...un placer delicioso, aislado, sin que tuviera yo idea de su causa. Al momento me había vuelto indiferentes -como hace el amor- las vicisitudes de la vida, sus inofensivos desastres, su ilusoria brevedad, colmándome de una esencia preciosa: o, mejor dicho, esa esencia no estaba en mí sino que era yo. Había cesado de sentirme mediocre, contingente, mortal (p.52).
Pronto el narrador entiende que la repetir la situación (es decir remojar un nuevo pedacito de magdalena en el té) no lo ayudará a entender qué está pasando. Las respuestas, decide, están en su interior, y se apresta a buscarlas. Pronto lo logra: el recuerdo "sube" (se habla del "rumor de las tierras atravesadas") y adquiere definición: en Combray, la tía Léonie ("Leoncia", en la traducción de Pedro Salinas) convidaba al narrador con tilo y magdalenas; pero la cosa no se detiene aquí. El narrador había discurrido (páginas 51-52) sobre la posibilidad de que el pasado fuera imposible de evocar con intensidad (diferenciando la evocación intelectual de la memoria voluntaria a la "verdadera" aparición del recuerdo completo, físico, sensorial, involuntario), y mencionó de pasada
...la creencia celta de que las almas de aquellos a los que hemos perdido están cautivas en un ser inferior -en un animal, un vegetal, una cosa inanimada-, perdidas, en efecto, para nosotros hasta el día -que para muchos nunca llega- en que pasamos por casualidad cerca del árbol y nos adueñamos del objeto que es su prisión... (p.52)
Está claro entonces que la magdalena ablandada en té de tilo implica una experiencia análoga a la de encontrar en ese árbol el alma de alguna persona perdida. Y, por supuesto, a volver a dotar de vida al pasado, al "tiempo perdido" si se quiere. El narrador, por tanto, recuerda a su tía y mucho más:
...como en ese juego en el que los japoneses se divierten mojando en un tazón de porcelana lleno de agua trocitos de papel, hasta entonces indistintos, que, en cuanto los sumergen en el agua, se estiran, se retuercen, se colorean, se diferencian, se vuelven flores, casas, personajes consistentes y reconocibles, también entonces todas las flores de nuestro jardín, las del parque del Sr.Swann, los nenúfares del Vivonne, la buena gente del peublo, sus casitas, la iglesia, todo Combray y sus alrededores -todo aquello, que iba cobrando forma y solidez- salió -ciudad y jardines- de mi taza de té (p.55).
Con "todo aquello", por supuesto, nos encontraremos en la extensa narración que sigue.
En la página 55 de esta edición aparece el primer final de capítulo hasta el momento: La segunda parte de la sección "Combray" se referirá a la vida del narrador en los largos veranos de su infancia, y comienza, precisamente, con la tía Léonie, encerrada en su habitación, permanentemente acostada y hablando sola.