aire de raza y la distinción aristocráticos no eran nada misterioso y nuevo, sino elementos que yo había reconocido sin dificultad y sin sentir una impresión particular, iba yo a notar que se disipaba una de mis ilusiones. Pero en vano cerraba herméticamente el Sr. de Charlus la expresión de aquel rostro, al que una ligera capa de polvos confería en parte el aspecto de un rostro de teatro, los ojos eran lo único que no había podido cerrar, como una resquebrajadura, como una tronera, desde la cual (...) te sentías bruscamente cruzado por el reflejo de un artefacto interior que no parecía tranquilizador precisamente, ni siquiera para quien -sin dominarlo totalmente- lo llevaba en sí mismo, en estado de equilibrio inestable y siempre a punto de estallar, y la expresión (...) de aquellos ojos -con toda la fatiga resultante, en torno a ellos, hasta unas ojeras muy bajas, para el rostro, por bien formado que estuviese- recordaba a un incógnito, aun disfraz de un hombre poderoso en peligro o simplemente de un individuo peligroso, pero trágico. Me habría gustado adivinar cuál era aquel secreto que no llevaban dentro de sí los otros hombres y que me había vuelto tan enigmática la mirada del Sr. de Swann, cuando lo había visto por la mañana cerca del casino. Pero, con lo que ahora sabía de su parentesco, ya no podía creer que fuera el de un ladrón ni -por lo que oía de su conversación- el de un loco (...) En la misma medida en que se mostraba benévolo con las mujeres (...) manifestaba de forma general para con los hombres -y, en particular, los jóvenes- un odio de una violencia que recordaba al de ciertos misóginos para con las mujeres. De dos o tres gigolos familiares o íntimos de Saint-Loup (...) el Sr. de Charlus dijo con una expresión casi veroz (...) "Son unos simples canallas". Comprendí que lo que reprochaba sobre todo a los jóvenes de hoy era ser demasiado afeminados. "Son auténticas mujeres", decía con desprecio. Pero, ¿qué vida no habría parecido afeminada en comparación con la que él quería que llevara un hombre y que nunca consideraba suficientemente enérgica y viril? (pp.348-349)
Ese "misterio" de Charlus, eso que el narrador falla en ver, queda claramente sugerido un poco más adelante, cuando el barón llama a la puerta del narrador para ofrecerle un libro de Bergotte:
...tras oir que llamaban a la puerta de mi habitación y haber preguntado quién era [escuché] la voz del Sr. de Charlus, quien decía con tono seco:
"Soy Charlus. ¿Puedo entrar? Mire", prosiguió con el mismo tono, una vez que hubo vuelto a cerrar la puerta, "mi sobrino estaba contando antes que se sentía usted un poco contrariado antes de dormirse y, por otra parte, que admiraba usted los libros de Bergotte. Como llevo uno en mi maleta que probablemente no conozca usted, se lo traigo para ayudarlo a pasar esos momentos en que se siente desdichado."
Di las gracias, emocionado, al Sr. de Charlus y le dije que había temido, al contrario, que lo que le había dicho Saint-Loup de mi malestar al acercarse la noche me hubiera hecho parecer ante él más estúpido de lo que era.
"No, qué va", respondió con acento más dulce. "Tal vez no tenga usted mérito personal, ¡son tan pocas las personas que lo tienen! Pero, por un tiempo al menos, tiene usted la juventud y eso es siempre una seducción. Por lo demás, la mayor de las tonterías es considerar ridículos o vituperables los sentimientos que no experimentamos. A mí me gusta la noche y usted me dice que le teme; a mí me gusta oler las rosas y a un amigo mío su olor le da fiebre. ¿Cree usted que lo considero por ello inferior a mí? Procuro comprenderlo todo y me guardo de condenar nada. En una palabra, no se queje demasiado, no voy a decir que sus tristezas no sean angustiosas, sé lo que se puede sufrir por cosas que los demás no cmprenden, pero usted al menos ha dirigido bien su afecto hacia su abuela. La ve usted mucho. Y, además, se trata de un cariño permitido, quiero decir, un cariño correspondido. ¡Hay tantos otros de los que no se puede decir lo mismo!
Se paseaba de un extremo a otro de la habitación mirando un objeto, alzando otro. Yo tenía la impresión de que tenía algo que anunciarme y no encontraba los términos para hacerlo (pp.352-353).
Es curioso que el narrador no repare en la "indirecta" de Charlus, que no sea capaz de deducir lo que, mucho después en la novela, confirmará con sus propios ojos, justamente él, que no deja de especular sobre las costumbres de la hija de Vinteuil o de Odette (además, tanto se habla de judios antisemitas -como Bloch- o de snobs que detestan a los snobs, que sorprende que al narrador no se le ocurra pensar que quizá Charlus es un homosexual homófobo). Quizá el hecho de que, por esta vez, esa sugerencia de homosexualidad lo toque a él, asi sea como objeto del deseo, es lo que lo inhibe de verbalizar al menos la intuición de qué se proponía Charlus al visitarlo esa noche.
Pasaron unos minutos así y después, tras unos instantes de vacilación y varios intentos frustrados, se dio media vuelta y con su voz, de nuevo áspera, me soltó "Adiós, buenas noches", y se marchó. Después de todos los sentimientos elevados que yo le había oído expresar aquella noche, el día siguiente, que era el de su marcha, por la mañana, en el momento en que iba a bañarme, cuando el Sr. de Charlus se me acercó, en la playa para avisarme de que mi abuela me esperaba en cuanto saliera del agua, me asombró mucho oírle deicr, al tiempo que me pellizcaba el cuello con una familiaridad y una risa vulgares:
"Pero, ¡nos trae sin cuidado nuestra vieja abuela, ¿eh?, granujilla!".
"¡Cómo! pero, ¡si la adoro!"
"Mire", me dijo, al tiempo que daba un paso para alejarse, y con expresión glacial, "usted es aún joven, por lo que debería aprovechar para aprender dos cosas: la primera es la de abstenerse de expresar sentimientos demasiado naturales como para no quedar sobreentendidos; la segunda es la de no responder con vehemencia a cosas que le digan antes de haber comprendido plenamente su significado. Si hubiera tenido usted esa precaución hace un instante, se habría evitado parecer hablar a tontas y a locas y como un sordo y sumar un segundo ridículo al de llevar anclas bordads en el bañador. Le he presetado un libro de Bergotte, que necesito. mándemelo dentro de una hora (...) Ahora caigo en la cuenta de que me precipité ayer al hablarle de las seducciones de la juventud, le habría hecho un mayor favor indicándole su atolondramiento, sus consecuencias y su incomprensión. Espero que esta duchita no le resulte menos saludable que el baño, pero no se quede así, inmóvil, que puede coger frío. ¡Adiós, buenas tardes!"
Seguramente se arrepintió de sus palabras, pues un tiempo después recibí el libro (...) que me había prestado y que yo le había devuelto... (pp.353-354)

Páginas 335-344

Después de un breve pasaje con el padre de Bloch, el narrador nos cuenta de la admiración que tiene Saint-Loup por su tío, que no es otro que el baron Palamède de Charlus, que ya había aparecido en la novela en "Un amor de Swann".
Saint-Loup me habló de la juventud, ya muy lejana, de su tío. Todos los días llevaba a mujeres a un piso de soltero que compartí acon dos de sus amigos, apuestos como él, por lo que los llamaban "las tres Gracias".
"Un día, uno de los hombres que ocupa un primerísimo plano en el Faubourg Saint-Germain, como habría dicho Balzac, pero que en un primer período, bastante enojoso, mostraba gustos extraños, expresó el deseo de acompañar a mi tío a quel piso. Pero, nada más llegar, no fue a las mujeres, sino a mi tío Palamède, a quien se declaró. Mi tío hizo como que no entendía, se llevó con un pretexto a sus dos amigos, volvieron, cogieron al culpable, lo desnudaron, lo golpearon hasta hacerlo sangrar y lo arrojaron a patadas -con un frío de diez grados bajo cero- afuera, donde fue encontrado medio muerto, por lo que la Justicia hizo una investigación y al desdichado le costó Dios y ayuda hacerla renunciar. Hoy mi tío ya no se entregaría a una ejecución tan cruel y no puedes imaginarte el número de hombres del pueblo a los que tiene -él, tan altivo con la gente de la alta sociedad- afecto y protege, aun a riesgo de ser pagado con ingratitud. (p.336)
El tema de la homofobia de Charlus contrasta marcadamente con algunas actitudes que le vamos encontrando a medida que avanzamos en este episodio. Para empezar, lo de "las tres Gracias" es bastante evidente, aunque el narrador parece no perctarse de ello.
Nos enteramos, por supuesto, de muchos más detalles sobre la personalidad de Charlus:
Un verano muy lluvioso, en que tenía un poco de reumatismo, se había encargado un gabán de una vicuña ligera, pero cálida, que sólo sirve para hacer mantes de viaje y cuyas rayas azules y anaranjadas había respetado. En seguida los sastres importantes recibieron encargos de gabanes azules, con franjas y largos pelos (...) Si para comer un pastel se servía con un tenedor, en lugar de con la cuchara, o con un cubierto por él inventado y encargado a un orfebre o con los dedos, quedaba en adelante vedado hacerlo de otro modo. En cierta ocasión quiso volver a oír ciertos cuartetos de Beethoven (...) y mandó venir a unos artistas para que los interpretaran todas las semanas para él y unos amigos. Aquel año lo más elegante fue celebrar reuniones poco numerosas en las que se oía música de cámara. (p.337)
La admiración que le profesa Saint-Loup es evidente:
Por lo demás, creo que en su vida se ha aburrido. Con su apostura, ¡la de mujeres que ha debido tener! Por lo demás, no podría deciros cuáles exactamente, porque es muy discreto. Pero sé que ha engañado, pero bien, a mi pobre tía. Lo que no quita para que fuera delicioso con ella, quien lo adoraba, y la lloró durante años. Cuando está en París, vuelve a ir al cementerio casi todos los días. (pp.337-338)
Finalmente el narrador se encuentra con el célebre barón.
La mañana siguiente al día en que Robert me había hablado así de su tío, mientras lo esperaba (...) tuve (...) la sensación de ser observado (...) Volví la cabeza y vi a un hombre muy alto y bastante grueso, de unos cuarenta años y con bigote muy negro y que, al tiempo que se golpeaba, nervioso, el pantalón con un bastoncillo, me clavaba unos ojos dilatados por la atención (...) Me lanzó un vistazo supremo, a la vez audaz, prudente, rápido y profundo, como el último disparo en el momento de darse a la fuga, y, después de haber mirado en derredor y adoptado de pronto expresión distraída y altiva, se volvió (...) hacia un cartel en cuya lectura se enfrascó, al tiempo que canturreaba una tonada y se atusaba la rosa de espuma que colgaba de su ojal. Sacó del bolsillo una libreta en la que pareció anotar el título del espectáculo anunciado (...), hizo el gesto de descontento con el que se cree dar a entender que se está harto de esperar, pero que nunca se hace cuando se espera de verdad, y, después (...) exhaló el ruidoso resoplido de las personas que no es que tengan demasiado calor, sino que desean hacer ver que lo tienen. Pensé que se trataba de un timador de hotel, que, tras habernos observado tal vez los días anteriores, a mi abuela y a mí, estaba preparando una jugarreta... (pp.338-339)
El "hombre muy alto y bastante grueso" es, por supuesto, Charlus. Es la señora de Villeparisis la que lo presenta al narrador y a la abuela:
"¿Cómo está usted? Le presento a mi sobrino, el barón de Guermantes", me dijo la Sra. de Villeparisis, mientras el desconocido, sin mirarme, al tiempo que mascullaba un vago: "Encantado", seguido de "hum, hum, hum" para que su amabilidad pareciera algo forzada y plegando el meñique, el índice y el pulgar, me ofrecía el dedo medio y el anular, sin anillo alguno, que estreché bajo su guante de piel de Suecia; después, sin haber alzado la vista para mirarme, se volvió hacia la Sra. de Villeparisis.
"¡Huy, Dios mío! ¿Estaré perdiendo la cabeza?", dijo ésta. "¡Pues no te he llamado barón de Guermantes! Le presento al barón de Charlus. Al fin y al cabo, no es un error tan grande", añadió, "no dejas de ser un Guermantes, de todos modos." (p.340)
La invocación del nombre de Guermantes fascina al narrador, como era de esperar:
"Dime: ¿he oído bien? La Sra. de Villeparisis ha dicho a tu tío que era un Guermantes".
"Pues, claro, naturalmente: es Palamède de Guermantes."
"Pero, ¿de los mismos Guermantes que tienen un castillo cerca de Combray y afirman descender de Genoveva de Brabante?"
"Pues claro que sí; mi tío, muy aficionado a la heráldica, te respondería que nuestro grito, nuestro grito de guerra, que después pasó a ser Passavant, fue primero Combraysis", dijo riendo para no parecer envanecerse de aquella prerrogativa del grito, de la que sólo gozaban las casas soberanas, los grandes jefes de bandas. "Es el hermano del propietario actual del castillo".
La historia, contada por Robert, de las amantes de Charlus deja pensando al narrador.
"Pero entre las numerosas amantes que, según me has dicho, tuvo tu tío, el Sr. de Charlus, ¿no fue una de ellas la Sra. Swann?"
"¡Oh! ¡No, no! Eso sí: es un gran amigo de Swann y siempre lo ha apoyado mucho. Pero nunca se ha dicho que fuera amante de su esposa. Causarías mucho asombro en la alta sociedad, si afirmaras creer eso."
No me atreví a responderle que mayor habría sido el que habrían sentido en Combray, si hubiera afirmado no creerlo. (p.342)


lunes, 12 de noviembre de 2012

Páginas 325-334

Bloch había hecho su aparición en la sección "Combray II", presentado como compañero de estudios  y dueño de unos hábitos bastante particulares y teatrales que resultan un poco molestos a la familia del narrador. Ahora lo encontramos en Balbec, obsesionado con el esnobismo y pronunciando mal palabras en inglés, entre otros asuntos que le sirven al narrador de punto de partida para una larga reflexión sobre la amistad:
...Mientras que otros nos irritan con su exagerada curiosidad o su absoluta falta de curiosidad y podemos hablarles de los acontecimientos más sensacionales sin que sepan de qué se trata, otros tardan meses en contestarnos a una carta relativa a un asunto que nos afecta a nosotros y no a él o, si nos dicen que van a venir a pedirnos algo y no nos atrevemos a salir por miedo a que no nos encuentren, no vienen y nos hacen esperar semanas, porque, al no haber recibido de nosotros la respuesta que su carta en modo alguno requería, creían habernos enojado. Y algunos, consultando su deseo y no el nuestro, nos hablan sin dejarnos decir palabra, si están contentos y tienen ganas de vernos, aun cuando tengamos que hacer un trabajo urgente, pero, si se sienten cansados por el tiempo el de mal humor, no podemos arrancarles una palabra, oponen a nustros esfuerzos un decaimiento inerte y se toman tan poca molestia en respondernos, ni siquiera con monosílabos, a lo que decimos como si no nos hubiesen oído. Cada uno de nuestros amigos tiene hasta tal punto sus defectos, que para seguir queriéndoles nos vemos obligados a intentar consolarnos de ellos -pensando en su talento, en su bondad, en su ternura- o más bien a no tenerlos en cuenta desplegando para ello toda nuestra buena voluntad. Por desgracia, nuestra complaciente obstinación en no ver el defecto de nuestro amigo es superada por la que muestra en entregarse a él por su ceguera o la que atribuye a los demás. Pues no lo ve o no cree que no lo vemos. (p.328)
En cuanto a los defectos de Bloch, hay mucho para decir:
Cuando Bloch me habló de la crisis de esnobismo por la que debía atravesar yo y me pidió que le confesara que era un esnob, habría podido responderle: "Si lo fuese, no te frecuentaría". Me limité a decirle que era poco amable. Entonces quiso excusarse, pero al modo precisamente del hombre maleducado, que tiene mucho gusto -al retirar sus palabras- en encontrar una ocasión para agravarlas. "Perdóname", me decía ahora, siempre que nos encontrábamos, "te he apenado, te he torturado, he sido perverso sin motivo Y, sin embargo -el hombre en general y tu amigo en particular es un animal tan singular-, no puedes imaginarte el cariño que siento por ti, yo, que te hago rabiar tan cruelmente. Con frecuencia me hace derramar lágrimas, cuando pienso en ti." Y soltó un sollozo.
Lo que en Bloch me asombraba más que sus malos modales era la irregularidad de su conversación. Aquel muchacho tan exigente que decía de los escritores más en boga: "Es un idiota, lo que se dice un imbécil de remate", a veces contaba, muy alegre, anécdotas que no tenían la menor gracia y citaba como "alguien muy curioso" a un hombre enteramente mediocre. Aquel doble rasero para juzgar el ingenio, el valor, el interés de las personas, no dejó de asombrarme... (pp.330-331)
A la vez,
...en modo alguno era Bloch un mal muchacho, podía tener grandes amabilidades (...) "No puedes imaginarte mi dolor cuando pienso en ti", prosiguió Bloch. "En el fondo", añadió, irónico y empequeñeciendo su pupila, como si se tratara de dosificar en el microscopio una cantidad infinitesimal de "sangre judía", "es una faceta bastante judía que reaparece en mí" y como habría podido decir -pero no lo habría dicho- un gran señor francés que, entre sus antepasados totalmente cristianos hubiera contado, sin embargo, con Samuel Bernard o, más antiguamente aún, con la Santa Virgen, de la que afirman descender, según dicen, los Lévy, "Me gusta bastante", añadió, "tener en cuenta, así, en mis sentimientos la parte -bastante escasa, por lo demás- que puede deberse a mis orígenes judíos". (pp.332-333)

Páginas 315-324

En estas páginas recorremos una extensa descripción de Robert de Saint-Loup, de quien se nos advierte casi enseguida que:
Por su distinción, su impertinencia de joven "león", por su extraordinaria belleza sobre todo, algunos le veían incluso un aire afeminado, pero sin reprochárselo, pues conocían su virilidad y la pasión que sentía por las mujeres. (p.315)
El tema de la homosexualidad de Robert aparecerá mucho más adelante, como confirmando este rumor inicial. Pronto se encontrarán el narrador y Saint-Loup:
¡Qué decepción experimenté los días siguientes, cuando, siempre que lo encontré fuera o en el hotel (...) pude darme cuenta de que no intentaba acercársenos y vi que no nos saludaba, aunque no podía ignorar que éramos los amigos de su tía! Y, recordando la amabilidad que me habían mostrado la Sra. de Villeparisis y, antes que ella, el Sr. de Norpois, pensé que tal vez éstos fueran tan sólo unos nobles de mentirijillas y que un artículo secreto de las leyes que rigen la aristocracía debía de permitir tal vez a las mujeres y a ciertos diplomáticos renunciar -en sus relaciónes con los plebeyos y por una razón que se me escapaba- a la altivez que, en cambio, debía ejercer, despiadado, un joven marqués (...)  La propia Sra. de Villeparisis añadió, aunque indirectamente, una confirmación de los rasgos esenciales, ya indudables para mí, del caracter de su sobrino, un día en que me los encontré a los dos en un camino tan estrecho, que no pudo por menos de presentarme a su sobrino. Aquel joven pareció oír que le citaban el nombre de alguien, pues ningún músculo de su rostro se movió; sus ojos, en los que no brilló ni la más débil vislumbre de simpatía humana, mostraron simplemente en la insensibilidad, en la inanidad, de la mirada una exageración por defecto sin la cual nada los habría diferenciado de espejos sin vida. Después, tras clavar en mí aquellos duros ojos, como si hubiese querido informarse sobre mí, antes de devolverme el saludo, alargó cuan largo era el brazo mediante un brusco arranque -que más pareció debido a un reflejo muscular que a un acto de voluntad y creó entre él y yo el mayor intervalo posible- y me tendió la mano, a distancia. Cuando, el día siguiente, me pasaron su tarjeta, creí que era al menos para un duelo. Pero sólo me habló de literatura y, después de una larga charla, declaró que deseaba ardientemente verme varias horas todos los días. (pp.316-317)
Comienza así una rutina de charlas y paseos con Saint-Loup, en cuya narración nos enteramos de detalles de su vida del marqués, del carácter de su padre, de sus opiniones políticas y literarias.
No tardamos en convenir él y yo en que habíamos llegado a ser grandes amigos para siempre y él hablaba de "nuestra amistad" como de algo importante y delicioso que existiese fuera de nosotros y que no tadó en considerar el mayor gozo (...) de su vida. Aquellas palabras me causaban como una tristeza y me sentía violento a la hora de responder a ellas, pues yo no experimentaba, al encontrarme y hablar con él -y segurament elo mismo habría ocurrido con cualquier otro-, nada parecido a ese gozo que, en cambio, podía sentir cuando carecía de compañero. A solas sentía afluir a veces desde lo más profundo de mi ser algunas de esas impresiones que me infundían un bienestar delicioso, pero, cuando me encontraba con alguien, en cuanto hablaba con un amigo, mi mente daba media vuelta y hacia ese interlocutor -y no hacía mí- dirigía sus pensamientos y, cuando seguían ese sentido inverso, no me procuraban el menor placer. (pp.321-322)
Otro personaje que reaparece en el hotel de Balbec es Bloch, el viejo amigo judío del narrador. Su entrada es especialmente graciosa:
Un día en que estábamos sentados en la arena, Saint-Loup y yo, oímos -procedentes de una tienda de tela junto a la que nos encontrábamos- imprecaciones contra el pulular de israelitas que infestaba Balbec. "No se pueden dar dos pasos sin toparse con ellos", decía la voz. "Yo no soy por principio irreductiblemente hostil a la nacionalidad israelita, pero aquí hay un aplétora. Oyes todo el rato: "Mira, Abraham, he visto a Jacob". Esto parefce la Rue d'Aboukir." El hombre que tronaba así contra Israel salió por fin de la tienda y alzamos la vista hacia aquel antisemita. era mi compañero Bloch. (p.324)

Páginas 305-314

La señora de Villeparisis cuenta al narrador una serie de anécdotas de escritores célebres que visitaban a su padre:
Tímidamente, citaba yo a la Sra. de Villeparisis, al tiempo que le mostraba la luna en el cielo, alguna expresión hermosa de Chateaubriand o Vigny o Victor Hugo: "Esparcía ese antiguo secreto de melancolía" o "Llorando como Diana junto a sus fuentes" o "La sombra era nupacial, augusta y solemne".
"¿Y eso le parece hermoso?", me preguntaba ella. "¿Genial, como dice usted? He de decirle que siempre me asombra ver que ahora se toman muy en serio cosas de las que los amigos de esos señores, aún reconociendo plenamiente sus cualidades, eran los primeros en burlarse. No se prodigaba el calificativo de genio como ahora, cuando, si se dice a un escritor que sólo tiene talento, se lo toma como una injuria. Me cita usted una frase famosa del Sr. de Chateaubriand sobre la luz de la luna. Va usted a ver que tengo razones para mostrarle refractaria al respecto. El Sr. de Chateaubriand venía con mucha frecuencia a casa de mi padre. Por lo demás, era agradable, cuando estábamos a solas con él, porque entonces era sencillo y divertido, pero, en cuanto había otras personas, se ponía a hacer poses y resultaba ridículo; delante de mi padre, afirmaba haber arrojado su dimisión a la cara del Rey y haber dirigido el cónclave, pero olvidaba haber encargado a mi padre suplicar al Rey que volviera a admitirlo y que auqél le había oído hacer los pronósticos más insensatos sobre la elección del Papa" (...) Ante el nombre de Vigny se echó a reir: "El que decía: "Soy el conde Alfred de Vigny". Se es conde o no se es, eso carece de la menor importancia". (pp.306-307)
Un tiempo después la Sra. de Villeparisis anuncia al narrador y su abuela que no podrá verlos con la misma frecuencia, porque un sobrino suyo la visitará en el hotel de Balbec. Se trata de Robert de Saint-Loup, uno de los personajes centrales de la novela:
Una tarde en que hacía mucho calor, estaba yo en el comedor, medio a obscuras, porque lo habían dejado -para protegerlo del sol- con las cortinas echadas, que éste amarilleaba y por cuyos intersticios parpadeaba el azul del mar, cuando por la vía central que comunicaba la playa con la carretera vi pasar -alto, delgado, con el cuello despejado y la cabeza orgullosamente erguida- a un joven de ojos penetrantes, piel tan rubia y pelo tan dorado como si hubiese absorbido todos los rayos del sol. Iba vestido con un traje de tela tan ligera y blanquecina, que nunca -me habría parecido- se atrevería un hombre a ponérselo y que -no menos que el frescor del comedor- evocaba el calor y el buen tiempo de fuera, y caminaba aprisa. Sus ojos, de uno de los cuales se caía a cada momento un monóculo, eran del color del mar. Todo el mundo lo miró pasar con curiosidad, se sabía que aquel joven marqués de Saint-Loup-en-Bray era famoso por su elegancia... (p.314)

viernes, 9 de noviembre de 2012

Páginas 295-304

En estas páginas el narrador nos cuenta de sus paseos con la Sra. de Villeparisis y de las mujeres que acaparan su atención. Sobre este tema en particular aparece una pequeña anécdota especialmente graciosa:
...nunca en la vida he encontrado muchachas tan deseables como los días en que estaba con alguna persona seria a quien, pese a los mil pretextos que inventaba, no podía abandonar: unos años después de aquel en que fui por primera vez a Balbec, yendo en coche por París con un amigo de mi padre y tras divisar a una mujer que caminaba aprisa en la noche, pensé que no era razonable perder la parte de felicidad que me correspondía en la única vida que seguramente existe y, tras apearme de un salto y sin excusarme, fui en busca de la desconocida, la perdí en el cruce de dos calles, volví a encontrarla en una tercera y me encontré al fin, jadeante, bajo un reverbero, ante la vieja Sra. Verdurin, a quien evitaba por doquier y que exclamó, contenta y sorprendida: "¡Oh! ¡Qué amable ha sido por haber corirdo para saludarme!". (pp.298-299)
Es interesante, además, la referencia a un momento de la vida posterior al que se nos está narrando extensivamente y otra de esas regiones que jamás podremos saber ubicar en una cronología de la vida del narrador; queda claro, en todo caso, que las visitas a Balbec se reiteraron.
Encontramos aquí también el relato de la visita a la iglesia "cubierta de hiedra" (p.294) mencionada por la Sra. de Villeparisis:
Para reconocer una iglesia en el bloque de verdor ante el que me dejaron, era necesario un esfuerzo que me hizo inclinarme profundamente sobre la idea de iglesia (...) para no olvidar que la cimbra de una mata de hiedra -aquí- era el de una vidriera ogival, que el saliente de las hojas -allá- se debía a un relieve de un capitel. Pero entonces soplaba un poco de viento, hacía temblar el pórtico móvil recorrido por remolinos propagados y trémulos como una claridad, se estrellaban las hojas unas contra otras y la fachada vegetal arrastraba, temblorosa, consigo los pilares ondulosos, acariciados y huidizos. (pp.300-301)
Es interesante leer este último pasaje en relación al "monstruo marino" comparado con una catedral (p.279), y a partir de ahí regresar a la noción de la novela como catedral, o, mejor, de la catedral como modelo de la novela.
También en estas páginas se encuentra uno de los pasajes más memorables de toda En busca del tiempo perdido:
Bajamos hacia Hudimesnil: de repente me embargó esa felicidad profunda que no había sentido a menudo desde los tiempos de Combray, una felicidad análoga a la que me habían inspirado, entre otros, los campanarios de Martinville. Pero aquella vez quedó incompleta. Acababa de divisar, a un lado de la carretera con badenes que seguíamos, tres árboles que debían de servir de entrada a una alameda cubierta y formaban un dibujo que no veía yo por primera vez: no conseguía reconocer el lugar del que parecían como arrancados, pero tenía la sensación de que en otro tiempo me había sido familiar, de modo que, al tropezar mi espíritu entre un año lejano y el momento presente, los alrededores de Balbec vacilaron y me pregunté si no sería todo aquel paseo una ficción, Balbec un lugar en el que sólo hubiera estado con la imaginación, la Sra. de Villeparisis un personaje de novela y los tres viejos árboles la realidad que volvemos a ver al alzar la vista del libro que estábamos leyendo y que nos describía un ambiente al que habíamos acabado creyéndonos efectivamente transportados. (p.302)
La erosión de la famosa "cuarta pared" es evidente, pero, por supuesto, pivota en la distinción entre autor real y narrador o incluso autor intradiegético (si es que lo que estamos leyendo es la novela que escribirá en el futuro el narrador, lo cual es dudable); evidentemente para Proust, autor real, Balbec es un lugar en el que ha estado "sólo con la imaginación", y para nosotros lectores la Sra. de Villeparisis es, precisamente, un personaje de novela. Todos ellos se nos proponen como signos de una realidad que habita en la ficción, por decirlo de un modo un poco tosco; los árboles -en tanto "la realidad que volvemos a ver al alzar la vista del libro"- son propuestos como otra clase de signo; son ficción, por supuesto, en tanto pertenecen a una novela, pero si un discurso señala ficciones y las nombra como tales, y se detiene ante ellos y los nombra signos de otra realidad, debemos aceptar que su categorización es más compleja.
Pero el pasaje no se detiene aquí:
Yo miraba los tres árboles, los veía perfectamente, pero mi entendimiento sentía que ocultaban algo fuera de su alcance (...) Después (...) salté más adelante hacia los árboles o, mejor dicho, hacia la dirección interior al final de la cual los veía dentro de mí. Sentí de nuevo tras ellos el mismo objeto conocido, pero impreciso, y que no pude traer hacia mí. Sin embargo, a medida que el coche avanzaba, los veía acercarse. ¿Dónde los había ya visto? (p.303)
La experiencia se asemeja a la de la magdalena (páginas 50-59), en tanto en ambas hay una sensación que parece superar las capacidades intelectivas inmediatas del narrador y éste sólo piensa en esforzarse por atrapar ese significado esquivo; pero si con la taza de té lo logra (exhuma, digamos, sus recuerdos de Combray, a Combray entero), no sucede lo mismo con los árboles, que permanecen el misterio, como "una revelación que no se produce", para parafrasear la caracterización de Borges del hecho estético (basada, por otra parte, en Pater, extensivamente leído por Joyce y Proust y sus poéticas de la epifanía).
Al narrador, entonces, sólo le queda su intelecto, y para explicarse la extraña sensación que le generan los árboles piensa una serie de hipótesis:
  • Los vio en Combray; esto, sin embargo, es descartado, en tanto "no había [allí] lugar alguno en que se abriera así una alameda".
  • Los vio en la campiña alemana, en un viaje con su abuela; otra opción descartada de inmediato.
  • Proceden de "años tan lejanos" de su vida que "el paisaje que los rodeaba había quedado totalmente abolido" en su memoria, de modo que sólo sobreviven los árboles, recortados de su entorno, únicos sobrevivientes del "libro olvidado" de la "primera infancia". (p.303)
  • Los encontró efectivamente en el pasado, pero en un sueño; puede tratarse de un pasado remoto o de un sueño reciente: "¿Serían tan sólo una imagen totalmente nueva arrancada de un sueño de la noche anterior, pero ya tan borrosa, que me parecía proceder de mucho más lejos?
  • Nunca los había visto, y lo que produce la sensación tan particular trasciende su condición de árboles, en tanto "ocultaban tras de sí (...) un sentido tan obscuro, tan difícil de captar como un pasado lejano, por lo que, al incitarme a profundizar un pensamiento, creía que debía reconocer un recuerdo".
  • No ocultaban sentido alguno y la sensación anómala se debe a la fatiga, que hizo al narrador "verlos dobles en el espacio, como a veces se ve doble en el tiempo". (p.304)
La respuesta resulta esquiva; más allá de las opciones descartadas no hay manera de decidirse, y, mientras, los árboles
...como sombras, parecían pedirme que los llevara conmigo, que los devolviese a la vida. En su ingenua y apasionada gesticulación reconocía yo la pena impotente de un ser querido que ha perdido el uso de la palabra y siente que no podrá decirnos lo que quiere y que no sabemos adivinar. Pronto, en un cruce de caminos, el coche los abandonó. Éste llevaba lejos de lo único que creía verdadero, de lo que de verdad me habría hecho feliz: se parecía a mi vida. (p.304)
Evidentemente, la felicidad aportada al narrador por el acceso a la memoria de Combray no aparece aquí; por el contrario, sólo lo atrapa la tristeza:
Vi alejarse a los árboles agitando, desesperados, sus brazos, que parecían decirme: "Lo que no aprendas de nosotros hoy no lo sabrás nunca. Si nos dejas volver a caer en el fondo de ete camino del que intentábamos alzarnos hasta ti, toda una parte de ti mismo que te aportábamos caerá por siempre jamás en la nada". En efecto, si bien más adelante volví a conocer la clase de placer e inquietud que acababa de sentir una vez más y si bien una noche -demasiado tarde, pero para siempre- me apegué a él, de aquellos árboles mismos nunca supe, en cambio, lo que habían querido aportarme ni dónde los había visto. Y, cuando -tras haberse desviado el coche en un cruce- les volví la espalda y cesé de verlos (...) me sentí triste como si acabara de perder a un amigo, morir para mí mismo, renegar de un muerto o desconocer a un dios. (pp.304-305)
El "dios" recuerda a los mitos invocados por el narrador al referirse a la memoria "encerrada" en un objeto; la felicidad que surgiría de la recuperación de esa memoria no podrá ser sentida en relación a los árboles de Hudimesnil: el narrador efectivamente perdió algo: una parte de sí mismo, un amigo. La dimensión más espiritual, por supuesto, del acto de recuperación de los recuerdos queda vuelta evidente con la idea de "desconocer a un dios". Esos misteriosos momentos en que el narrador volvió "a conocer la clase de placer e inquietud que acababa de sentir" son, casi con seguridad, el de la magdalena y las epifanías finales de la novela, en El tiempo recobrado.
Pasajes como este, tan densos, tan brillantes como una supernova, vuelven aún más maravilloso que haya una novela de miles de páginas rodeándolos.



jueves, 8 de noviembre de 2012

Páginas 285-294

La amistad con la Señora de Villeparisis da resultados; el narrador y su abuela empiezan a frecuentar a las celebridades de Balbec y, además, a hacerse merecedores de otros "beneficios":
Como el médico de Balbec, a quien habían llamado por un acceso de fiebre que me había sobrevenido, consideró que no debía permanecer todo el día a la orilla del mar, a pleno sol, que el intenso calor no me sentaría bien, y expidió a mi nombre algunas recetas farmacéuticas, mi abuelo las cogió con aparente respeto, en el que yo reconocí en seguida la firme decisión de no ejecutar ninguna, pero tuvo en cuenta el consejo en materie de higiene y aceptó el ofrecimiento de la Sra. de Villeparisis de darnos algunos paseos en coche (...) La Sra. de Villeparisis mandaba enganchar los caballos temprano para que tuviéramos tiempo de ir hasta Saint-Mars-le-Vêtu o hasta las rocas de Quetteholme o cualquier otro destino de excursion, que, para un coche bastante lento, quedara lejano y requiriera todo el día. Alegre con el largo paseo que íbamos a emprender, yo tarareaba una tonada recientemente oída y me paseaba por la calle en espera de que la Sra. de Villeparisis estuviese lista. (pp.289-290)
Estos paseos pronto permitirán al narrador conocer las iglesias de los alrededores de Balbec.
La Sra. de Villeparisis, al ver que me gustaban las iglesias, me prometía que iríamos a ver -una vez- una y -otra vez- otra y sobre todo la de Carqueville, "totalmente oculta bajo su vieja hiedra", dijo con un movimiento de la mano que parecía envolver con gusto la fachada ausente en un follaje invisible y delicado (...) Parecía intentar excusarse aduciendo que, como uno de los castillos de su padre -aquel en que se había criado ella- estaba situado en una región en la que había iglesias del mismo estilo que la de los alrededores de Balbec, hab´ria sido vergonzoso no haber adquirido el gusto de la arquitectura, pues aquel castillo era, por lo demás, el más hermoso ejemplar de la del Renacimiento. Pero, como también era un verdadero museo, como, por otra parte, Chopin y Liszt habían tocado en él, Lamartine había recitado versos, todos los artistas conocidos de todo un siglo habían escrito pensamientos, melodías, habían trazado croquis en el álbum familiar, la Sra. de Villeparisis no mencionaba -por delicadeza, buena educación, modestia real o falta de mentalidad filosófica- sino aquel origen puramente material de su conocimiento de todas las artes y acababa pareciendo considerar la pintura, la música, la literatura y la filosofía como patrimonio de un amuchacha educada de la forma más aristocrática... (p.294)
Estos detalles contribuyen al retrato en proceso de la Sra. de Villeparisis, de quien también nos enteramos que
...era [más liberal] que la mayor parte de la burguesía. Le extrañaba que escandalizara la expulsión de los jesuitas, pues, según decía, siempre se había hecho, incluso durante la monarquía, incluso en España. defendía la República, a la que reprochaba su anticlericalismo tan sólo en esta medida: "Consideraría igualmente inaceptable que se me impidiera ir a misa, si lo deseo, que verme obligada a ir, si no quiero", y soltaba incluso palabras como éstas: "¡Oh! La nobleza hoy, ¿qué es?". "Para mí un hombre que no trabaja no es nada", tal vez sólo porque sentía el caracter mordaz, sabroso, memorable que cobraban en sus labios. (p.294)