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domingo, 6 de enero de 2013

Páginas 319-328

El relato de la enfermedad y la muerte de la abuela del narrador tiene su primer gran momento en el relato de un paseo que hacen los dos por París. La abuela se demora en unos baños públicos y sale, despeinada, tratando de disimular lo que ha sucedido:
"Vamos", le dije como si tal cosa, para que no pareciera que me tomaba demasiado en serio su malestar, "puesto que estás un poco mareada; si te parece, volvamos a casa, no quiero pasear por los Campos Elíseos a una abuela con indigestión"
"No me atrevía a proponértelo por lo de tus amigos", me respondió, "¡Pobrecito!" Pero, como no te importa, es lo mejor."
Temí que se diera cuenta de la forma como pronunciaba aquellas palabras.
"Mira", le dije bruscamente, "no te fatigues, entonces, hablando, ya que estás mareada, es absurdo, espera al menos a que hayamos vuelto a casa."
Me sonrió con tristeza y me apretó la mano. Había comprendido que no debía ocultarme lo que yo había adivinado en seguida: que acababa de tener un pequeño ataque. (p.320)
Aquí termina la primera parte del libro; la segunda, dividida en dos capítulos, dedica el primero por completo a la agonía y muerte de la abuela, y comienza retomando el relato de ese "primer ataque" de la abuela. El narrador descubre entre los paseantes a un médico famoso y le pide, como favor especial, que vea a su abuela; el doctor, un poco a regañadientes, accede a hacerlo; antes de ofrecernos el relato de la visita el narrador introduce la siguiente reflexión:
Decimos -y decimos bien- que la hora de la muerte es incierta, pero, cuando lo decimos, nos la imaginamos situada en un espacio vago y lejano, no pensamos que tenga relación alguna con el día ya comenzado y pueda significar que la muerte -o su primera toma de posesión parcial de nosotros, después de la cual ya no nos soltará- puede producirse incluso esta misma tarde, tan poco incierta, en la que el empleo de todas las horas está fijado de antemano. Nos empeñamos en nuestro paseo para tener dentro de un mes el total de aire puro necesario, pero vacilamos sobre la elección del abrigo que llevar, del cochero al que llamar, vamos en un coche de punto, el día está entero ante nosotros, corto, porque queremos haber vuelto a casa a tiempo para recibir a una amiga; nos gustaría que hiciera igualmente bueno el día siguiente y no sospechamos que la muerte que caminaba en nosotros y en otro plano ha elegido precisamente ese día para entrar en escena, en unos minutos, más o menos en el instante en que el coche llegue a los Campos Elíseos. tal vez aquellos a quienes suele atormentar el espanto de la singularidad particular de la muerte vean algo tranquilizador en esa clase de muerte -en esa clase de primer contacto con la muerte-, porque reviste en él una apariencia conocida, familiar, cotidiana. La ha precedido un buen almuerzo y la misma salida que hacen personas sanas. un regreso en coche descubierto se superpone a su primer golpe... (pp.322-323)
De camino al consultorio del doctor, el narrador y la abuela se cruzan con Legrandin, que pone cara de asombro. Seguramente, la cara de la abuela se ha deformado por el "pequeño ataque":
Legrandin, que se dirigía hacia la plaza de la Concordia, nos saludó descubriéndose y deteniéndose con expresión de asombro. Yo, que aún no estaba separado de la vida, pregunté a mi abuela si le había respondido y le recordé que era susceptible. Mi abuela, considerándome seguramente muy superficial, levantó la mano como diciendo: "¿Qué importancia puede tener? Ni la menor importancia" (...) Y si Legrandin nos había mirado con aquella expresión de asombro, había sido porque, en el coche de punto en el que parecía sentada, mi abuela había dado -a él y a los que pasaban en aquel momento- la impresión de zozobrar, deslizarse al abismo, agarrándose, desesperada, a los cojines que apenas podían retener su cuerpo precipitado, con el pelo en desorden y los ojos extraviados, impotente para afrontar más el asalto de las imágenes que sus pupilas ya no lograban transmitir. Le había parecido sumida -pese a estar a mi lado- en ese mundo desconocido en el cual había recibido los golpes cuyas huellas llevaba ya, cuando la había visto yo un rato antes en los Campos Elíseos, con el sombrero, el rostro, el abrigo descompuestos por la mano del ángel invisible con el cual había luchado. (pp.322-324)
Después de examinar a la abuela, el doctor de gran prestigio (al que se llama apenas E***) da noticias terribles al narrador:
"Su abuela no tiene salvación", me dijo. "Es un ataque provocado por la uremia. En sí, la uremia no es fatalmente una enfermedad mortal, pero este caso me parece desesperado. No hace falta que le diga que espero equivocarme. Por lo demás, con Cottard están ustedes en manos excelentes" (p.326)
Poco después llegan al hotel de los Guermantes, y nos encontramos con una de las escenas más conmovedoras del libro:
...Dejé sentada a la enferma en el vestíbulo y al pie de la escalera y subí a avisar a mi madre. Le dije que mi abuela volvía un poco indispuesta, porque había tenido un mareo. Al oir mis primeras palabras, el rostro de mi madre alcanzó el paroxismo de una desesperación ya tan resignada, sin embargo, que desde hacía muchos años la tenía -comprendí- totalmente dispuesta para un día incierto y final. No me preguntó nada; parecía (...) que el cariño le impidiera reconocer la extrema gravedad de su madre, sobre todo con una enfermedad que puede afectar a la inteligencia (...) Mi abuela estaba esperando abajo, en el canapé del vestíbulo, pero, al oírnos, se irguió, se puso en pie, hizo señas alegres a mi madre con la mano. Yo le había rodeado a medias la caebza con una mantilla de encaje blanco para que no cogiese frío -le dije- en la escalera. No quería que mi madre advirtiese demasiado la alteración del rostro, la desviación de la boca; mi precaución fue inútil; mi madre se acercó a mi abuela, le besó la mano como si fuera la de Dios, la sostuvo, la alzó hasta el ascensor, con precauciones infinitas, que entrañaban -junto con el miedo a cometer torpezas y hacerle daño- la humildad de quien se siente indigno de tocar lo más precioso que conoce, pero ni una vez alzó los ojos ni miró el rostro de la enferma. Tal vez fuese para que ésta no se entristeciese al pensar que su vista había podido inquietar a su hija. Tal vez por miedo a un dolor demasiado fuerte que no se atrevía a afrontar. Tal vez por respeto, porque no creía que le estuviese permitido sin impiedad observar la huella de algún debilitamiento intelectual en el rostro venerado. Tal vez para mejor conservar más adelante la imagen del rostro verdadero de su madre, radiante de talento y bondad. Así subieron una junto a la otra, mi abuela medio oculta en su mantilla, mi madre apartando la vista. (p.327)

viernes, 4 de enero de 2013

Páginas 309-318

Como parte del tratamiento de la abuela, la familia del narrador contrata a un médico especializado en enfermedades "nerviosas".
Como a regañadientes, le preguntó un poco por su vida, con ojos melancólicos y fijos. Después, con un gesto previo qu eparecía indicar una dificultad para sacudirse, apartándolas de la ola, las últimas vacilaciones que podía abrigar y de todas las objeciones que habíamos podido oponer, mirando a mi abuela con ojos lúcidos, libremente y como por fin en tierra firme, puntuando las palabras con tono afable, cuya inteligencia matizaba todas las inflexiones -pues durante toda su visita su voz fue, por lo demás, como era de forma natural, cariñosa y, bajo sus enmarañadas cejas, sus irónicos ojos estaban llenos de bondad-, dijo de repente, como por haber advertido la verdad y haber decidido alcanzarla a toda costa:
"Va a estar usted bien, señora, el día, lejano o próximo y de usted depende que sea hoy mismo, en que comprenda que no tiene nada y reanude la vida normal. Me ha dicho usted que no comía y no salía, ¿verdad?".
"Pero es que tengo un poco de fiebre."
Le tocó la mano.
"En todo caso, no en este momento. Y, además, ¡vaya una excusa! ¿No sabe usted que dejamos al aire libre y sobrealimentamos a tuberculosos que tienen hasta 39ºC?"
"Pero también tengo un poco de albúmina."
"No debería usted saberlo. Tiene usted lo que yo he llamado "albúmina mental". Todos hemos tenido, durante una indisposición, nuestra pequeña crisis de albúmina, que nuestro médico se ha apresurado a volver duradaera al señalárnosla. Para una afección que los médicos curan con medicamentos -al menos aseguran que así ha sido a veces-, producen diez en sujetos sanos al inocularles ese agente patógeno, mil veces más virulento que todos los microbios: la idea de que están enfermos." (p.312)
En rigor -como sabremos pocas páginas más adelante-, la enfermedad de la abuela no tiene nada de "mental", pero las ideas del doctor Du Boulbon -que había sido recomendado por Bergotte- son, lamentablemente, tenidas en cuenta. Y pronto nos encontramos con su credo:
"Todo lo grande que conocemos se lo debemos a nerviosos [dijo el doctor Du Boulbon]. Ellos -y no otros- son los que han fundado religiones y han compuesto obras maestras. El mundo jamás sabrá todo lo que les debe y sobre todo lo que ellos han sufrido para dárselo. Apreciamos las músicas finas, los cuadros hermosos, mil delicadezas, pero no sabemos lo que han costado a quienes las inventaron, en insomnios, llantos, risas espasmódicas, urticarias, asmas, epilepsias, una angustia por miedo a morir que es peor que todo eso y que tal vez conozca usted, señora", añadió sonriendo a mi abuela, "pues, cuando yo he llegado, no estaba usted -confiéselo- demasiado segura. Se creía usted enferma, peligrosamente enferma tal vez. Dios sabe de qué afección creía usted descubrir en usted los síntomas y no se equivocaba usted: la tenía. El nerviosismo es un remedador genial. No hay enfermedad que no simule de maravilla." (p.313)

Páginas 299-308

Al salir de la casa de la Sra. de Villeparisis, Charlus y el narrador se encuentran con el Sr. de Argencourt, que por un momento parece sentir la misma repulsión en el "pudor" que afectó a la marquesa (página 291):
Yo quería aprovechar aquella inesperada buena disposición del Sr. de Charlus para preguntarle si no podría facilitarme una visita a casa de su cuñada, pero en aquel momento sentí un fuerte tirón, como eléctrico, en el brazo. Era el Sr. de Charlus que acababa de retirar precipitadamente su brazo del mío. Aunque sin dejar de hablar, paseaba sus miradas en todas las direcciones y acababa de ver al Sr. de Argencourt, que desembocaba de una calle transversal y, al vernos, pareció contrariado, me lanzó una mirada de desconfianza, esa mirada casi destinada a un ser de otra raza que la Sra. de Guermantes había dedicado a Bloch, e intentó evitarnos, pero parecía que el Sr. de Charlus quería demostrarle que en modo alguno procuraba evitar que lo viera, pues lo llamó y para decirle algo muy insignificante, y, tal vez por temer que el Sr. de Argencourt no me reconociese, el Sr. de Charlus le dijo que yo era un gran amigo de la Sra. de Villeparisis, de la duquesa de Guermantes, de Robert de Saint-Loup, que él, Charlus, era un antiguo amigo de mi abuela, contento de trasladar a su nieto un poco de la simpatía que sentía por ella. No obstante, observé que el Sr. de Argencourt, a quien apenas habían citado mi nombre en casa de la Sra. de Villeparisis y a quien el Sr. de Charlus acababa de hablar por extenso de mi familia, estuvo más frío conmigo de lo que había estado una hora antes y así fue en adelante -y durante mucho tiempo- siempre que me veía. Aquella noche me observó con una curiosidad en la que no había la menor simpatía y pareció incluso tener que vencer una resistencia, cuando, al despedirse de nosotros, tras una vacilación, me ofreció una mano que retiró al instante.
"Lamento este encuentro", me dijo el Sr. de Charlus. "Ese Argencourt, bien nacido pero mal criado, diplomático más que mediocre, marido detestable y mujeriego, trapacero como en las obras teatrales, es uno de esos hombres incapaces de comprender -pero muy capaces de destruir- las cosas en verdad grandes. Espero que nuestra amistad lo sea, si llega a echar raíces un día, y que usted me haga el honor de mantenerla tanto como yo al abrigo de las patadas de uno de esos asnos que, por ociosidad, por torpeza, por maldad, aplastan lo que parecía destinado a durar. Por desgracia, así son la mayoría de las personas de la alta sociedad." (pp.299-300)
Tras el paseo con Charlus el narrador llega al hotel de los Guermantes y encuentra a su abuela indispuesta. Así comienza un nuevo episodio de la novela, terminado el del salón de la Sra. de Villeparisis, que nos llevará cara a cara con la muerte.
Subí y me encontré a mi abuela más indispuesta. Desde hacía un tiempo se quejaba -sin saber demasiado lo que tenía- de su salud. En la enfermedad nos damos cuenta de que no vivimos solos, sino encadenados a un ser de un reino diferente, del que nos separan abismos, que no nos conoce y por el que nos resulta imposible hacernos entender: nuestro cuerpo (...) Cottard, a quien habían llamado para examinar a mi abuela y que nos había irritado al preguntarnos con una sonrisa fina (...) "¿Enferma? ¿Al menos no será una enfermedad diplomática?", probó, para calmar la agitación de la enferma, con el régimen lácteo, pero las perpetuas sopas de leche no surtieron efecto, porque mi abuela les echaba mucha sal, cuya contraindicación se ignoraba en aquella época (...) Es que, al ser la Medicina un compendio de los errores sucesivos y contradictorios de los médicos, si recurrimos a los mejores de ellos, tenemos muchas posibilidades de implorar una verdad cuya falsedad se reconocerá unos años después. De modo que creer en la Medicina sería la locura suprema, si no creer en ella no fuera otra mayor, pues de esa acumulación de errores se han desprendido a la larga algunas verdades" (pp.305-306)

Páginas 289-298

Robert abandona el salón de la Sra. de Villeparisis para encaminarse hacia la casa de Rachel. En su ausencia, la relación se vuelve el tema de la conversación, y el narrador nos cuenta que...
...Robert ignoraba casi todas las infidelidades de su amante y se consumía el alma con naderías insignificantes en comparación con la verdadera vida de Rachel, que no comenzaba todos los días hasta que él acababa de dejarla. Él ignoraba casi todas sus infidelidades. Se le podría haber informado de ellas sin destruir su confianza en Rachel, pues una ley encantadora de la naturaleza que se manifiesta en las sociedades más complejas es la de que vivimos con total ignorancia de lo que amamos. Por una parte del espejo, el enamorado dice: "Es un ángel, nunca se entregará a mí, ya sólo me queda morir y, sin embargo, me quiere; me quiere tanto, que tal vez... pero, no, ¡no será posible!". Y con la exaltación de su deseo, con la angustia de su espera, ¡cuántas joyas pone a los pies de esa mujer! ¡Cómo corre a pedir prestado para evitarle una preocupación! Sin embargo, por el otro lado del tabique a través del cual esas conversaciones pasarán tan poco como las que intercambian los paseantes ante un acuario, el público dice: "¿No la conoce usted? Lo felicito, ha robado y arruinado a no sé cuánta gente, no la hay peor. Es una pura estafadora, ¡y astuta!". Y tal vez el público no vaya totalmente descaminado en lo relativo a ese último epíteto, pues hasta el hombre escéptico que no está de verdad enamorado de esa mujer y a quien solamente le gusta dice a sus amigos: "No, qué va, querido, no es una casquivana; no digo que en su vida no haya habido dos otres caprichos, pero no es una mujer a la que se pague o, si no, sería demasiado caro. En su caso, son cincuenta mil francos o nada". Ahora bien, él ha gastado cincuenta mil francos para ella, la poseyó una vez, pero ella supo persuadirlo (...) de que era de los que la habían poseído por nada (...) En parís había dos personas honradas a las que Saint-Loup ya no saludaba y de las que no hablaba sin que le temblara la voz, pues las llamaba explotadoras de mujeres: es que Rachel las había arruinado. (pp.289-290)
El narrador se ha comprometido a marcharse del salón con el Sr. de Charlus; las intenciones de éste para con él parecen claras a todos los lectores, pero al pobre narrador, parecería, le resultan un misterio:
"...por lo demás estoy esperando al Sr. de Charlus, con quien tengo que marcharme."
La Sra. de Villeparisis oyó estas últimas palabras y parecieron contrariarla. Si no hubiera sido algo que no podía interesar un sentimiento de esa naturaleza, habría pensado que lo que parecía alamardo en aquel momento en la Sra. de Villeparisis era el pudor, pero ni siquiera se me ocurrió esa hipótesis. (p.291)
Eventualmente el narrador y Charlus se encuentran.

"¿Quería usted hablarme de algo?"
"¡Ah! Eso es, en efecto, tenía algunas cosas que decirle, pero no estoy seguro de que se las diga. Cierto es que podrían ser, a mi juicio, el punto de partida de ventajas inapreciables para usted. Pero columbro también que ocasionarían a mi vida (...) muchas pérdidas de tiempo, muchas molestias de todo tipo; ahora bien, me pregunto si vale usted la pena de que me tome todas esas molestias y no tengo el placer de conocerlo lo suficiente para decidir. Tal vez no tenga, por lo demás, un gran deseo de lo que podría yo hacer por usted para que me tome tantas molestias, pues (...) para mí ha de ser por fuerza problemático."
Protesté que en ese caso no había ni que pensarlo. Aquella ruptura de las conversaciones no pareció de su agrado.
"Esa cotesía no significa nada", me dijo en tono duro. "No hay nada más agradable que tomarse molestias por una persona que merezca la pena. Para los mejores de nosotros, el estudio de las artes, el gusto del chamarileo, las colecciones, los jardines, no son sino sucedáneos, coartadas. En el fondo de nuestro tonel, como Diógenes, preguntamos por un hombre. Cultivamos las begonias, cortamos los tejos, poniéndonos en lo peor, porque los tejos y las begonias se dejan, pero preferiríamos dedicar nuestro tiempo a un arbusto humano, si estuviéramos seguro de que valía la pena hacerlo. Ahí está el quid; usted debe conocerse un poco. ¿Vale usted la pena o no?"
"No quisiera, señor mío, por nada del mundo ser para usted una causa de preocupaciones", le dije, "pero, en cuanto a mi placer, créame que todo lo que proceda de usted me lo causará muy grande. Me emociona profundamente que tenga usted a bien prestarme atención, así, a mí e intentar serme útil."
Para gran asombro mío, me agradeció aquellas palabras casi con efusión. Tras pasar su brazo bajo el mío con esa familiaridad intermitente que ya me había sorprendido en Balbec y que contrastaba con la dureza de su acento, me dijo:
"Con la desconsideración propia de su edad, podría usted a veces pronunciar palabras que abrieran un abismo infranqueable entre nosotros. Las que acaba de pronunciar son, en cambio, de las que pueden precisarmente conmoverme y animarme a hacer mucho por usted". (pp.292-293)
Pronto se dibuja más nítidamente la propuesta de Charlus (o, al menos, su superficie):
"...Con frecuencia he pensado, mire usted, que había en mí -no por mis flacos dones, sino por circunstancias que tal vez conozca usted un día- un tesoro de experiencia, como un expediente secreto e inestimable, que no me ha parecido oportuno utilizar personalmente, pero que sería inapreciable para un joven a quien entregaría en unos meses lo que he tardado treinta años en adquirir y que tal vez sea el único en poseer. No hablo de los goces intelectuales que le brindaría el conocimiento de ciertos secretos que un Michelet de nuestros días daría años de su vida por conocer y gracias a los cuales ciertos acontecimientos cobrarían, para él, un aspecto enteramente distinto y no me refiero sólo a los acontecimientos ocurridos, sino al encadenamiento de circunstancias." (p.295)








jueves, 3 de enero de 2013

Páginas 279-288

La velada en la casa de la Sra. de Villeparisis, cuya narración lleva más de cien páginas, se acerca a su final. Ya cerca de la partida del narrador, Charlus lo intercepta:
Me dirigía hacia él [Saint-Loup] bastante apresuradamente, cuando el Sr. de Charlus, quien pudo creer que iba hacia la salida, se separó bruscamente del Sr. Faffenheim, con quien estaba hablando, y dio una vuelta rápida que lo situó delante de mí. Vi con inquietud que había tomado el sombrero en cuyo fondo figuraba la letra G y una corona ducal. En el marco de la puerta del saloncito, me dijo sin mirarme:
"Como veo que ahora frecuenta usted la sociedad, hágame el favor de venir a verme, pero es bastante complicado", añadió con expresión distraída y calculadora y como si se tratara de un favor que temiera no recuperar, una vez que hubiese dejado escapar la ocasión de acordar conmigo la forma de realizarlo. "Paro poco en casa: tendrá usted que escribirme, pero preferiría explicárselo con más tranquildad. Voy a marcharme dentro de un momento. ¿Quiere usted dar una vuelta conmigo? Sólo lo retendré un instante."
"Mire, fíjese", le dije. "Ha cogido usted por error el sombrero de uno de los visitantes."
"¿Quiere usted impedirme que coja mi sombrero?"
Supuse -por haberme ocurrido esa aventura a mí mismo poco antes- que, al hablerle quitado alguien su sombrero, había cogido el primero que había visto para no volver a casa con la cabeza descubierta y que lo había yo pueso en un aprieto al revelar su ardid, conque no insistí. Le anuncié que primero debía decir unas palabras a Saint-Loup. "Está hablando con ese idiota del duque de Guermantes", añadí. "Muy bonito lo que acaba usted de decir, se lo voy a contar a mi hermano". "¡Ah! ¿Cree usted qu epuede interesar eso al Sr. de Charlus?" (Me imaginaba que, si había un hermano, debía llamarse Charlus también. Saint-Loup me había dado algunas explicaciones al respecto en Balbec, pero yo las había olvidado). "¿Quién le habla del Sr. de Charlus?", me dijo el barón con expresión insolente. (pp.284-285)
Es muy graciosa la confusión del narrador, que no recueda que el hermano de Charlus no es otro que el duque de Guermantes.

Páginas 269-278

Ya acercándonos al final del relato de la velada en casa de la Sra. de Villeparisis encontramos la partida de Oriane, apenas descubre la presencia de Odette:
La Sra. de Guermantes bajó los ojos e hizo girar un cuarto de círculo su muñeca para mirar la hora.
"¡Oh, Dios mío! Es hora de que me despida de mi tía, si quiero pasar aún por la casa de la Sra. de Saint-Ferréol, y esta noche ceno en casa de la Sra. Leroi."
Y se levantó sin decirme adíos. Acababa de ver a la Sra. Swann, que pareció bastante molesta de encontrarme allí. Seguramente recordaba que me había declarado antes que nadie de estar convencida de la inocencia de Dreyfus.
"No quiero que mi madre me presente a la Sra. Swann", me dijo Saint-Loup. "Es una antigua piculina. Su marido es judío y ella viene aquí a exhibir su nacionalismo..." (pp.270-271)
La presencia de Odette le recuerda al narrador la visita, días atrás, de Charles Morel, el hijo de un sirviente de su tío abuelo. Morel reaparecerá más adelante en la novela, pero por ahora sólo se nos cuenta que tanto él como su padre adoraban al tío abuelo, y así nos enteramos de que aquella mujer que lo acompañaba cuando el narrador lo visitó sorpresivamente (Por el camino de Swann, páginas 88-89) era no otra que Odette:
El objeto de su visita [la de Morel] era el siguiente: su padre había apartado -de entre los recuerdos de mi tío Adolphe- algunos que había considerado inconveniente enviar a mis padres, pero que podían interesar -le parecía- a un joven de mi edad. Eran las fotografías de las actrices célebres, las grandes casquivanas, a las que mi tío había conocido, las últimas imágenes de aquella vida de viejo vividor que separaba -mediante un tabique estanco- de su vida de familia (...) Como me había asombrado mucho encontrar entre las fotografías que me enviaba su padre una del retrato de Miss Sacripant -es decir, Odette- obra de Elstir, dije a Charles Morel, al tiempo que lo acompañaba hacia la puerta cochera: "Temo que no pueda usted informarme. ¿Conocía mucho mi tío a esta señora? No sé en qué epoca de la vida de mi tío puedo situarla y me interesa por el Sr. Sawnn..."
"Precisamente se me había olvidado decirle que mi padre me había recomendado señalar esta señora a su atención. En efecto, esta mujer galante estaba almorzando en casa de su tío el último día en que lo vio usted." (pp.271-273)

Páginas 259-268

La señora de Villeparisis se dirige a Oriane para hacerle una advertencia:
"Mira", dijo la Sra. de Villeparisis a la duquesa de Guermantes, "creo que luego va a venir a visitarme una mujer a la que tú no quieres conocer, prefiero avisarte para que no te moleste. Por lo demás, puedes estar tranquila, no volveré a recibirla nunca más en mi casa, pero va a venir hoy por única vez. Es la mujer de Swann."
La Sra. Swann, al ver las proporciones que cobraba el caso Dreyfus y temiendo que los orígenes de su marido se volvieran contra ella, le había suplicado que nunca más hablara de la inocencia del condenado. Cuando él no estaba presente, iba más lejos y hacía profesión del nacionalismo más ardiente; en eso se limitaba, por lo demás, a seguir a la Sra. Verdurin, en quien se había despertado un antisemitismo burgués y latente y había alcanzado notable exasperación. La Sra. Swann se había granjeado con aquella actitud la entrada en algunas de las ligas de mujeres del mundo antisemita que empezaban a formarse y había entablado relaciones con algunas personas de la aristocracia. Puede parecer extraño que, lejos de imitarlas, la duquesa de Guermantes, tan amiga de Swann, se hubiera resistido siempre, al contrario, al deseo, que no le había ocultado, de presentarle a su mujer, pero más adelante veremos que era un defecto del carácter particular de la duquesa, quien consideraba no "tener" que hacer tal o cual cosa se imponía con despotismo lo que había decidido su "libre arbitrio" mundano, muy arbitrario".
"Te agradezco que me avises", respondió la duquesa. "Me resultaría, en efecto, muy desagradable, pero, como la conozco de vista, me levantaré a tiempo". (p.259)
Un recuerdo de la infancia del narrador -que hace alusión a un episodio no relatado en Por el camino de Swann- aparece un poco más adelante:
El nombre del príncipe [de Fffenheim-Munsterburg-Weimingen] conservaba -en la franqueza con que se atacaban, como se dice en música, sus primeras sílabas y en la farfullante repetición que las acompañaba- el impulso, la ingenuidad amanerada, las pesadas "delicadezas" germánicas proyectadas como ramajes verdosos sobre el "Heim" de esmalte azul obscuro que desplegaba el misticismo de una vidriera renana tras las doraduras, pálidas y finalmente cinceladas, del siglo XVIII alemán. Aquel nombre contenía, entre los diversos que lo componían, el de una pequeña ciudad balnearia alemana en la que yo había estado, de muy niño, con mi abuela, al pie de una montaña honrada por los paseos de Goethe y de cuyos viñedos bebíamos en el Kurhof los ilustres crudos de denominación compuesta y resonante, como los epítetos que Homero da a su shéroes. Por eso, en cuanto oí pronunciar el nombre del príncipe, me pareció -antes de recordar la estación termal- que disminuiría, se impregnaba de humanidad, consideraba lo bastante grande para él un sitio en mi memoria, a la que se adhirió, familiar, prosaico, pintoresco, sabroso, ligero, como con autoridad, en virtud de una prescripción. (p.263)


Páginas 249-258

Los intentos de Bloch de lograr que el diplomático y cuidadoso Norpois se pronuncie claramente con respecto al caso Dreyfus no tienen éxito. Después de que el primero sugiera que los manuscritos que probaban la culpabilidad del acusado el segundo responde:
"...por lo demás, lo único que pueden hacer es perturbar la serenidad de la sala de audiencias y alentar agitaciones que en un sentido como en otro serían de deplorar. Cierto es que se debe poner fin a las intrigas militaristas, pero tampoco tenemos nada que hacer con una gresca alentada por aquellos de los elementos de derechas que, en lugar de servir a la idea patriótica, piensan en utilizarla. Gracias a Dios, Francia no es una república sudamericana y no se siente la necesidad de un general para un pronunciamiento (...) Si es una condena (...) probablemente será anulada, pues es poco frecuente que un proceso en el que las deposiciones de testigos son tan numerosas no haya defectos de forma que los abogados pudan invocar. Para acabar respecto de la algarada del príncipe Henri de Orleáns, dudo mucho que haya sido del gusto de su padre." (p.249)
La insistencia de Bloch -quien, recordemos, es judío- en el tema empieza a generar cierto malestar.
"Usted, señor", dijo Bloch, al tiempo que se volvía hacia el señor de Argencourt (...), "será dreyfusista, seguro: en el extranjero todo el mundo lo es."
"Es un asunto que sólo incumbe exclusivamente a los franceses entre sí, ¿no?", respondió el Sr. de Argencourt con esa insolencia particular que consiste en atribuir al interlocutor una opinión que no comparte -lo sabemos manifiestamente-, ya que acaba de emitir una opuesta.
Bloch enrojeció; el Sr. de Argencourt sonrió, al tiempo que miraba en derredor, y, si bien la sonrisa -mientras la dirigió a otros visitantes- fue malévola para con Bloch, la moderó con cordialidad al detenerla al final en mi amigo para privarlo del pretexto de enfadarse por las palabras que acababa de oír y que no por ello eran menos crueles. La Sra. de Guermantes dijo al oído al Sr. de Argencourt algo que yo no oí, pero que debía de tener que ver con la religión de Bloch, pues en aquel momento pasó por el rostro de la duquesa esa expresión a la que el miedo a ser advertido por la persona de la que se habla infunde cierta vacilación y falsedad, en la que se mezcla la alegría curiosa y malintencionada que inspira una agrupación humana a la que nos sentimos radicalmente ajenos. Para desquitarse, Bloch se volvió hacia el duque de Châtellerault: "Usted, señor, que es francés, sabe, seguro, que en el extranjero son dreyfusistas, aunque se diga que en Francia nunca se sabe lo que ocurre en el extranjero. Por lo demás, sé que se puede hablar con usted, me lo dijo Saint-Loup". Pero el joven duque, quien notaba que todo el mundo se ponía en contra de Bloch (...), dijo (...) "Discúlpeme, señor, que no hable de Dreyfus con usted, pero es un caso del que por principio sólo hablo entre jaféticos". Todo el mundo sonrió, excepto Bloch. No es que no tuviera la costumbre de pronunciar frases irónicas sobre sus orígenes judíos, más o menos por el Sinaí, pero, en lugar de una de esas frases, que seguramente no estaban preparadas, el disparador de la máquina interior hizo subir otra a los labios de Bloch y sólo se pudo oír esto: "Pero, ¿cómo ha podido usted saberlo? ¿Quién se lo ha dicho?", como si hubiera sido el hijo de un forzado. Por otra parte, dado su nombre, que no parece cristiano precisamente, y su rostro, su extrañeza revelaba cierta ingenuidad. (pp.253-154)

jueves, 27 de diciembre de 2012

Páginas 239-248

Norpois parece entusiasmado con la obra de Bloch:
¿Cuáles eran los aspectos que el Sr. de Norpois no especificaba, pero respecto de los cuales parecía reconocer que Bloch y él estaban de acuerdo? ¿Qué opinión tenía, entonces, sobre el caso, en la que pudieran coincidir? Bloch estaba tanto más asombrado del misterioso acuerdo que parecía existir entre el Sr. de Norpois y él cuanto que versaba exclusivamente sobre la política, pero la Sra. de Villeparisis había hablado al Sr. de Norpois bastante por extenso de los trabajos literarios de Bloch.
"No es usted de su época", dijo a éste el antiguo embajador, "y lo felicito: no es usted de esta época en la que han dejado de existir los estudios desinteresados, en la que ya sólo se venden al público obscenidades o necedades. Si tuviéramos un gobierno, debería alentar esfuerzos como los suyos."
Bloch se sentía halagado de nadar solo en el naufragio universal, pero también a ese respecto habría deseado precisiones, saber a qué necedades se refería el Sr. de Norpois. Bloch tenía la sensación de laborar por la misma vía que muchos: no se había creído tan excepcional. Volvió al caso Dreyfus, pero no logró discernir la opinión del Sr. de Norpois. (p.239)
Una vez más, el narrador nos muestra cómo el asunto Dreyfus no sólo ha dividido a la sociedad parisina sino que sirve de plataforma para visibilizar las ideas y la personalidad de cada uno de los personajes. Los Guermantes, en general, son antidreyfusistas: exceptuando a Saint-Loup. Y al respecto, Basin, el duque, tiene algo que decir:
"...Cuando se llama uno marqués de Saint-Loup, no se puede ser dreyfusista, ¡qué quieres que te diga!"
El Sr. de Guermantes pronunció con énfasis estas palabras: "cuando se llama uno marqués de Saint-Loup". Sin embargo, sabía perfectamente que aún más era llamarse "el duque de Guermantes", pero, si bien su amor propio tenía tendencia a exagerar más bien la superioridad del título de duque de Guermantes, tal vez no fueran las reglas del buen gusto cuanto las leyes de la imaginación las que lo movían a disminuirlo. A todo el mundo resulta más hermoso lo que ve a distancia, lo que ve en los demás, pues las leyes generales que regulan la perspectiva en la imaginación se aplican tanto a los duques como a los demás hombres. No sólo las leyes de la imaginación, sino también las del lenguaje. Ahora bien, en aquel caso se podían aplicar una u otra de dos leyes del lenguaje. Una exige que nos expresemos como la gente de nuestra clase mental y no de nuestra casta de origen. (p.242)
Es interesante constatar -una vez más- el afán digamos "científico" del narrador: su seguridad a la hora de hablar de "leyes" del comportamiento; no menos interesante es apreciar ese giro hacia lo lingüístico que vincula las "leyes de la imaginación" a las "leyes del lenguaje".
Más adelante en la velada se insta a Norpois a detallar su posición ante el asunto Dreyfus:
"No cabe la menor duda (...) de que su deposición [la de Picquart, quien aportó pruebas a favor de Dreyfus] era necesaria. Sé que, al sostener esta opinión, he provocado a más de uno de mis colegas gritos desaforados, pero, a mi juicio, el Gobierno tenía el deber de dejar hablar al coronel. No se puede escapar de semejante callejón sin salida mediante una simple pirueta o, si no, se corre el riesgo de caer en un atolladero. Para el propio oficial, esa deposición causó en la primera audiencia una impresión de lo más favorable. Al verlo, con su hermoso uniforme de cazadores, que tan bien le sienta, ir a contar en tono totalmente sencillo y franco lo que había visto, lo que había pensado, decir "Por mi honor de soldado (...) ésa es mi convicción", no se puede negar que la impresión fue profunda."
"Ya está, es dreyfusista, ya no hay sombra de duda", pensó Bloch.
"Pero lo que le enajenó enteramente las simpatías que había podido granjearse antes fue su confrontación con el archivero Gribbelin, cuando se oyó a ese viejo servidor, a ese hombre que sólo tiene una palabra (...) cuando se lo vio mirar a los ojos a su superior, sostenerle la mirada y decirle en un tono que no admitía réplica: "Vamos a ver, mi coronel, sabe usted perfectamente que yo nunca he mentido, sabe usted que en este momento, como siempre, digo la verdad". El viento cambió de dirección. De nada sirvió al Sr. Picquart revolver Roma con Santiago en las audiencias siguientes, fracasó pura y simplemente."
"No, está claro que es antidreyfusista, más que el agua", se dijo Bloch. (pp.246-247)

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Páginas 229-238

En determinado momento de la velada hace su entrada Basin de Guermantes, que se pone a conversar con su esposa y la Sra. de Villeparisis sobre Rachel, la amante de Saint-Loup:
"¿Sabes de quien hablamos, Basin?", dijo la duquesa a su marido.
"Naturalmente, lo adivino", dijo el duque, "¡Ah! no es lo que se dice una actriz de primera."
"Nunca", prosiguió la Sra. de Guermatnes, dirigiéndose al Sr. de Argencourt, "podría usted imaginar algo más ridículo."
"Era incluso chistoso", interrumpió el Sr. de Guermantes, cuyo extraño vocabulario permitía a la vez a la gente de mundo decir que no era un bobo y a los letrados considerarlo el peor de los imbéciles.
"No puedo comprender", prosiguió la duquesa, "como Robert ha podido amarla jamás. ¡Oh! Sé perfectamente que no hay que hablar nunca de esas cosas", añadió con un bonito mohín de filósofa y sentimental desencantada. "Sé que cualquiera puede enamorarse de cualquiera. Y (...) eso es incluso lo hermoso del amor, porque es precisamente lo que lo vuelve misterioso".
"¡Misterioso! !Ah! Reconozco que me resulta un poco fuerte, querida prima", dijo el conde de Argencourt.
"Pues sí, es muy misterioso, el amor", prisiguió la duquesa con una dulce sonrisa de mujer de mundo amable, pero también con la intransigente convicción de una wagneriana que dice a un hombre del círculo que en La Walquiria no sólo hay ruido. "Por lo demás, en el fondo, no sabemos por qué una persona ama a otra; tal vez no sea en absoluto por lo que creemos", añadió sonriendo, con lo que de repente rechazaba con su interpretación la idea que acababa de emitir. "Y, además, es que en el fondo nunca sabemos nada", concluyó con expresión escéptica y cansada. "Por eso es verdad más inteligente: nunca hay que hablar de la elección de los amantes."
Pero, tras haber sentado aquel principio, lo trasgredió inmediatamente al criticar la elección de Saint-Loup.
"Miren, me parece, de todos modos, asombroso que se pueda encontrar seducción en una persona ridícula."
Al oir que hablábamos de Saint-Loup y comprendiendo que estaba en París, Bloch se puso a hablar tan espantosamente mal de él, que indignó a todo el mundo. Empezaba a sentir odios y se notaba que, para saciarlos, no retrocedería ante nada. (pp.232-233)
Pronto Oriane se refiere a la obra teatral que le vio representar a Rachel, y la opinión de su "inteligencia" que venía sosteniendo el narrador sufrirá un golpe:
"Es cosa de poco, verdad, y me anunció que permanecería tendida boca abajo sobre los peldaños. Por lo demás, si hubieran oído lo que decía, sólo conozco una escena, pero no creo que se pueda imaginar algo semejante: se llama Las siete princesas".
"Las siete princesas, ¡oh! ¡Sí, sí, qué esnobismo!", exclamó el Sr. de Argencourt. "¡Ah! Pero espere, conozco toda la obra. El autor se la envió al Rey, quien no comprendió nada y me pidió que se la explicara."
"¿No será por casualidad del Sâr Peladan?", preguntó el historiador de la Fronda para mostrar finura y actualidad, pero tan bajo, que su pregunta pasó inadvertida.
"¡Ah! ¿Conoce usted Las siete princesas?, respondió la duquesa al Sr. de Argencourt. "¡Lo felicito! Yo sólo conozco una, pero me quitó la curiosidad de conocer a las otras seis. ¡Como sean todas iguales a la que yo vi!"
"¡Qué imbecil!, pensé yo, irritado por la glacial acogida que me había dado. Sentí como una áspera satisfacción, al observar su completa incomprensión de Maeterlinck. "Y por una mujer semejante hago yo todas las mañanas tantos kilómetros, ¡estoy yo listo! Ahora soy yo quien no querra saber nada con ella." Esas fueron las palabras que me dije; eran lo contrario a mis pensamientos; eran puras palabras de conversación, como nos decimos en los momentos en que, por estar demasiado agitados para quedarnos a solas con nosotros mismos, experimentamos la necesidad de hablar, a falta de interlocutor, con nosotros mismos, sin sinceridad, como con un extraño. (p.235)

Páginas 219-228

La señora de Villeparisis es pintora aficionada, y durante buena parte de la velada trabajó en una acuarela.
Todo el mundo se había acercado a la Sra. de Villeparisis para verla pintar.
"Estas flores son de un rosa en verdad celeste", dijo Legrandin, "quiero decir del color del cielo rosado, pues hay un rosa cielo, del mismo modo que hay un azul cielo, pero", murmuró para que sólo lo oyera la marquesa, "creo que me inclino, de todos modos, por el sedoso, por el rosicler vivo, de la copia que está usted haciendo. ¡Ah! Deja usted muy atrás a Pisanello y a Van Huysum, su herbario minucioso y muerto."
Un artista, por modesto que sea, acepta siempre ser preferido a sus rivales y procura sólo ser justo con ellos.
"Lo que le inspira esa impresión es que ellos pintaban flores de aquella época, que ya no conocemos, pero tenían una gran sabiduría."
"¡Ah! Flores de aquella época, ¡qué ingenioso!", exclamó Legrandin. (p.219)
Bloch, distraído, rompió un jarrón. Este pequeño incidente logra ofuscarlo por completo, hasta el punto que decide abandonar la velada:
Bloch se levantó para marcharse. Había dicho bien alto que el incidente del jarrón derribado carecía de la menor importancia, pero lo que decía bajito era muy diferente, más aún de lo que pensaba: "Cuando no se tienen sirvientes con abstante estilo para saber colocar un jarrón sin peligro de empapar e incluso herir a los visitantes, es mejor dejarse de esos lujos", refunfuñaba bajito. Era de esas personas susceptibles y "nerviosas" que no pueden soportar haber cometido una torpeza, que no reconocen y les estropea el día. Estaba furioso y deprimido y no quería volver nunca más a la alta sociedad. Era el momento en que resulta necesario un poco de distracción. Por fortuna, al cabo de un segundo la Sra. de Villeparisis iba a retenerlo. Ya fuese porque conociera las opiniones de sus amigos y la ola de antisemitismo que empezaba a elevarse o por distracción, no lo había presentado a las personas que se encontraban allí. Sin embargo, él, poco acostumbrado a la alta sociedad, creyó que, al marcharse, debía saludarlas, por mundología, pero sin amabilidad; inclinó varias veces la frente, hundió su barbuda barbilla en su cuello duro, al tiempo que miraba sucesivamente a cada uno de los presentes por sus anteojos con expresión fría y descontenta, pero la Sra. de Villeparisis lo detuvo; debía hablarle aún del pequeño acto que se iba a celebrar en su casa y, por otra parte, no quería que se marchara sin haber tenido la satisfacción de conocer al Sr. de Norpois... (p.222)
Cuando presentan a Bloch a Norpois, el narrador está presente.
"¿Tiene usted algo en marcha?", me preguntó el Sr. de Norpois con una señal de inteligencia, al mismo tiempo que me estrechaba la mano con cordialidad (...) "Me enseñó usted una obrita un poco alambicada en la que cortaba usted los cabellos en cuatro. Le di mi opinión con franqueza; lo que había hecho usted no valía la pena de que lo pusiera por escrito. ¿Nos prepara usted algo? Si no recuerdo mal, está usted apasionado por la obra de Bergotte." "¡Ah! No hable usted mal de Bergotte", exclamó la duquesa. "No discuto su talento de pintor, a nadie se le ocurriría, duquesa. Sabe grabar con buril o aguafuerte, ya que no bosquejar, como el Sr. Cherbuliez, una gran composición. Pero me parece que en nuestra época hay una confusión de géneros y que es más propio del novelista trabar una intriga y elevar los corazones que perfilar con punta seca un frontispicio o una viñeta." (p.228)

Páginas 209-218

El narrador se había acercado a Legradin para saludarlo, pero la manera en que decidió abordarlo resultó un poco complicada:
"Bien, señor, tengo casi excusa para estar en un salón, al encontrarlo a usted en él". El Sr. Legrandin concluyó de auqellas palabras -al menos ése fue el juicio que emitió sobre mí unos días después- que yo era un personajillo congénitamente malvado, que sólo encontraba satisfacción en el mal.
"Podría usted tener la cortesía de comenzar saludándome", me respondió sin darme la mano y con voz rabiosa y vulgar, que yo no sospechaba en él y que, sin la menor relación racional con lo que solía decir, tenía otra más inmediata y sorprendente con algo que sentía (...) "Naturalmente, cuando me persiguen veinte veces seguidas para hacerme ir a algún sitio", continuó en voz baja, "aunque tengo perfecto derecho a mi libertad, no puedo comportarme como un zafio." (pp.208-209)
Sin embargo, el narrador no deja de prestar atención a la conversación de Oriane de Guermantes:
Si en el salón de la Sra. de Villeparisis, como en la iglesia de Combray, en la boda de la Srta. Percepied [páginas 186-187], me costaba volver a ver en el hermoso rostro, demasiado humano, de la Sra. de Guermantes, lo desconocido de su nombre, pensaba al menos que, cuando hablara, su charla, profunda, misteriosa, tendría una rareza de tapiz medieval, de vidriera gótica, pero para que no me hubiesen decepcionado las palabras que oiría pronunciar a una persona que se llamaba Sra. de Guermantes, aun cuando no la hubiera amado, no habría bastado con que las palabras fuesen finas, bellas y profundas, habría sido necesario que reflejaran aquel color amaranto de la última sílaba de su nombre, aquel color que me había asombrado ya el primer día no encontrar en su persona y que había yo hecho refugiarse en su pensamiento. Seguramente había oído ya a la Sra. de Villeparisis, a Saint-Loup, a personas cuya inteligencia nada tenía de extraordinario, pronunciar sin precaución aquel nombre de Guermantes, simplemente como el de una persona que iba a venir de visita o con la que iban a cenar, sin parecer sentir en él arpendes de manera amarilleante y todo un rincón misterioso de provincias, pero debía de ser una afectación por su parte, como cuando los poetas clásicos no nos avisan de las intenciones profundas que, sin embargo, han tenido, afectación que también yo me esforzaba por imitar diciendo con el tono más natural: la duqeusa de Guermantes, como un nombre que se pareciese a otros. Por lo demás, todo el mundo aseguraba que era una mujer muy inteligente, de una conversación ingeniosa, que vivía en un grupito de lo más interesante: palabras que resultaban cómplices de mi sueño, pues, cuando decían "grupo inteligente", conversación ingeniosa, en modo alguno era la inteligencia tal como yo la conocía lo que imaginaba, ni siquiera la de las mayores eminencias: no eran personas como Bergotte las que componían aquel grupo. No, por inteligencia entendía yo una facultad inefable, dorada, impregnada de un frescor silvestre. Aun sosteniendo las tesis más inteligentes -en el sentido en el que yo entendía la palabra "inteligente", cuando se trataba de un filósofo o un crítico-, la Sra. de Guermantes tal vez habría decepcionado más aún mi esperanza respecto de una facultad tan particular que si en una conversación insignificante se hubiera contentado con hablar de recetas de cocina o de mobiliario de castillo, con citar los nombres de vecinas o parientes suyas, que me hubiesen evocado su vida.  (p.215)
El tema de la inteligencia de Oriane pronto pasará a segundo plano, y el de la presencia de Legrandin subirá a la superficie, para luego revertir posiciones una vez más. Todo este pasaje construye sectores de diálogo que el narrador sobrevuela, como si se moviera por el salón escuchando todo lo que se dice a su alrededor y tuviera la capacidad de moverse también en el tiempo, retomando todos los diálogos sin las fisuras inevitables.

Páginas 199-208

Seguimos en la velada de la marquesa de Villeparisis. Y entre los invitados aparece, para sorpresa del narrador, nada más y nada menos que el señor Legrandin, quien había despotricado pocas páginas atrás sobre el negativo -a su entender- hábito del narrador de frecuentar salones (pp.157-158).
Entró el visitante importuno y se dirigió derecho hacia la Sra. de Villeparisis con expresión ingenua y ferviente: era Legrandin.
"Le agradezco mucho que me reciba, señora", dijo, recalcando la palabra "mucho": "es un honor de una calidad muy poco común y sutil que hace usted a un viejo solitario, le aseguro que su repercusión...".
Se detuvo en seco al verme. (p.205)
El narrador intenta conversar con Legrandin, pero este "se mantenía constantemente lo más alejado posible" de él, "seguramente con la esperanza de que no oyera las lisonjas que con tan gran refinamiento expresivo no cesaba de prodigar a cada paso a la Sra. de Villeparisis" (p.207). 
Otros invitados, de todas formas, intercambian sus opiniones sobre Legrandin:
Aprovechando que se había alejado, la Sra. de Guermantes lo indicó a su tía con una mirada irónica e inquisitiva.
"Es el Sr. Legrandin", dijo a media voz la Sra. de Villeparisis, "tiene una hermana que se llama Sra. de Cambremer, cosa que, por lo demás, debe de decirte tan poco como a mí."
"¡Cómo! Pero si la conozco perfectamente.", exclamó, al tiempo que se llevaba la mano a la boca, la Sra. de Guermantes. "O, mejor dicho, no la conozco, pero no sé por qué le ha dado a Basin, quien se encuentra Dios sabe dónde con el marido, por decir a esa gorda que venga a verme. No puedo decirte cómo fue su visita. Me contó que había ido a Londres, me enumeró todos los cuadros del British. Aquí, donde me ves, al salir de tu casa, voy a ir a dejar una tarjeta en casa de ese monstruo y no creas que es de las más felices, pues, con el pretexto de que está moribunda, siempre está en casa y tanto si vas a las siete de la tarde como a las nueva de la mañana está lista para ofrecerte tarta de fresas, pero, desde luego, es un monstruo, vamos (...) Es una persona imposible: dice "plumífero", en fin, cosas así". "¿Qué quiere decir "plumífero"?", preguntó la Sra. de Villeparisis a su sobrina. "¡Y yo qué sé!", exclamó la duquesa (...). "No quiero saber. Yo no hablo ese francés". Y, al ver que su tía no sabía en verdad lo que quería decir "plumífero" (...), dijo con media sonrisa que los restos del malhumor teatral reprimían: "Todo el mundo lo sabe: un "plumífero" es un escritor, alguien que sostiene una pluma pero es una palabra horrible. Es como para hacer que se te caigan las muelas del juicio. Jamás diría yo semejante cosa. O sea, ¡que es el hermano! No me había dado cuenta aún, pero en el fondo es comprensible. Ella tiene la misma humildad de alfombrilla de cama y los mismos recursos de biblioteca ambulante. Es tan zalamera como él y tan molesta. Empiezo a hacerme una idea bastante clara de esa similitud". (pp.207-208)

Páginas 189-198

Buena parte de la primera sección de El lado de Guermantes está dedicada a la velada en la casa de la señora de Villeparisis, de quien se nos dice, entre otras cosas, que...
...seguramente las que propugnaba sobre todo (...) eran cualidades bastante poco exultantes, como la ponderación y la mesura, pero, para hablar de la mesura de forma totalmente adecuada, la medida no basta y hacen falta ciertos méritos de escritor que suponen una exaltación poco mesurada; yo había notado en Balbec que la señora de Villeparisis seguía sin comprender el genio de ciertos grandes artistas y que sólo sabía burlarse de ellos con finura y dar a su incomprensión una forma aguda y graciosa, pero ese ingenio y esa gracia, en el grado que alzanaban en ella, llegaban a ser, a su vez -en otro plano y aunque los desplegara para quitar importancia a las obras más altas-, aunténticas cualidades artísticas. Ahora bien, semejantes cualidades ejercen en toda situación mundana una acción mórbida electiva, como dicen los médicos, y tan disgregadora, que a las más sólidamente asentadas les cuesta unos años resistirlas. Lo que los artistas llaman inteligencia parece pura presuntuosidad a la sociedad elegante, que -incapaz como es de colocarse en el único punto de vista con el que lo juzga todo y por no comprender nunca el atractivo particular al que cede al elegir una expresión o hacer una aproximación- experimenta para con ellos una fatiga, una irritación, de las que muy pronto nacie la antipatía. Sin embargo, en su conversación -y lo mismo sucede con sus Memorias, que se publicaron más adelante- la Sra. de Villeparisis sólo manifestaba como una gracia totalmente mundana. Por haber pasado junto a cosas importantes sin profundizar en ellas, a veces sin distinguirlas, apenas había retenido de los años en que había vivido, y que, por lo demás, describía sin mucha precisión y encanto, sino lo más frívolo que habían ofrecido, pero una obra, aun cuando se aplique sólo a asuntos no intelectuales, sigue siéndolo de la inteligencia y, para dar en un libro o en una charla, que poco difiere de él, la impresión consumada de la frivolidad, hace falta una dosis de seriedad de la que una persona puramente frívola sería incapaz. (pp.189-190)
Entre los invitados a la velada está Bloch, ahora un "joven autor dramático":
Entre las personas presentas cuando yo llegué, en aquel salón, ligeramente calentado a propósito, porque la marquesa se había conspitado al volver de su castillo, había un archivero con quien la Sra. de Villeparisis había clasificado por la mañana las cartas autógrafas de personajes históricos a ella dirigidas y destinadas a figurar en facsímiles como documentos justificativos en las Memorias que estaba redactando, y un historiador solemne e intimidado que, al enterarse de que poseía por herencia un retrato de la duquesa de Montmorency, había ido a pedirle permiso para reproducirlo en una lámina de su obra sobre la Fronda, visitantes a los que se sumó mi compañero Bloch, ahora joven autor dramático, con quien contaba ella para procurarle artistas que actuaran gratis en sus próximas funciones vespertinas. Cierto es que el caleidoscopio social estaba girando y el caso Dreyfus iba a precipitar a los judíos al último rango de la escala social, pero en vano arreciaba el ciclón dreyfusista: no es al comienzo de una tormenta cuando las olas alcanzan su mayor furia. Además, la Sra. de Villeparisis, dejando a toda una parte de su familia tronar contra los judíos, había permanecido hasta entonces enteramente ajena al caso y no se ocupaba de él. Por último, un joven como Bloch, a quien nadie conocía, podía pasar inadvertido, mientras que judíos importantes y representativos de su bando estaban ya amenazados. Ahora tenía la barbilla puntuada con una "barba de chivo", llevaba un binóculo, una levita larga, un guante, como un rollo de papiros en la mano. Los rumanos, los egipcios y los turcos pueden detestar a los judíos, pero en un salón francés las diferencias entre estos pueblos no son tan perceptibles y un israelita, al entrar como procedente del fondo del desierto, con el cuerpo inclinado como una hiena y la nuca oblicua y soltando grandes salams, satisface totalmente el gusto por el orientalismo. sólo que para eso es necesario que el judío no pertenezca a la "buena sociedad", porque, de lo contrario, cobra fácilmente el aspecto de un lord y sus modales están tan afrancesados, que una nariz rebelde y que sigue, como las capuchinas, direcciones imprevistas recuerda a la de Mascarille más qeu a la de Salomón, pero Bloch, al no haber sido suavizado por la gimnasia del "Faubourg" ni ennoblecido por un cruce con Inglaterra o España, seguía siendo, para un aficionado al exotismo, tan extraño y sabroso de contemplar, pese a su traje europeo, como un judío de Decamps. (pp.194-195)

viernes, 21 de diciembre de 2012

Páginas 179-188

Terminada la obra, el narrador, Robert y Rachel se quedan en el teatro. Pronto las disputas entre la pareja de amantes reaparecen:
...en aquel momento Saint-Loup se imaginó que su amante prestaba atención a aquel bailarín que repasaba por última vez una figura del intermedio en el que iba a aparecer y su rostro se ensombreció.
"Podrias mirar para otro lado", le dijo con expresión sombría. "Ya sabes que esos bailarines no valen ni la cuerda a la que más valdría que subieran para romperse el lomo y luego van por ahí jactándose de que les has prestado atención. Por lo demás, ya lo has oído, te han dicho que vayas a tu camerino a vestirte. Vas a llegar tarde otra vez."
(...) "¡Oh! Pero si lo reconozco, es mi amigo", exclamó la amante de Saint-Loup, al contemplar al bailarín. "¡Hay que ver qué bien está! Mirad cómo danzan esas manitas, ¡como todo el resto de su persona!"
El bailarín volvió la cabeza hacia ella y su persona humana aparecía bajo el silfo que estaba representando, la jalea recta y gris de su sojos tembló y brilló entre sus tiesas y pintadas cejas y una sonrisa prolongó por los dos lados su boca en su rostro dibujado al pastel rojo; después -para divertir a la joven, como una cantante que nos canturrea, amable, la tonada que, como le hemos dicho, admiramos- se puso a repetir en movimiento de sus palmas, remedándose a sí mismo con finura de imitador y buen humor infantil.
"¡Oh! ¡Qué amable, imitarse a sí mismo!", exclamó y aplaudió.
"Te lo ruego, mi amor", le dijo Saint-Loup con voz afligida, "no des un espectáculo así que me matas, te juro que como digas una palabra más, no te acompaño a tu maercino y me voy; anda, no seas mala. No te quedes así entre el humo del puro, que te va a sentar mal", añadió al tiempo que se volvía hacia mí con aquella solicitud que me manifestaba desde la época de Balbec.
"¡Oh! ¡Qué felicidad si te vas!"
"Te advierto que no volveré más."
"No me atrevo a esperarlo."
"Mira, ya sabes que te he prometido el collar, si te portabas bien, pero como me tratas así..."
"¡Ah! Eso es algo que no me extraña en ti. Me habías hecho una promesa, debería haberme imaginado que no la mantendrías. Quieres recalcar que tienes dinero, pero yo no soy interesada como tú. Me trae sin cuidado tu collar. Tengo a alguien que me lo regalará."
"Nadie más podrá regalártelo, porque lo he reservado en Boucheron y me ha dado su palabra de que sólo me lo venderá a mí."
"Está muy bien eso, has querido hacerme cantar y has tomado todas las precauciones de antemano. Es bien cierto lo que dicen: Marsantes, Mater Semita, huele a su raza", respondió Rachel repitiendo una etimología basada en un grosero contrasentido, pues semita significa "senda" y no "semita", que los nacionalistas aplicaban a Saint-Loup por sus opiniones dreyfusistas... (pp.182-183)
Rachel, entonces, juega una carta más dura:
"Sí, sí, tú sigue", le dijo, irónica, ella, al mismo tiempo que esbozaba el gesto de quien perdona la vida y, volviéndose hacia el bailarín, añadió:
"¡Ah! La verdad es que es estupendo con las manos. Yo, que soy una mujer, no podría hacer lo que está haciendo". Y, dirigiéndose a él e indicándole las facciones convulsas de Robert, le dijo bajito: "Mira cómo sufre", en un arranque momentáneo de crueldad sádica (...) "¿Haces esas manitas también con las muejres? Pareces una mujer tú mismo, creo que podríamos entendernos muy bien contigo y una de mis amigas" (...) El bailarín sonrió misteriosamente a la artista.
Ella le gritó:
"¡Oh! Cállate, que me vuelves loca, ¡haremos unas fiestecitas!" (pp.184-185)
Al mismo tiemp, Saint-Loup está pidiéndole a un fumador que apague su puro, dado que a su amigo -el narrador, por supuesto- el humo le sienta mal. El hombre, un periodista, no hace caso.
"En todo caso, señor mío, no es usted muy amable", dijo Saint-Loup al periodista, sin abandonar el tono amable y suave, con la expresión concluyente de quien acaba de juzgar retrospectivamente un incidente concluido.
En aquel momento vi a Saint-Loup alzar el brazo verticalmente y por encima de su cabeza, como si hubiera hecho una seña a alguien a quien no veía o como un director de orquesta y, en efecto -con tan poca transición como ritmos violentos suceden a un gracioso andante en una sinfonía o un ballet-, tras las palabras corteses que acababa de pronunciar, descargó la mano con una bofetada resonante en la mejilla del periodista. (p.185)
Un rato después, Robert vuelve a pelear:
...iba a alcanzar a Saint-Loup a paso "gimnástico", cuando vi que un señor bastante mal vestido parecía hablarle muy cerca de él, por lo que concluí que era un amigo íntimo de Robert; sin embargo, parecían acercarse más uno al otro; de repente, así como aparece en el cielo un fenómeno astral, vi cuerpos ovoides adoptar con rapidez vertiginosa todas las posiciones que le permitían componer, delante de Saint-Loup, una constelación inestable. Me parecieron, lanzados como por una honda, al menos siete. Sin embargo, no eran [sino] sólo los dos puños de Saint-Loup, multiplicados por su velocidad para cambiar de lugar en aquel conjunto en apariencia ideal y decorativo, pero aquella obra de pirotecnia era una simple paliza que Saint-Loup administraba y cuyo carácter agresivo, en lugar de estético, me reveló en primer lugar el aspecto del señor mediocremente vestido, quien pareció perder a la vez toda la seriedad, una mandíbula y mucha sangre. Dio explicaciones mendaces a las personas que se acercaban a interrgarlo, volvió la cabeza al ver que Saint-Loup se alejaba definitivamente para reunirse conmigo, se quedó mirándolo con expresión de rencor y abatimiento, pero nada furioso. En cambio, Saint-Loup lo estaba, aunque no hubiera recibido nada, y cuando se reunió conmigo, sus ojos seguían brillando de cólera. El incidente nada tenía que ver, como yo había creído, con las bofetadas del teatro. Era un paseante apasionado que, al ver a un apuesto militar como Saint-Loup, se le había insinuado (...) Puñetazos como los que acababa de dar tienen la utilidad, para hombres del tipo del que se le había acercado antes, de hacerlos reflexionar en serio, pero durante demasiado poco tiempo, sin embargo, para que puedan corregirse y escapar, así, a castigos judiciales. (p.187)
Más allá del procedimiento de extrañamiento que emplea el narrador para describir los golpes que le propina Saint-Loup al paseante (similar al empleado para describir el rostro de Rachel en la página 178), llama la atención en este pasaje un segundo momento en la novela de violencia homofóbica. El primero está en A la sombra de las muchachas en flor y remite a las costumbres del Barón de Charlus (página 336); no es de extrañar que, aquí Saint-Loup repita ciertas pautas del comportamiento de su tío: más adelante en el libro descubriremos que ambos son homosexuales.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Páginas 169-178

De regreso en París, el narrador, Robert y Rachel van a comer a un restaurante:
Aunque no estábamos aún en el teatro, al que íbamos a ir después de almorzar, parecía que nos encontráramos en un "saloncillo" de teatro ilustrado por los retratos antiguos de la compañía, dados los rostros de los jefes de comedor, que parecían perdidos junto con toda una generación de artistas sobresalientes, del Palais-Royal (...) Eran caras célebres entre los asiduos. Sin embargo, señalaban a uno nuevo, de nariz arrugada y labio santurrón, que parecía eclesiástico y entraba en funciones por primera vez y todo el mundo miraba con interés al nuevo elegido, pero Rachel no tardó -tal vez para hacer marcharse a Robert (...)- en ponerse a guiñar un ojo a un joven agente de Bolsa que almorzaba con un amigo en una mesa contigua.
"Zezette, te ruego que no mires así a ese joven", dijo Saint-Loup, en cuyo rostro los vacilantes rubores de antes se habían concentrado en una nube sangrante que dilataba y obscurecía las facciones distendidas de mi amigo: "Si vas a darnos un espectáculo, prefiero almorzar por mi cuenta e ir a esperarte al teatro" (...) Saint Loup, siempre inquieto y temeroso (...) miró por la ventana y vio (...) al Sr. de Charlus.
"Mira", me dijo en voz baja, "mi familia me acosa hasta aquí. Yo no puedo, pero, puesto que tú conoces bien al jefe de comedor, que seguramente va a denunciarnos, pídele que no vaya hasta el coche: al menos que sea un camarero que no me conozca. Si dicen a mi tío que no me conocen, no vendrá, lo sé seguro, a ver aquí adentro, detesta estos lugares. ¡Hay que ver! La verdad es que es repugnante que un viejo mujeriego como él, quien no ha abandonado, me dé perpetuamente lecciones y venga a espiarme. (pp.172-173)
Rachel y Saint-Loup se reconcilian de inmediato, y el almuerzo sigue adelante.
A fuerza de beber champán con ellos, empecé a sentir un poco de la embriaguez que experimentaba en Rivebelle, probablemente no del todo la misma. No sólo cada clase de embriaguez -de la que da el sol o el viaje o la que da la fatiga o el vino-, sino también cada uno de los grados de embriaguez, que debería corresponder a una "cota" como los fondos en el mar, revelan en nosotros exactamente la profundidad en la que se encuentra un hombre especial. El reservado en el que se encontraba Saint-Loup era pequeño, pero el único espejo que lo decoraba era de tal clase, que parecía reflejar otros treinta, a lo largo de una perspectiva infinita, y la bombilla eléctrica colocada en la cima del marco debía dar -por la noche, cuando estuviera encendida, seguida por la procesión de treinta reflejos semejantes a ella- al bebedor, aun solitario, la idea de que el espacio en torno a él se multiplicaba al mismo tiempo que sus sensaciones exaltadas por la embriaguez y de que, encerrado a solas en aquel pequeño recinto, reinaba, sin embargo, sobre algo mucho más amplio, en su curva indefinida y luminosa, que una avenida del "Parque de París". Ahora bien, al ser yo en aquel momento dicho bebedor, de repente, tras buscarlo en el espejo, lo vi, horrible, desconocido y mirándome. La alegría de la embriaguez era más fuerte que el asco; por alegría o bravata, le sonreí y al mismo tiempo me sonrió. Y me sentía hasta tal punto bajo la efímera y potente influencia del minuto en que las sensaciones son tan fuertes, que no sé si mi único motivo de tristeza era el de pensar que el horrible yo que acababa de ver estaba tal vez en su último día de vida y que en el resto de mi vida no volvería a ver nunca más a aquel extraño. (pp.175-176)
Ya en el teatro, el narrador tiene la oportunidad de comenzar una descripción del rostro de Rachel:
Rachel desempeñaba un papel casi de simple figurante en la obrita, pero, vista así, era otra mujer. Rachel tenía uno de esos rostros que la lejanía -y no necesariamente la de la sala al escenario, pues el mundo es para eso simplemente un gran teatro- dibuja y que, vistos de cerca, recaen en polvo. Junto a ella, sólo se veía una nebulosa, una vía láctea de pecas, de granos diminutos, nada más. A una distancia conveniente, dejaba de verse todo aquello y de las mejillas desdibujadas, reasorbidas, se alzaba -como un cuarto creciente de luna- una nariz tan fina, tan pura, que deseabas ser el objeto de atención de Rachel, volver a verla cuando quisieras, poseerla junto a ti, si nunca la habías visto de otro modo y de cerca. (p.178)

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Páginas 159-168

Saint-Loup, acompañado por el narrador, viaja a un pueblo cercano a París, donde vive su amante:
Era un pueblo antiguo, con su vieja alcaldía tostada y áurea, delante de la cual tres grandes perales, a modo de cucañas y oriflamas, estaban graciosamente engalanados -como para una fiesta cívica y local- de raso blanco.
Robert nunca me habló con mayor ternura de su amiga que durante aquel trayecto. Sólo ella había echado raíces en su corazón: su futuro en el ejército, su situación social, su familia, no le resultaban, desde luego, indiferentes, pero nada contaban en comparación con los menores detalles relativos a su amante. Sólo eso tenía prestigio para él: infinitamente más que los Guermantes y todos los reyes de la Tierra. (p.159)
Cuando aparece la muchacha resulta que el narrador ya la conoce... y de un prostíbulo. La habíamos encontrado en A la sombra de las muchachas en flor, páginas 157-166.
De repente apareció Saint-Loup, acompañado de su amante, y entonces en aquella mujer que era para él todo el amor, todas las dulzuras posibles de la vida, cuya personalidad, misteriosamente encerrada en un cuerpo como en un tabernáculo, era el objeto sobre el que se ejercía sin cesar la imaginación de mi amigo, que nunca -sentía él- conocería, de la que se preguntaba perpetuamente qué era en sí misma, tras el velo de las miradas y la carne, reconocí al instante a "Rachel cuando del Señor", la que, unos años antes -las mujeres cambian tan aprisa de situación en ese mundo, cuando cambian- decía a la regenta: "Conque mañana por la noche, si me necesita para alguien, mándeme a buscar".
Cuando habían "ido a buscarla", en efecto, y se encontraba sola en el cuarto con ese alguien, sabía tan bien lo que querían de ella, que, tras haber cerrado con llave, por precaución de mujer prudente o como gesto ritual, empezaba a quitarse toda la ropa, como hacemos delante del doctor que va a auscultarnos, y no paraba a no ser que el "alguien", por no gustar de la desnudez, le dijera que podía dejarse la blusa, como ciertos facultativos que, por tener oído muy fino y temer que se resfríe su enfermo, se contentan con escuchar la respiración y los latidos del corazón a través de la ropa interior.  (pp.161-162)
De hecho, cuando están por regresar a París, el narrador, Saint-Loup y su amante se encuentran con unas chicas que también se desempeñan como damas de compañía y, además, conocen a Rachel:
...Rachel, quien caminaba a unos pasos de nosotros, fue reconocia e interpelada en la estación por unas vulgares "zorras" como ella y que, al principio, creyendo que iba sola, le gritaron: "¡Hombre, Rachel! Sube con nosotras, Lucienne y Germaine están en el vagón y precisamente hay sitio aún, ven, vamos a ir juntas al skating". Se disponían a presentarle a dos "horteras", sus amantes, que las acompañaban, cuando, ante la expresión ligeramente violenta de Rachel, alzaron con curiosidad la vista un poco más lejos, nos vieron y se despidieron excusándose y recibieron de ella una despedida también, un poco violenta pero amistosa. Eran dos pobres zorrillas con cuellos de falsa piel de nutria, con el aspecto que tenía, más o menos, Rachel cuando Saint-Loup la había visto por primera vez. (p.165)
El asunto Dreyfus también toca la relación de Saint-Loup con Rachel:
...Y se puso [Rache] a hacerme reproches sobre la familia de Robert, que me parecieron, por lo demás, muy acertados y a los que Saint-Loup, sin dejar de desobedecer a Rachel en lo relativo al champán, se adhirió enteramente. Yo, que tanto temía el vino por Saint-Loup y sentía la buena influencia de su amante, estaba totalmente dispuesto a aconsejarle que mandara a paseo a su familia. A la joven se le saltaron las lágrimas, porque cometía la imprudencia de hablar de Dreyfus.
"Pobre mártir", dijo, al tiempo que contenía un sollozo, "van a acabar con él allá."
"Tranquilízate, Zezette, volverá, será absuelto, reconocerán el error."
"Pero, ¡antes se habrá muerto! En fin, al menos sus hijos llevarán un nombre sin mácula, pero, 'lo que me mata es pensar en lo que debe de sufrir! ¿Y quieres creer que la madre de Robert, mujer piadosa, dice que debe quedarse en la isla del Diablo, aunque sea inocente? ¿No es un horror?"
"Sí, es absolutamente cierto, lo dice", aifrmó Robert. "Es mi madre, nada tengo que objetar, pero no cabe duda de que no tiene la sensibilidad de Zezette." (p.168)


martes, 18 de diciembre de 2012

Páginas 149-158

Preocupado por su encuentro con Oriane (entre otras cosas), el narrador desarrolla problemas para conciliar el sueño:
...Antes de quedarme dormido, pensaba tanto rato en que no iba a poder lograrlo, que, aun dormido, me quedaba un poco de pensamiento. Era un simple fulgor en la obsrucidad casi total, pero bastaba para hacer que se reflejara en mi sueño, primero la idea de que no podría dormir y después el reflejo de ese reflejo, que durmiendo había sido como había tenido la idea de que no dormía, y luego, mediante una refracción nueva, mi despertar... a un nuevo sueño, en el que quería contar a unos amigos que habían entrado en mi cuarto que, antes, mientras dormía, había creído no dormir. Aquellas sombras eran apenas distinguibles: habría hecho falta una grande y muy vana delicadeza de percepción para captarlas. Así, más adelante, en Venecia, mucho después del ocaso, cuando parece que es totalmente de noche, vi (...) los reflejos de los palacios desplegados como por siempre jamás en terciopelo más negro sobre el gris crepuscular de las aguas. Uno de mis sueños era la síntesis de lo que mi imaginación había intentado con frecuencia representarse, durante la vigilia, de cierto paisaje marino y su pasado medieval. En mi sueño, yo veía una ciudad gótica en medio de un mar de olas inmovilizadas como en una vdiriera. un brazo de mar dividía en dos la ciudad; la verde agua se extendía a mis pies; bañaba en la ribera opuesta una iglesia oriental y después casas que existían ya en el siglo XIV, de tal modo que ir hacia ellas habría sido remontar el curso de los años. Me pareció haber tenido ya con frecuencia aquel sueño en el que la naturaleza había aprendido el arte, en el que el mar se había vuelto gótico, aquel sueño en el que yo deseaba, en el que creía, abordar lo imposible, pero, como lo que imaginamos al dormir tiene la virtud de multiplicarse en el pasado y parecer, aun siendo nuevo, familiar, creí haberme equivocado. Advertí, al contrario, que, en efecto, tenía a menudo ese sueño. (p.149)
Sobre la "enfermedad nerviosa" del narrador leemos también un poco más adelante:
¡Si, al menos, hubiera podido empezar a escribir! Pero, fueran cuales fuesen las condiciones (...) en las que abordara aquel proyecto -igual, ¡ay!, que el de no tomar más alcohol, acostarme temprano, dormir, cuidar la salud-, lo que siempre acababa resultando de mis esfuerzos era una página en blanco, virgen de toda escritura, ineluctable como esa carta obligada que en ciertos trucos acabamos sacando fatalmente, sea cual fuera la forma como hayamos barajado previamente. Yo no era otra cosa que el instrumento de unas costumbres -de no trabajar, no acostarme, no dormir- que debían realizarse a toda costa; si no les ofrecía resistencia, si me contentaba con el pretexto que sacaban de la primera circunstancia que les ofreciese aquel día para dejarlas actuar a su antojo, salía adelante sin demasiado perjuicio, descansaba unas horas, de todos modos, al final de la noche, leía un poco, no hacía demasiados excesos, pero, si quería contrarrestarlas, si pretendía meterme temprano en la cama, beber sólo agua, trabajar, se irritaban, recurrían a los grandes medios, me ponían del todo enfermo, me veía obligado a duplicar la dosis de alcohol, pasaba dos días sin meterme en la cama, ya no podía leer siquiera y me prometía otra vez ser más razonable, es decir, menos sensato, como una víctima que se deja robar por miedo a que, si se resiste, la asesinen. (pp.152-153)
A la vez, el asunto Dreyfus sigue ocupando un lugar de importancia en esta sección de la novela:
"No es nada amable, Oriane [dijo Saint-Loup], ya no es mi Oriane de otro tiempo, me la han cambiado. Te aseguro que no vale la pena que te intereses por ella. Le haces demasiado honor. ¿Quieres que te presente a mi prima Poictiers?", añadió, sin darse cuenta de que eso no podía darme el menor placer. "Ésa sí que es una joven inteligente y que te gustaría. Se casó con mi primo, el duque de Poictiers, que es un buen muchacho, pero un poco simple para ella. Le he hablado de ti. Me ha pedido que te lleve. Es mucho más hermosa que Oriane y más joven. Es una persona amable, verdad, estupenda." Eran expresiones reciente -y tanto más vehementemente- adoptadas por Robert y significaban que se trataba de una naturaleza delicada: "No te digo que sea dreyfusista, hay que tener en cuenta también su medio, pero, en fin, dice: "Si fuera inocente, ¡qué horror sería que estuviera en la isla del Diablo!". ¿Comprendes, verdad?" (p.150)
Ahora bien, mis padres concedían e inspiraban desde siempre a la Sra. Sazerat la estima más profunda, pero dicha señora era -única en su especie (...)- dreyfusista. Mi padre (...) estaba convencido de la culpabilidad de Dreyfus. Había mandado a paseo con mal humor a colegas que le habían solicitado su firma para una lista revisionista. Cuando se enteró de que yo había seguido una línea de conducta diferente, estuvo ocho días sin hablarme. Sus opiniones eran conocidas. Faltaba poco para que lo tacharan de nacionalista. En cuanto a mi abuela, a quien parecía que habría de inflamar -la única en mi familia- una duda generosa, cada vez que le hablaban de la posibilidad de que Dreyfus fuese inocente, cabeceaba de un modo cuyo significado no comprendíamos entonces y que era parecido al de una persona a la que van a molestar con pensamientos poco serios. (p.155-156)
En estas páginas también reaparece un viejo conocido nuestro: el entrañable y ridículo Legrandin:
"¡Ah! Usted por aquí", me dijo, "tan elegante, ¡y hasta con levita! Ése es un atuendo al que mi independencia no se acomodaría. Cierto es que usted debe de llevar una vida mundana, ¡hacer visitas! Para ir a soñar, como hago yo, ante cualquier tumba medio destruida, mi chalina y mi chaqueta no resultan fuera de lugar. Ya sabe usted que estimo la precisa calidad de su alma; con eso queda claro lo que lamento que vaya usted a renegar de ella ante los gentiles y, al ser capaz de permanecer un instante en la nauseabunda atmósfera, para mí irrespirable, de los salones, arroja usted contra su destino la condena del Profeta (...) En fin, pobre hijo mío, ¡si eso le divierte! Mientras vaya usted a un five o'clock, su viejo amigo será más feliz que usted, pues será el único en un arrabal que contemple ascender en el cielo violeta la luna osada. La verdad es que apenas pertenezco a esta Tierra, en la que me siento exiliado; es necesaria toda la fuerza de la ley de la gravitación para mantenerme en ella e impedir que me evada a otra esfera. (pp.157-158)

lunes, 17 de diciembre de 2012

Páginas 139-148

A punto de regresar a París, el narrador se encuentra con su abuela en Doncières:
Me sentía afligido por no haberme despedido de Saint-Loup, pero me marché, de todos modos, pues mi única preocupación era regresar junto a mi abuela: hasta aquel día, en aquella ciudad pequeña, cuando pensaba en lo que haría mi abuela sola, me la imaginaba tal como era conmigo, pero suprimiéndome y sin tener en cuenta los defectos en ella de esa supresión; ahora, tenía que librarme lo antes posible, en sus brazos, del fantasma -insospechado hasta entonces y de repente evocado por su voz- de una abuela realmente separada de mí, resignada, que tenía -cosa que yo nunca había visto aún en ella- una edad y que acababa de recibir una carta mía en el piso vacío en el que ya había yo imaginado a mi madre, cuando me había marchado a Balbec.
Ese fantasma fue -¡ay!- el que yo vi cuando, tras entrar en el salón sin que mi abuela hubiera sido avisada de mi regreso, la encontré leyendo. Yo estaba ahí -o, mejor dicho, no estaba aún ahí, puesto que ella no lo sabía- y, como una mujer a la que sorprenden haciendo una labor que esconderá, si entra alguien, estaba entregada a pensamientos que nunca había mostrado delante de mí. De mí sólo estaba allí (...) el testigo, el observador, con sombrero y abrigo de viaje, el extraño que no es de la casa, el fotógrafo que viene a tomar una instantánea del lugar que no volveremos a ver. Lo que se produjo -maquinalmente- en mis ojos en aquel momento, cuando vi a mi abuela, fue, en efecto, una fotografía. Nunca vemos a los seres queridos sino en el sistema animado, el movimiento perpetuo de nuestro incesante cariño, que, antes de dejar que las imágenes que nos presenta su rostro lleguen hasta nosotros, las toma en su torbellino, las lanza sobre la idea que tenemos de ellos desde siempre, las hace adherirse a ella, coincidir con ella. Puesto que la frente y las mejillas de mi abuela significaban para mí lo más delicado y permanente en su espíritu, puesto que toda mirada habitual es una necromancia y cada rostro que amamos es el espejo del pasado, ¿cómo no habría omitido yo lo que en ella podía haberse recargado y cambiado, cuando, incluso en los espectáculos más indiferentes de la vida, nuestros ojos, henchidos de pensamiento, pasan por alto, como lo haría una tragedia clásica, todas las imágenes que no concurren en la acción y sólo retienen las que pueden volver inteligible el objetivo? Pero, si en lugar de nuestros ojos, ha sido un objetivo puramente material -una placa fotográfica- el que ha mirado, lo que veremos -por ejemplo, en el patio del Instituto-, en lugar de la salida de un académico que quiere llamar a un coche de punto, será su titubeo, sus precauciones para no caerse hacia atrás, la parábola de su caída, como si estuviera bebido o el suelo estuviese cubierto de hielo. Lo mismo ocurre cuando alguna artimaña cruel del azar impide a nuestro inteligente y pío cariño correr a tiempo para ocultar a nuestras miradas lo que nunca deben contemplar, cuando es adelantado por ellas, que, al llegar las primeras al lugar y abandonadas a sí mismas, funcionan maquinalmente como las películas y nos muestran -en lugar del ser amado que ya no existe desde hace mucho, pero cuya muerte nunca quiso que se nos revelara- la persona nueva que cien veces al día cubría con una cara y mendaz semejanza. Y, como un enfermo que (...) retrocede al ver en un espejo, en medio de una cara árida y desierta, la elevación oblicua y rosada de una nariz gigantesca como una pirámide de Egipto, yo, para quien mi abuela era aún yo mismo, yo, que nunca la había visto sino en mi alma, siempre en el mismo lugar del pasado, a través de la transparencia de los recuerdos contiguos y superpuestos, de repente vi (...) a una anciana abrumada -roja, pesada y vulgar, enferma, soñando despierta, pasando por encima de un libro unos ojos un poco dementes- a la que no conocía. (pp.143-145)

Páginas 129-138

Buscando más pretextos para facilitar su encuentro con Oriane, el narrador recuerda que los Guermantes son admiradores de Elstir:
...Algunas de las obras más características de sus diversos estilos se encontraban en provincias (...) Ahora bien, en una de aquellas revistas figuraban tres obras importantes de mi pintor preferido como pertenecientes a la Sra. de Guermantes. Así, pues, la noche en que Saint-Loup me había anunciado el viaje de su amiga a Brujas, pude soltarle sinceramente y como de improviso lo siguiente delante de sus amigos:
"Oye, ¿me permites? Última conversación sobre la señora de la que hemos hablado. ¿Recuerdas a Elstir, el pintor que conocí en Balbec?"
"Pero, hombre, naturalmente."
"¿Recuerdas mi admiración por él?"
"Muy bien y la carta que mandamos entregarle."
"Pues bien, una de las razones, no de las más importantes, sino una razón secundaria por la que desearía conocer a dicha señora, sabes, ¿verdad?, a quién me refiero."
"¡Pues claro! ¡Cuántos paréntesis!"
"Es que tiene en su casa un cuadro muy hermoso de Elstir."
"Hombre, no lo sabía yo."
"Elstir estará seguramente en Balbec en Pascua, ya sabes que ahora pasa casi todo el año en aquella costa. Me gustaría mucho haber visto ese cuadro antes de mi marcha. No sé si tienes relaciones bastante estrechas con tu tía: ¿no podrías pedirle -ensalzándome lo suficiente ante ella para que no me rechace- que me deje ir a ver el cuadro sin ti, ya que no vas a estar allí?"
"De acuerdo, respondo por ella, yo me encargo del asunto"
"Robert, cómo te quiero." (p.129)
Todavía en el cuartel de Saint-Loup, el narrador debe llamar por teléfono a su abuela, y sigue un increíble pasaje de elogio a la tecnología y a quienes la mantienen funcionando:
...Y somos como el personaje del cuento a quien una maga, tras haber epxresado él su deseo, hace aparecer, con claridad sobrenatural, a su abuela o su prometida hojeando un libro, derramando lágrimas, recogiendo flores, muy cerca del espectador y sin embargo, muy lejos, en el lugar en el que se encuentra realmente. Para que se realice ese milagro, basta con que acerquemos los labios a la tablilla mágica y llamemos -a veces durante un rato demasiado largo, lo reconozco- a las Vírgenes Vigilantes, cuya voz oímos todos los días sin conocer jamás su rostro y que son nuestros ángeles de la guarda en las tinieblas vertiginosas cuyas puertas vigilan celosamente, las Todopoderosas gracias a las cuales los ausentes surgen a nuestro lado, sin que se pueda verlos, las Danaides de lo invisible que sin cesar vacían, llenan, se transmiten las urnas de los sonidos; las irónicas Furias que, en el momento en que susurrábamos una confidencia a una amiga, con la esperanza de que nadie nos oyera, gritan crueles: "Al habla"; las sirvientes siempre irritadas por el misterio, las recelosas sacerdotisas de lo invisible, ¡las señoritas del teléfono! (p.136)