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miércoles, 10 de octubre de 2012

Páginas 440-446

Llegamos al fin de "Nombres de países: el nombre" y del primer tomo de En busca del tiempo perdido, Por la parte de Swann (confieso que me cuesta desprenderme de la traducción de Salinas y su Por el camino de Swann). Después de seguir un poco más con la anécdota de los paseantes que hablan de Odette -"sin haber oído esos comentarios", dice el narrador, jugando con las capas y capas de artificio que aplica a su novela- aparece un par de líneas en blanco y un retorno a la temporalidad más inmediata al narrador:
Este año -cuando una de las primeras mañanas de este mes de noviembre (...) infunden una nostalgia, una auténtica fiebre, de las hojas muertas hasta el punto de llegar a impedirnos dormir incluso- crucé el Bois de Boulogne para ir a Trianon, volví a apreciar esa complejidad que hace de él un lugar facticio y, en el sentido zoológico o mitológico de la palabra, un jardín. (p.441)
Por el camino de Swann termina, entonces, lo más cercano posible al presente de la narración: después incluso del "durante mucho tiempo me acosté temprano" que inaugura la novela: se trata del mismo mes en que se está escribiendo. Y también se habla del sueño, de la imposibilidad de dormir.
El narrador recorre el Bois de Boulogne y experimenta el peso de todos los cambios que han operado sobre él:
¡Ay! Ya sólo había automóviles conducidos por mecánicos bigotudos, acompañados de altos lacayos (...) En lugar de los bellos vestidos en los que la Sra. Swann parecía una reina, túnicas grecosajonas alzaban, con pliegues de Tanagra y a veces en el estilo del Directorio, telas liberty sembradas de flores como un papel pintado (...) ¡Qué horror!, me decía. ¿Se pueden considerar elegantes los automóviles, como eran los antiguos coches de caballos? Seguramente soy ya demasiado viejo... pero no estoy hecho para un mundo en el que las mujeres van enfundadas en vestidos que ni siquiera son de tela. (p.444)
A lo que añade:
La realidad que yo había conocido había dejado de existir. Bastaba con que no llegara, idéntica, la Sra- Swann en el mismo momento para que la Avenida fuera otra. Los lugares que hemos conocido no pertenecen sólo al mundo del espacio en el que los situamos para mayor comodidad. No eran sino una fina capa en medio de impresiones contiguas que formaban nuestra vida de entonces; el recuerdo de cierta imagen es una simple añoranza de cierto instante y las casas, las carreteras, las avenidas son, ¡ay!, fugitivas como los años. (p.446)
Hay algo de heracliteano a ultranza en esta idea. Las avenidas parecen ser las mismas, pero en rigor, en tanto existen como tales en la mente, las avenidas no son únicamente la materialidad, el lugar geográfico, sino que son esa "fina capa en medio de impresiones contiguas", unidas a los recuerdos, a las personas, a las modas, las circunstancias históricas, etc. Y, en ese sentido, irrepetibles, efímeras. Tanto como los años de nuestras vidas. A esa sensación de pérdida irreparable que da el final del libro, ¿cabe pensar que Proust opone los episodios epifánicos de memoria involuntaria? De ser así, cabría leer En busca del tiempo perdido (con sus revelaciones finales que catapultan al narrador a la escritura) como una suerte de fábula gnóstica de retorno al hogar, un poco como el célebre mito de la perla.

martes, 9 de octubre de 2012

Páginas 430-439

Sigue la fascinación del narrador por Odette y sus padres:
Yo siempre tenía al alcance de la mano un plano de París, que -como se podía distinguir en él la calle en que vivían los Sres. Swann- contenía, para mí, un tesoro. Y por placer, por una como fidelidad caballeresca también, pronunciaba, a propósito de cualquier cosa, el nombre de aquella casa, por lo que mi padre -por no estar, a diferencia de mi madre y de mi abuela, al corriente de mi amor- me preguntaba:
"Pero ¿por qué hablas todo el tiempo de esa calle, que nada tiene de extraordinario? (pp.431-432)
Además,
En cuanto a Swann, para intentar parecerme a él, me pasaba todo el tiempo en la mesa tirándome de la nariz y frotándome los ojos. Mi padre decía "Este niño es idiota, se va a volver un monstruo". Sobre todo me habría gustado estar tan calvo como Swann. (p.433)
De pasada se alude a la muerte del abuelo del narrador, una razón más para que la familia ya no frecuente a Swann (que era especialmente amigo del finado). Los días de Combray parecen alejarse en el tiempo, que comienza a ser percibido por el narrador (o construido en su narración) de una manera diferente a la eternidad idílica de las 2 secciones de "Combray", lo que también vimos en la alusión a cuando el narrador evoca la mutación en su imagen de Swann; esta es, además, la segunda muerte que registra la novela: la primera (páginas 160-169) corresponde a la tía Léonie.
Gran parte de estas páginas describe los caminos que toma el narrador a través de los Campos Elíseos para encontrarse con Gilberte, que pasea a veces con su institutriz y a veces con su madre; la chica, entonces, se nos aparece un poco distante, indiferente: es la encontrada, no la que busca.
También leemos:
Incluso quienes no la conocían [a Odette] advertían en ella algo singular y excesivo (...) y pensaban que debía de ser una persona conocida. Se preguntaban: ¿Quién será?, interrogaban a veces a un transeúnte o se prometían recordar su atuendo, como un punto de referencia, para que amigos más instruidos los informaran al respecto. Otros paseantes, sin acabar de detenerse, decían:
"¿Sabe usted quién es? ¡La Sra. Swann! ¿No le dice nada? ¿Odette de Crécy?"
"¿Odette de Crécy? Ya decía yo, esos ojos tristes... Pero ¡ya debe estar entradita en años, eh! Recuerdo que me acosté con ella el día de la dimisión de Mac-Mahon."
"Más vale -creo yo- que no se lo recuerde. Ahora es la Sra. Swann, la esposa de un señor del Jockey, amigo del príncipe de Gales. Por lo demás, es espléndida" (p.439).
Tenemos ahí, de paso (por debajo de la evidente apelación al devenir de Odette en la sociedad parisina) otra especie de pista cronológica. Patrice de Mac-Mahon, Duque de Magenta (1808-1893) fue el segundo presidente de la Tercera República Francesa (1870/75-1940), desde 1973 hasta su dimisión en 1879. Si damos al narrador la fecha de nacimiento de Marcel Proust (1871), Odette seguía siendo una cortesana mientras nuestro protagonista cumplía 8 años. Parece una fecha un poco tardía, dado que en la sección "Combray" -que podríamos pensar abarca los primeros 10 años del narrador, dejando la sección "Nombres de países: el nombre" para la preadolescencia- se alude a que Swann ya está casado (es inverosimil que Odette siguiera ejerciendo la prostitución casada con Swann). Quizá, entonces, habría que proponer una fecha un poco más tardía (1880 y pico, digamos) para el nacimiento del narrador (asumiendo 1881, para hacerlo 10 años más joven que Proust, tendríamos que los encuentros entre el narrador y Gilberte sucederían hacia 1892-93, cabe suponer). En cualquier caso, sí podemos pensar con certeza que los sucesos de "Un amor de Swann" -que nos son presentados marcadamente como algo que sucedió antes del nacimiento del narrador ("lo que, muchos años después de haber abandonado aquel pueblo, había sabido sobre un amor de Swann antes de que yo naciera" p.189)- pueden rondar ese final de la década de 1870 (y por tanto que deben haber pasado entre 10 y 15 años desde entonces, para que tenga sentido la afirmación de que Odette "ya debe estar entradita en años).


lunes, 8 de octubre de 2012

Páginas 420-429

El narrador sigue encontrándose con Gilberte en los Campos Elíseos. Un día, la chica le regala una bolita, que el narrador atesorará. Más adelante, tras una conversación sobre Bergotte, Gilberte le envía por correo un ejemplar de un libro de este autor. Tanto el libro como la bolita se convierten en tesoros. Sin embargo,
Si bien me daba a veces aquellas muestras de amsitad, tambíen me hacía sufrir, cuando parecía no sentir placer al verme, cosa que ocurría con frecuencia en los días mismos con los que más había contado yo para que mis esperanzas se realizaran. Estaba seguro de que Gilberte acudiría a los Campos Elíseos y sentía un alborozo que me parecía sólo la vaga anticipación de una gran felicidad... (p.423)
El mundo de Gilberte -sus amigos y amigas, su familia- obsesiona al narrador, que pasa a resignificar a la figura de Swann:
Pero de aquella vida nadie me daba tan cumplida impresión como el Sr. Swann, quien llegaba un poco después a recoger a su hija. Es que la Sr.a Swann y él (...) encerraban para mí (...) un mundo desconocido e inaccesible, un encanto doloroso. Todo lo que se refería a ellos era objeto por mi parte de una preocupación tan constante, que los días, como aquellos, en que el Sr. Swann -a quien en otro tiempo, cuando tenía amistad con mis padres, había yo visto tan a menudo sin que despertara mi curiosidad- venía a buscar a Gilberte a los Campos Elíseos (...) Desde que había vuelto a ver a Gilberte, Swann era, para mí, sobre todo su padre y ya no el Swann de Combray; como las ideas con las que relacionaba yo ahora su nombre eran diferentes de aquellas en cuya red estaba comprendido en otro tiempo y que yo ya no utilizaba cuando había de pensar en él, había pasado a ser un pesonaje nuevo; no obstante, yo lo unía con una línea espuria, secundaria y transversal a nuestro invitado de otro tiempo y (...) repasé -con sensación de verguenza y lamentando no poder borrarlos- los años en que -ante el mismo Swann que en aquel momento se encontraba delante de mí en los Campos Elíseos y a quien Gilberte tal vez no hubiera dicho, por fortuna, mi nombnre- había hecho yo tantas veces el ridículo al pedir, por mediación de terceros, a mamá que subiese a mi cuarto a darme las buenas noches, mientras tomaba el café con mi padre, mis abuelos y él en la mesa del jardín. (pp.425-426)
La secuencia es especialmente interesante en tanto parece convocar la evocación de una evocación; el narrador, en su edad madura, recuerda que en algún momento de su adolescencia o preadolescencia recordó un momento de su infancia, motivado por necesidades del momento. El efecto es delicado, casi tenue, pero de alguna manera toda la reconstrucción del personaje de Swann según lo ve el narrador gira en torno a esa evocación.


domingo, 7 de octubre de 2012

Páginas 410-419

Justo antes de partir hacia Venecia y Florencia el narrador cae enfermo. No queda muy claro de qué enfermedad sufre, pero sí que por al menos un año no debe exponerse a "cualquier causa de agitación" (p.412). Esto hace pensar, por supuesto, que su dolencia tiene un origen nervioso. Es curioso como se oculta este padecimiento del narrador; más adelante en la novela se internará, de hecho, en una casa de reposo para enfermos psiquiátricos, sin que se nos cuente gran cosa al respecto (y este es uno de los "vacíos" más grandes de En busca del tiempo perdido); hay, entonces, cierto rechazo a nombrar la enfermedad, a narrarla.
Las vacaciones siguen, entonces, y el narrador, aparentemente recuperado, da largos paseos por los Campos Eliseos, acompañado por Françoise.
Un día en que me aburría en nuestro lugar acostumbrado junto al tiovivo, Françoise me llevó de excursión (...) a aquellas zonas vecinas, pero ajenas, en las que los rostros eran desconocidos y por las que pasaba el carro tirado por cabras (...) mientras esperaba, pisaba yo el gran césped ralo y raso, amarillecido por el sol, en cuyo extremo el estanque estaba dominado por una estatua, cuando una muchacha que estaba poniéndose el abrigo y guardando su chaqueta gritó con voz imperiosa -dirigiéndose a otra, pelirroja, que jugaba al volante delante del pilón- desde la alameda: "Adiós, Gilberte, me marcho: no olvides que esta noche iremos a tu casa después de cenar". Aquel nombre de Gilberte pasó junto a mí, evocando tanto más la existencia de aquella a quien designaba cuanto que no sólo la nombraba como una ausente de la que se habla, por decirlo así, con una potencia que intensificaba la curva de su trayectoria y la proximidad de su objetivo, transportando consigo -lo sentí- el conocimiento, las nociones que la amiga que la llamaba -no yo- tenía de auqella a quien iba dirigido -todo lo que, mientras lo pronunciaba, volvía a ver, o al menos guardaba en su memoria, de su intimidad cotidiana: de las visitas que se hacían una en la casa de la otra, de todo aquel mundo desconocido, aún más inaccesible y doloroso para ´mi por ser, al contrario, tan familiar y cómodo para aquella muchacha feliz... (pp.412-413)
El narrador siente la familiaridad de la chica con Gilberte y sufre por no compartirla. A la hija de Swann y Odette ya la había conocido en sus paseos por el lado de Méséglise (páginas 150-159); las ensoñaciones marcadamente eróticas que aparecen en ese momento de la narración hacían pensar que el protagonista era un adolescente; sin embargo, en estas páginas la insistencia en el relato de los juegos con los que se entretienen Gilberte y sus amigas y amigos evoca más bien la infancia. A la vez, el enamoramiento que comienza a describirse (los celos del narrador a las amigas, los pensamientos recurrentes, la obsesión a la Swann) vuelve a evocar la adolescencia. Se trata de otro ejemplo evidente de la indeterminación que construye Proust en relación a la edad de su personaje.

sábado, 6 de octubre de 2012

Páginas 401-409

La tercera sección de Por el camino de Swann comienza retomando un tema de "Combray": el de la percepción de las habitaciones en que durmió el narrador y sus recuerdos de ellas. "Entre las alcobas cuya imagen evocaba yo con mayor frecuencia en mis noches de insomnio, ninguna se parecía menos a la de Combray (...) que la del Gran Hotel en Balbec" (p.401). Es interesante ya desde el comienzo la idea de las "noches de insomnio", que de alguna manera simplifica y resume la compleja introducción a la primera parte de "Combray", con sus célebres -al decir de uno de los lectores que rechazó el libro para su publicación- "vueltas en la cama" del narrador. Joyce escribió, también famosamente, que su Finnegans Wake -otro de los grandes monumentos de la alta modernidad literaria, junto a la novela de Proust- estaba escrito para "un lector ideal sufriendo de un insomnio ideal".
A la evocación de la alcoba en el hotel siguen evocaciones de Balbec, y una vez más el tema del desencuentro entre lo que imaginamos de un lugar y lo que realmente encontramos cuando estamos allí:
Pero nada se parecía menos también al Balbec real que aquel con el que yo había soñado con frecuencia, en los días de tormenta, cuando el viento era tan fuerte, que Françoise, al llevarme a los Campos Elíseos, me recomendaba no caminar demasiado cerca de las paredes para que no me cayeran tejas en la cabeza (...) No había cosa que deseara yo tanto como ver una tormenta en el mar, menos como un espectáculo hermoso que como un momento revelado de la vida real de la naturaleza, o, mejor dicho, para mí no había otros espectáculos hermosos que los que no estaban -lo sabía- organizados artificialmente para darme placer, sino que eran necesarios, inalterables: las bellezas de los paisajes o del gran arte. Sólo sentía curiosidad, avidez, por conocer lo que consideraba más verdadero que yo mismo, lo que tenía para mí el valor de mostrarme un poco del pensamiento de un gran genio o de la fuerza o la gracia de la naturaleza, tal como se manifiesta a sí misma, sin la intervención de los hombres. (p.402).
Aquí el narrador incorpora las palabras de Legrandin sobre Balbec, pero curiosamente difieren de las ya citadas, como si se tratara de un juego de variaciones recurrente en el personaje:
"En ellas sentimos aún bajo nuestros pasos", decía Legrandin, "mucho más que en el propio Finiestère -y aun cuando ahora se superpusieran a ellas hoteles sin poder modificar la más antigua osamente de la tierra-, el antiguo fin de la tierra francesa y europea, de la tierra antigua. Y es el último campamento de pescadores, semejantes a todos los que han vivido desde el comienzo del mundo, frente al reino eterno de las nieblas del mar y las sombras" (p.402-403).
Es interesante comparar este párrafo con el que encontramos en las páginas 140-149, cuando Legrandin habla de ""...¡Balbec! La más antigua osamenta geológica de nustro suelo, en verdad Ar-Mor, el Mar, el fin de la tierra, la región maldita que Anatole France -un encantador al que debería leer nuestro amiguito- tan bien describió, bajo sus eternas brumas, como el verdadero país de los Cimerios en la Odisea..." (p.141). Vemos que todos los elementos de la evocación que encontramos en las primeras páginas de "Nombres de países: el nombre" están también presentes en el otro rincón del libro: la idea de "osamenta geológica", el "fin de la tierra" y las nieblas o "brumas".
También reaparece Swann, que evoca la iglesia de Balbec y sus particularidades arquitectónicas: "La iglesia de Balbec, de los siglos XII y XIII, a medias románica aún, tal vez sea la más curiosa muestra del gótico normando y tan singular, que parece arte persa" (p.403).
El narrador imagina a los pescadores invocados por Legrandin viviendo en aquella Edad Media, "agrupados en un punto de las costas del Infierno, a los pies de los farallones de la muerte". Sin embargo, en lugar de visitar el balneario en la costa, los padres del narrador deciden pasar las vacaciones en Italia. "A aquellos sueños de tormenta que (...) me habían colmado substituía de pronto en ´mi (...) el sueño contrario de la primavera más esmaltada" (p.404).
Venecia será un centro de futuras secciones del libro, como también Balbec, pero por ahora tenemos que:
...si bien esos nombres [Balbec, Venecia, Florencia] absorbieron por siempre jamás la imagen que yo tenía de esas ciudades, lo hicieron transformándola, sometiendo su reaparición en mi a sus propioas leyes, con lo que la volvieron más hermosa -pero también más distinta- de lo que podían ser en realidad las ciudades de Normandía o Toscana... (p.405)
El narrador pasa a hablar de los nombres, no de los lugares. Su mundo se ha expandido, pero antes que nada tiene la imaginación que ciertas palabras ("nombres de países: el nombre", recordemos) despiertan en su mente:
¿Cómo elegir -lo mismo que entre individuos, que no son intercambiables- entre Bayeux, tan alta en su noble encaje rojizo y cuyo pináculo iluminaba en viejo oro de su última sílaba: Vitré, cuyo acento agudo cubría con rombos de madera negra la vidriera antigua; el dulce Lamballe, cuyo blanco oscila entre el ocre cáscara de huevo y el gris perla; Coutances, catedral normanda, cuya desinencia, gruesa y amarilleante, la corona con una torre de mantequilla; Lannion, con el ruido, en su silencio aldeano, del coche seguido de la mosca; Questambert, Pontoroson, risibles e ingenuos, plumbas blancas y picos amarillos desparramados por la carretera de aquellos lugares fluviales y poéticos; Benodet, nombre apenas amarrado que parece arrastrar el río por entre sus algas; Pont-Aven, elevación blanca y rosa del ala de una cofia ligera que se refleja temblando en un agua verdecida de canal; Quimperlé, con mejor sujeción, y desde la Edad Media, entre los arroyos con los que susurra y se adorna en un gris parecido al que dibujan -a traves de las telas de araña de una vidriera- los rayos de sol convertidos en puntas romas de plata bruñida?
Aquellas imágenes eran falsas por otra razón; es que estaban muy simplificadas; seguramente había yo encerrado en el refugio de los nombres aquello a lo que aspiraba mi imaginación y que mi sentidos tan sólo percibian -incompleto y desapacible- en el presente; seguramente porque había yo acumulado sueños en ellos... (p.407)

viernes, 5 de octubre de 2012

Páginas 390-400

El final de "Un amor de Swann". En estas páginas vemos al pobre Charles recorriendo prostíbulos en espera de encontrar alguna mujer que pueda darle información sobre Odette y su pasado, sin suerte más allá de algún chisme interesante sobre el príncipe Des Laumes o los ojos celestes de una chica. Es, quizá, el punto más bajo de su obsesión, y, proverbialmente, no sólo no podrá bajar más sino que -como en el ciclo de los arcanos mayores del Tarot- el consabido rayo de luz se le aparece cuando la oscuridad es más densa. Así, poco después nos enteramos de que los Verdurin han comprado un yate y pasan mucho tiempo navegando, en compañía de Odette.
En cierta ocasión, en que se habían marchado sólo -creían- por un mes, de Argel fueron a Túnez y después (...) a Italia, luego a Grecia, a Constantinopla, a Asia Menor. El viaje duraba ya más de un año. Swann se sentía de lo más tranquilo, casi feliz. (p.392)
Mientras Odette pasea por el Mediterráneo con los desagradables Verdurin, Swann se encuentra con la esposa del doctor Cottard, que le comenta que Odette seguramente lo extraña.
"Por lo demás", añadió la Sra. Cottard, "la Sra. de Crécy estaba con nosotros y con eso está dicho todo. Esté donde esté, Odette nunca puede pasar mucho tiempo sin hablar de usted. Y, como se imaginará, no precisamente mal. ¡Cómo! ¿Lo duda?", dijo, al ver un gesto escéptico de Swann.
Y, dejándose llevar por la sinceridad de su convicción y sin atribuir, por lo demás, sentido negativo alguno a aquella palabra, sino sólo el que tiene cuando se empeña para hablar del afecto que une a unos amigos, añadió:
"Pero, ¡si lo adora! ¡Ah! ¡Creo que no se podría decir eso de usted delante de ella! ¡Cómo se pondría! A propósito de cualquier cosa -si veíamos un cuadro, por ejemplo- decía "¡Ah! Si él estuviera aquí, bien que sabría decir si es auténtico o no. Para eso no tiene igual". Y en todo momento se preguntaba: "¿Qué estará haciendo ahora mismo? ¡Si al menos trabajara un poco!" (...) E incluso hizo un comentario muy bonito. La Sra. Verdurin estaba diciéndole: "Pero ¿cómo puede ver lo que está haciendo en este momento, estando, como está, a ochocientas leguas de él?" . Entonces Odette le respondió: "Nada es imposible para los ojos de una amiga". No, se lo juro, no le digo esto para halagarlo, tiene usted en ella a una amiga de verdad, como hay pocas". (p.394-395)
Estas palabras llenan de paz a Swann.
La  Sra. Cottard, mejor terapeuta que su marido, había injertado -junto a los sentimientos enfermizos que Swann abrigaba por Odette y para contrarrestarlos- otros -normales- de gratitut, de amistad, que volverían a Odette más humana -más parecida a las demás mujeres, porque otras mujeres podían también inspirárselos- en el alma de Swann, acelerarían su transofrmación definitiva en aquella Odette amada con afecto apacible (...) y junto a la cual Swann había vislumbrado la posibilidad de vivif feliz. (p.395)
Sigue la descripción -bastante extensa y en ese sentido inédita en la novela- de un sueño de Swann, que parece demandar una interpretación (y en ese sentido parece darle la razón a Harold Bloom cuando dice que Proust es uno de los principales competidores de Freud) y que da un paso más en la incorporación de elementos distanciadores y artificiales a la "novela" sobre Swann, a la vez que la acerca al resto del libro incorporando una referencia al abuelo del narrador.
El sueño en cierto modo termina de cambiar a Swann. La sección termina de la siguiente manera:
Pero, mientras que, una hora después, daba indicaciones al peluquero para que no se le deshiciera el peinado en el tren, volvió a pensar en su sueño, volvió a ver (...) la pálida tez de Odette, las mejillas demasiado delgadas, las facciones descompuestas, las ojeras, todo lo que (...) había dejado de notar desde los primeros tiempos de su relación, a los que seguramente, mientras dormía, había ido su memoria a buscar la sensación exacta. Y con aquella grosería intermitente que reaparecía en él (...) exclamó para sus adentros "¡Y pensar que he desperdiciado años de mi vida, he querido morir y he sentido mi mayor amor por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!" (p.400)
Como Alex al final de La naranja mecánica, Swann podría decir "I was cured all right". La obsesión por Odette parece haber desaparecido: Swann recuerda todo aquello que lo separaba de ella en los tiempos previos al amor, logra verla -como facilitaron las palabras de la Sra. Cottard- como una mujer más... y ni siquiera una especialmente bella.
Sin embargo, pronto se casa con ella y tiene una hija, Gilberte.
Otro punto de interés de este final es como devuelve al lector todas sus dudas con respecto a la cronología. ¿Cuánto tiempo de la vida de Swann ocuparon estos acontecimientos? ¿Cuánto duro el amor de Swann? "He desperdiciado años de mi vida", dice Swann. Nunca sabremos exactamente cuántos, por supuesto, como tampoco sabremos a qué edad del narrador sucedió el incidente del beso de la madre y la lectura de François le Champi (páginas 40-49) o el episodio de la magdalena (páginas 50-59), ni, mucho menos, el año exacto en que Swann cenó con los Verdurin por primera vez o el narrador escribió su primera página literaria. Que Proust nos recuerde esta incertidumbre al final de su novela-dentro-de-la-novela es perfectamente legible como un gesto metanarrativo.

jueves, 4 de octubre de 2012

Páginas 380-389

Finalmente Swann logra sacarle a Odette algo parecido a una confesión:
"...Dime, por tu medalla, si has hecho esas cosas alguna vez o no".
"Pero, ¡yo qué sé!", exclamó ella con cólera. "Tal vez hace mucho tiempo y sin darme cuenta de lo que hacía -dos o tres veces".
Swann había previsto todas las posibilidades. Así, cpues, la realidad es algo que no guarda relación alguna con las posibilidades, tan poca como una cuchillada -en el momento en que la recibimos- con los ligeros movimientos de las nubes por encima de nuestra cabeza, ya que aquellas palabras -"dos o tres veces"- se le grabaron como una cruz en el corazón. (p.381)
También descubre Swann que una de esas oportunidades aconteció más o menos al mismo tiempo que sus primeras citas.
Aquel segundo golpe recibido por Swann fue más atroz aún que el primero. Nunca había supeusto que fuera algo tan reciente, oculto a sus ojos, que no habían sabido descubrirlo: no era un pasado que no había conocido, sino en aquellas noches que recordaba tan bien, que había vivido con Odette, que había reído conocer tan bien y que ahora cobraban, retrospectivamente, un cariz pérfido y atroz... (p.384).
Las investigaciones de Swann pasan a concentrarse en detalles. ¿Odette estuvo alguna vez en un prostíbulo? ¿Cuándo conoció en verdad a Forcheville? ¿Las excusas que daba Odette para ausentarse a veces de las veladas de los Verdurin y salir con Swann también le habían sido ofrecidas a él para disfrazar un encuentro con Forcheville? Las respuestas -verdades o mentiras-, y las otras preguntas que proliferan a partir de esa mínima información, terminan por abrumarlo:
Junto con aquel momento -la primera noche en que habían "hecho catleyas"- ¿cuántos otros debía de haber habido, encubridores también de una mentira que Swann no había sospechado? Recordó que un día ella le había dicho: "Bastará con que diga a la Sra.Verdurin que mi vestido no estba listo, que mi cab llegó tarde: siempre hay formas de arreglarse". Muchas veces en que ella le había dicho palabras así, que explican un retraso, justifican un cabio de hora en una cita, debía de haberle ocultado también (...) algo que había de hacer con otro, a quien habría dicho: "Bastará con que diga a Swann que mi vestido no estaba listo, que mi cab llegó tarde" (p.389).

miércoles, 3 de octubre de 2012

Páginas 370-379

Después de rematar la increíble descripción narrativa de la sonata, el narrador nos cuenta que los sentimientos de Swann hacia Odette tuvieron un giro después de la velada en casa de la marquesa:
...Swann comprendió que nunca renacería el sentimiento que Odette había experimentado por él, que sus esperanzas de dicha ya no se materializarían. Y los días en que por casualidad ella estaba aún amable y cariñosa, en que tenía alguna atención con él, notaba esos signos aparentes y engañosos de un ligero regreso hacia é, con esa solicitud enternecida y escéptica, esa alegría desesperada, de quienes, al atender a un amigo que ha llegado a los últimos días de una enfermedad incurable, relatan como preciosos hechos así: "Ayer, hizo sus cuentas él mismo y fue él quien encontró en una suma un error que habíamos cometido nosotros; comió un huevo con gusto; si lo digiere bien mañana probaremos con una chuleta", aunque sepan que carecen de significado en la víspera de una muerte inevitable. (p.371)
A la vez,
A veces abrigaba [Swann] la esperanza de que ella muriese en un accidente sin sufrir: ella, que pasaba el día fuera, en las calles, en las carreteras. Y, como volvía sana y salva, él admiraba que el cuerpo humano fuese tan ágil y fuerte, que pudiese mantener continuamente a raya, desbaratar, todos los peligors que lo rodean... (p.373).
Pero los celos y las sospechas paranoicas no mueren. Un día le llega a Swann una carta anónima, en la que cree distinguir tres posibilidades: la autoría de Charlus, del príncipe Des Laumes (futuro duque de Guermantes) y de su amigo d'Orsan. No le resulta posible concluir al respecto, pero las acusaciones a Odette planteadas en la carta lo llenan de dudas: entre otras cosas, se sugiere que Odette tuvo varias amantes mujeres, entre ellas la Sra. Verdurin. Swann en un principio no lo cree (la idea lo repele), pero no puede dejar de especular.
Si se la hubiesen descrito tal como era -o, mejor dicho, tal como había sido durante tanto tiempo con él-, pero junto a otro hombre, habría sufrido, pues aquella imagen le habría parecido verosímil. Pero que fuera a las casas de citas, que se entregara a orgías con mujeres, ¡qué divagación insensata! (...)
Un día, en el período de calma más largo por el que aún había podido atravesar sin ser presa de ataques de celos, había aceptado ir al teatro con la princesa Des Laumes. Tras abrir el periódico para ver qué obra estaban representando, la vista del título -Las muchachas de mármol de Théodore Barrière- le asestó un golpe tan cruel, que hizo un movimiento de retroceso y desvió la cara. Iluminado como por la luz de las candilejas, en el nuevo sitio en que figuraba, aquella palabra -"marmol" (...)- había vuelto a resultarle visible y le había hecho recordar al instante aquella historia que Odette le había contado en otro tiempo de una visita al Salón del Palacio de la Industria con la Sra. Verdurin y en la que ésta le había dicho: "Ten cuidado, que no eres de mármol y yo sabré deshelarte". Odette le había asegurado que había sido una simple broma y él no le había atribuido la menor importancia, pero entonces tenía más confianza en ella. Y precisamente la carta hablaba de amores de esa clase. (pp.377-378).
Los "argumentos" de Swann son, por supuesto, extremadamente paranoicos. Pero aquí también Swann se convierte en el "precursor" del narrador, a ambos en variaciones sobre un mismo tema. Más adelante, entonces, el narrador tendrá las mismas dudas sobre los gustos lésbicos de Albertina (un tema que, además, había sido esbozado en la sección "Combray" -páginas 170-179-, en relación a Vinteuil, cuya conexión a Swann ya quedó establecida).


martes, 2 de octubre de 2012

Páginas 360-369

En la velada de la marquesa de Saint-Eveurte, Swann, a punto de retirarse, escucha la sonata de Vinteuil.
Pero de pronto fue como si ella [Odette] hubiera entrado y aquella aparición le provocó un sufrimiento tan desgarrador, que hbo de llevarse la mano al corazón (...) Y, antes de que Swann hubiera tenido tiemop de comprender y decirse "Es la frasecita de la sonata de Vinteuil, ¡no la escuchemos!", todos sus recuerdos de la época en que Odette estaba prendada de él y que hasta aquel día había logrado mantener invisibles en las profundidades de su ser, engañador por aquel repentino destello de la época del amor, se habían despertado -creyéndolos de regreso- y, a todo vuelo, habían vuelto a subir a cantarle con locura, sin piedad por su infortunio presente, los olvidados estribillos de la felicidad. (pp.362-363).
La frase de la sonata golpea a Swann; opera una suerte de escena de memoria involuntaria, un poco similar a la de la magdalena en la sección "Combray", pero Swann maneja la epifanía de manera diferente al narrador, y logra enfocar su atención en la música y su autor.
Y el pensamiento de Swann, con un arranque de piedad y ternura, se centró por primera vez en aquel Vinteuil, aquel hermano desconocido y sublime, que tanto debía de haber sufrido también: ¿cómo habría sido su vida? ¿Cuáles habrían sido los dolores en cuyo fondo había obtenido aquella fuerza de un dios, aquel poder ilimitado para crear? Cuando era la frasecita la que hablaba a Swann de la vanidad de sus sufrimientos, le resultaba dulce aquella misma cordura que, sin embargo, antes -cuando creía leerla en los rostros de los indiferentes que consideraban su amor como una divagación sin importancia- le había parecido intolerable. Es que (...) la frasecita veía, al contrario, algo en ellos, no -como toda aquella gente- menos serio que la vida positiva, sino tan superior, al contrario, que era lo único que valía la pena expresar. Lo que intentaba imitar, recrear, la frasecita era aquellos encantos de una tristeza íntima y hasta había captado, había vuelto visible, su esencia, que es, sin embargo, la de ser incomunicables y parecer frívolos a quienquiera que no los experimente. (p.366)
Las páginas siguientes desmenuzan la frase, la sonata y las sensaciones y emociones de Swann al experimentarlas:
...Con ello, la frase de Vinteuil -como cierto tema de Tristán, por ejemplo, que nos representa también cieta adquisición sentimental- se había encarnado en nuestra condición mortal, había adquirido cieta humanidad que resultaba bastante conmovedora. Su suerte estaba ligado al futuro, a la realidad de nuestra alma, uno de cuyos ornamentos más particulares y más diferenciados, era. Tal vez la nada sea lo verdadero y todo nuestro sueño sea inexistente, pero entonces sentimos que también esas frases musicales, esos conceptos existentes en relación con él, deberán ser nada. Pereceremos, pero tenemos como rehenes a esas cautivas divinas que conocerán también nuestra suerte y con ellas la muerte resulta algo menos amarga, menos carente de gloria, menos probable tal vez.
Así, pues, Swann no andaba errado al creer que la frase de la sonata existía realmente. Cierto es que, pese a ser humana desde ese punto de vista, pertenecía a un orden de criaturas sobrenaturales y que nunca hemos visto, pero que, aun así, reconocemos, arrobados, cuando algún explorador de lo invisible llega a captar una de ellas, a traerla desde el mundo divino al que tiene acceso, para que brille unos instantes por encima del nustro. Eso era lo que había hecho Vinteuil con la frasecita. Swann sentía que el compositor se había contentado con revelarla mediante sus instrumentos de música, volverla visible, seguir y respetar su dibujo con mano tan tierna, prudente, delicada y segura, que el sonido se alteraba en todo momento, difuminándose para indicar una sombra, revivificando cuando debía seguir la pista de un contorno más audaz. Y una prueba de que Swann no se equivocaba cuando creía en la existencia real de aquella frase es la de que, si Vinteuil, por haber tenido menos poder para ver y reproducir sus formas, hubiera intentado enmascarar -añadiendo aquí y allá trazos de su cosecha- las lagunas de su visión o las insuficiencias de su mano, cualquier entendido un poco sutil habría advertido enseguida la impostura. (p.369)
Es evidente aquí una concepción platónica del arte: Vinteuil percibe una entidad que trasciende nuestro mundo y la reproduce en su sonata, la vuelve visible para los seres humanos. Y la posible "impostura" -es decir la "invención" de elementos no presentes en la entidad original, una suerte de impureza o contaminación- sería detectable por cualquier "entendido" asi sea "un poco sutil", como si se plantease una estética en la que ese "arte impuro" es de alguna manera inferior al auténtico, al de Vinteuil en su sonata. Proust, de todas formas, no establece la relación platónica de imitación -de naturaleza inferior- de una idea: quizá la sonata sea esa entidad misteriosa vuelta visible, y no necesariamente una representación. O quizá la obra de arte -como las diferentes epifanías del narrador- sea una suerte de portal hacia esa realidad superior, de manera que si esa vía de acceso está contaminada la experiencia de fundirse con la entidad misteriosa no es del todo satisfactoria.
Otro punto de especial interés en estas páginas es la notoria construcción de la línea Vinteuil - Swann - Narrador, una suerte de comunidad de espíritus afines que queda especialmente clara desde que Swann -según nos cuenta el narrador, y no olvidemos la evidente elaboración novelística -es decir aritifical- de esta novela-dentro-de-la-novela que es "Un amor de Swann"- llama "hermano" al músico.

lunes, 1 de octubre de 2012

Páginas 350-359

Sigue la escena en torno a la música de Chopin. El pianista aborda una polonesa, pero no logra llamar la atención de algunos de los presentes, entre ellos la princesa Des Laumes.
Tras haber concluído el preludio, el pianista, que debía interpretar dos fragmentos de Chopin, había acometido al instante una polonesa. Pero, desde que la Sra. de Gallardon había indicado a su prima la presencia de Swann, ya podía haber acudido Chopin redivivo a tocar en persona todas sus obras, que la Sra. Des Laumes no habría podido prestarle atención. Formaba parte de una de esas dos mitades del género humano en la que la curiosidad que la otra siente por las personas desconocidas queda substituida por el interés que le inspiran las conocidas. (p.352)
Poco después la princesa y Swann se encuentran.
"¡Ah! ¡Aquí está la encantadora princesa! Miren, ha venido a propósito de Guermantes para escuchar el San Francisco de Asís de Liszt y sólo ha tenido tiempo, como un hermoso alionín, de ir a picar, para ponérselas en la cabeza, unas bayitas de madroño y de majuelo; aún lleva incluso unas gotitas de rocío, un poco de la escarcha que debe de hacer gemir a la duquesa. Es muy bonito, mi querida princesa".
"¡Cómo! ¿Ha venido la princesa ex profeso de Guermantes? Pero, ¡eso es demasiado! No lo sabía, estoy confusa!, exclamó, ingenua, la Sra. de Saint-Euverte, poco habituada a las agudezas de Swann y, tras examinar el peinado de la princesa, añadió: "Pues es verdad, imita... ¿cómo diría yo?, no a las castañas, no. ¡Oh! Es una idea estupenda, pero, ¿cómo podía conocer la princesa nustro programa? Ni siquiera a mí me lo habían comunicado los músicos".
Swann, habituado -cuando estaba junto a una mujer con la que había mantenido usos galantes del lenguaje- a decir cosas delicadas que mucha gente de mundo no comprendía, no se dignó explicar a la Sra. de Saint-Euverte que se trataba de una simple metáfora. En cuanto a la princesa, rompió a reír a carcajadas, porque el ingenio de Swann era extraordinariamente apreciado en su clan y también porque no podía oír un cumplido dirigido a ella sin ver en él las gracias más refinadas y una comicidad irresistible. (p.358)
Swann y la princesa demuestran una complicidad especial, por completo alejada de la incomodidad evidente en las veladas de los Verdurin.
...Swann y la princesa tenían una misma forma de juzgar las cosas nimias, cuyo efecto -a menos que no fuese su causa- era una gran analogía en el modo de expresarse e incluso en la pronunciación. Esa semejanza no sorprendía, porque nada había más diferente que sus dos voces. Pero, si se lograba eliminar, con el pensamiento, de las palabras de Swann la sonoridad que las envolvía y los bigotes por entre los cuales salían, se advertía que eran las mismas frases, las mismas inflexiones: el estilo del clan Guermantes. Para las cosas importantes, Swann y la princesa no tenían las mismas ideas sobre nada. Pero desde que Swann estaba tan triste y sentía siempre como ese escalofrío que precede al momento en que se declara el llanto, tenía la misma necesidad de hablar de la pena que un asesino de su crimen. (p.359).

Páginas 340-349

Swann asiste a una velada en la casa de la marquesa de Saint-Eveurte, y después de una descripción de los "gigantescos lacayos, que dormían aquí y allá sobre banquetas y cofres y que, alzando sus nobles perfiles agudos de lebreles, se levantaron y formaron un círculo" (p.340), se nos cuentan las particularidades del modo de vestir y la personalidad de varios de los presentes. Una de las invitadas es la princesa Oriane Des Laumes, que más adelante se convertirá en duquesa de Guermantes (como la encontramos en "Combray", páginas 180-189), y asistimos en torno a ella a una escena de las tan reiteradas en esta parte de la novela y relativa a los gustos musicales de la aristocracia parisina.
Swann, embargado por una ironía melancólica, las contemplaba escuchando el intermedio de piano (San Francisco hablando a las aves de Liszt), que había sucedido al aire de flauta, y seguir el vertiginoso juego del artista: la Sra. de Franquetot con ansiedad, con ojos extraviados, como si las teclas que el pianista reocrría con agilidad hubieran sido una serie de trapecios a una altura de ochenta metros de los que podía caer y no sin lanzar a su vecina miradas de asombro, de denegación, que significaban: "Es increíble, nunca habría imaginado que un hombre pudiera hacer algo así"; la Sra. de Cambremer, como mujer que había recibido una sólida educación musical, marcando el compás con su cabeza transformada en balancín de metrónomo, cuyas amplitud y rapidez de oscilaciones de uno a otro hombro (...) habían llegado a ser tales, que los solitarios se le enganchaban constantemente en las presillas del corpiño y se veía obligada a atusarse las uvas negras que llevaba en el pelo, sin por ello interrumpir su aceleración. (pp.345-346)
Más adelante,
...cuando el pianista concluyó el fragmento de Liszt e inició un preludio de Chopin, la Sra. de Cambremer lanzó a la Sra. de Franquetot una sonrisa enternecida de satisfacción competente y referencia al pasado. En su juventud había aprendido a acariciar las frases -de largo cuello sinuoso y desmesurado- de Chopin, tan libres, tan flexibles, tan táctiles, que comienzan buscando y tanteandu su lugar fuera y muy lejos de la dirección de su arranque, muy lejos del punto en que era de esperar su contacto, y tan sólo se entregan a esa digresión de fantasía para volver deliberadamente (...) a clavársenos en el corazón. (pp.348-349)
Sin embargo,
La Sra. de Cambremer lanzó una mirada furtiva tras sí. Sabía que su joven nuera (...) despreciaba a Chopin y sufría cuando lo escuchaba. Pero la Sra. de Cambremer, lejos de la vigilancia de aquella wagneriana, situada más allá con un grupo de personas de su edad, se abandonaba a impresiones deliciosas. También las experimentaba la princesa Des Laumes. Sin estar dotada por naturaleza para la música, había recibido quince años antes las clases que una profesora de piano del Faubourg Saint-Germain, mujer de talento reducida, al final de su vida, a la miseria, había empezado de nuevo a dar, a la edad de setenta años, a las hijas y a las nietas de sus antiguas alumnas. Ya había muerto. Pero su método, su hermoso sonido, renacían a veces bajo los dedos de sus alumnas, incluso de las que habían llegado a ser, en todo lo demás, personas mediocres, habían abandonado la música y casi nunca abrían un piano. Por eso, la Sra. Des Laumes pudo balancear la cabeza con pleno conocimiento de causa... (p.349).

Páginas 330-339

Siguen la obsesión de Swann, que ya compromete claramente su salud mental.
...llegaba incluso -mientras se desvestía- a acariciar pensamientos bastante alegres; con el corazón henchido de la esperanza de ir el día siguiente a ver alguna obra maestra, se metía en la cama y apagaba la luz, pero, en cuanto dejaba -a fin de prepararse para dormir- de ejrecer sobre sí mismo una violencia de la que -de lo habitual que había llegado a ser- ni siquiera tenía consciencia, en aquel instante mismo, refluía sobre él un escalofrío helado y se echaba a llorar. Ni siquiera quería saber por qué, se enjugaba los ojos y se decía riendo "¡Qué delicia! Me estoy volviendo un neurópata!. Después no podía pensar sin sentir un gran hastío en que el día siguiente había de volver a intentar averiguar lo que había hecho Odette, a movilizar influencias para intentar verla. Aquella necesidad de una actividad sin tregua, sin variedad, sin resultados, le resultaba tan cruel, que un día, al notarse un bulto en el vientre, sintió autétnica alegría pensando que tal vez tuviera un tumor mortal, que ya no iba a haber de ocuparse de nada, que la enfermedad lo regiría, haría de él su juguete, hasta el próximo fin. Y, en efecto, si en aquella época sentía con frecuencia -sin confesárselo- deseos de morir, era para escapar no tanto a la agudeza de sus sufrimientos como a la monotonía de su esfuerzo.
Y, sin embargo, le habría gustado vivir hasta la época en que hubiera dejado de amarla, en que ya no tendría ella motivo alguno para mentirle y podría al fin enterarse por ella de si, el día en que había ido a verla por la tarde, se había acostado o no con Forcheville (p.224).

Páginas 320-329

Swann no deja de pensar y repensar si debe enviarle a Odette el dinero para su viaje a Bayreuth.
Así, en virtud de los propios mecanismos de su enfermedad, después de haber creado celos con su amor, empezaba de nuevo a fabricar cariño, piedad, por Odette, que había vuelto a ser la Odette encantadora y buena. Se arrepentía de haber sido duro con ella. Quería que acudiera junto a él y antes quería haberle procurado algún placer, para ver la gratitud colmando su rostro y modelando su sonrisa.
Por eso, Odette, segura de verlo volver al cabo de unos días, tan cariñoso y sumiso como antes, a pedirle una reconciliación, se iba acostumbrando a no temer desagradarle e incluso irritarlo, y le negaba -cuando le resultaba conveniente- los favores que más apreciaba él. (p.321).
La vida de Swann se focaliza en Odette, en los celos, en las paranoias, hasta el punto que va renunciado poco a poco a todas sus pasiones.
Mientras que se veía obligado a excusarse ante las personas de mundo por no visitarlas, de lo que procuraba excusarse ante Odette era de hacerlo (...) y para cada una de sus visitas encontraba un pretexto: un regalo que llevarle, una información que necesitaba, haberse encontrado al Sr. de Charlus, que iba a verla y se había empeñado en que lo acompañara (p.238).
Aparece entonces una vez más el tío del narrador (a quien ya habíamos encontrado en "Combray", ver páginas 80-89), amigo de Odette:
...Swann, sabedor de que ella conocía y tenía mucho cariño a mi tío abuelo Adolphe, de quien él mismo había sido amigo, fue un día a verlo a su pisito de la Rue de Bellechasse para pedirle que recurriera a su influencia sobre Odette (...) Mi tío aconsejó a Swann que pasara un tiempo sin ver a Odette, lo que intensificaría su amor por él, y a Odette que dejase a Swann verse con ella dondequiera que lo deseara. Unos días después, Odette dijo a Swann que acababa de llevarse una decepción al ver que mi tío era igual que todos los hombres: acababa de intentar poseerla por la fuerza. Calmó a Swann, quien en el primer momento quiso ir a provocar a mi tío, pero, cuando se encontró con él, se nego a darle la mano. (p.328-329).
La figura del tío Adolphe me llena de pena: todo lo que se nos cuenta de él termina con alguien que decide no hablarle más. En cuanto a Odette, en estos momentos es fácil sentir que merece la "amistad" de los Verdurin y que los Verdurin la merecen a ella...

jueves, 27 de septiembre de 2012

Páginas 310-319

No es fácil para Swann encontrarse con Odette desde que dejó de frecuentar las cenas de los Verdurin. La pareja, cuyo odio a Swann parece crecer día a día, está haciendo lo imposible por fomentar la relación entre Forcheville y Odette. La oportunidad de ir Bayreuth a escuchar música de Wagner genera un nuevo episodio.
Odette le escribió [a Swann] que los Verdurin y sus amigos habían manifestado el deseo de asistir a aquellas representaciones de Wagner [en Bayreuth] y que, si él tenía la bondad de enviarle ese dinero [el necesario para alquilar una mansión cercana a donde se celebraba el festival], podría por fin -después de haber sido recibida con tanta frecuencia en casa de ellos [los Verdurin]- tener el placer de invitarlos, a su vez. De él no decía ni palabra: se sobreentendía que la presencia de los otros lo excluía.
Entonces tuvo el placer de enviarle aquella terrible respuesta cada una de cuyas palabras había preparado la víspera sin atreverse a esperar que pudiese servir jamás. Por desgracia, sabía de sobra que, con el dinero que ella tenía, o que lograría fácilmente, podría, de todos modos alquilar algo en Bayreuth, puesto que lo deseaba: ella: que no sabía distinguir entre Bach y Clapisson (p.318).
Es interesante recorrer el tema de la música (y la música y la sociedad) a lo largo de la novela. Gran parte de las reservas de Swann hacia Odette están, de hecho, vinculadas a los gustos musicales; el costado más caricaturesco de la Sra.Verdurin, además (y uno de los elementos de su personalidad que más dice odiar Swann), es el de su reacción forzada, fingida y exagerada hacia determinadas composiciones. Dime qué escuchas (o cómo hablas de lo que escuchas) y te diré quién eres.

Páginas 300-309

Sigue la tensión entre Swann y los Verdurin, quienes abiertamente hacen planes y no lo invitan, dándolo a entender teatral y exageradamente:

El Sr. y la Sra. Verdurin hicieron montar con elos a Forcheville y el coche de Swann se situó tras el de ellos, cuya marcha esperaba para hacer montar a Odette en el suyo.
"Odette, venga con nosotros", dijo la Sr.a Verdurin, "que tenemos un sitio para usted junto al Sr. de Forcheville".
"Sí, señora", respondió Odette.
"¡Cómo! Pero creía que iba a acompañarla yo!", exclamó Swann, pronunciando sin disimulo las palabras necesarias, pues la portezuela estaba abierta, era cuestión de segundos y, en el estado en que se encontraba, no podía volver a casa sin ella.
"Pero es que la Sra. Verdurin me ha pedido..."
"Pero, hombre, bien que puede usted volver solo, que ya se la hemos dejado muchas veces", dijo la Sra.Verdurin.
"Pero es que tenía que decirle una cosa importante".
"Bueno, pues dígasela por carta..."
"Adiós", le dijo Odette, al tiempo que le tendía la mano.
Él intentó sonreír, pero tenía expresión aterrada.
"¿Has visto los modales que se permite ahora Swann con nosotros?", dijo la Sra. Verdurin a su marido, una vez en su casa. "Parecía que iba a comerme, porque traíamos a Odette en nuestro coche. ¡Hay que ver qué impertinencia! ¡Ya sólo le falta decir que regenteamos una casa de citas!" (p.301)
Swann, por supuesto, ya detesta a los Verdurin.
Ya veía al pianista dispuesto para tocar la sonata Claro de luna y que los semblantes de la Sra.Verdurin, espantada ante el dolor que la música de Beethoven iba a causar en sus nervios: "¡Idiota, mentirosa!", exclamó, "¡Y ésa se cree que ama el arte!" (p.303)
Estas últimas palabras las pronuncia Swann hablando solo y caminando por las calles de París. La escena es dolorosamente patética.
Finalmente, Cottard pregunta a los Verdurin qué pasa que Swann no asiste más a las veladas.
"Pero, ¿es que no vamos a ver al Sr.Swann esta noche? Es lo que se dice un amigo íntimo del..."
"¡Espero que no!", exclamó la Sra.Verdurin. "Dios nos libre: es un pelma, un imbécil y un mal educado".
Ante aquellas palabras, Cottard manifestó al mismo tiempo su asombro y su sumisión, como ante una verdad contraria a todo lo que había creído hasta entonces, pero de una evidencia irresistible (...) Y en casa de los Verdurin no se volvió a hablar de Swann. (p.305)
Aqui aparece el primer salto de sección en "Un amor de Swann"; dos líneas en blanco y luego la narración  detalla la manera en que Swann y Odette se encuentran ya prescindiendo de las cenas de los Verdurin.

martes, 25 de septiembre de 2012

Páginas 290-299

Swann decide que debe investigar; ¿quién está en la habitación de Odette? Para averiguarlo llama a la puerta y aguarda: nadie responde. Insiste. Un momento después aparecen dos ancianos; extrañado, cuenta las ventanas: se había equivocado. La luz encendida no era la de Odette.
Como -cuando acudía a casa de Odette muy tarde- estaba habituado a reconocer su ventana por ser la única iluminada entre todas las demás, iguales, se había confudido y había llamado a la siguiente, que pertenecía a la casa contigua. Se alejó entre excusas y volvió a su casa, contento de que la satisfacción de su curiosidad hubiera dejado su amor intacto y de que, tras haber simulado dede hacía tanto como una indiferencia para con Odette, no le hubiera ofrecido, mediante los celos, la prueba de que la amaba demasiado, que dispensa por siempre jamás de amar bastante a aquel -de dos amantes- que la recibe. (p.291).
El tema de los celos queda definitivamente instalado a partir de esta segunda vez en que encontramos a Swann recorriendo la noche parisina movido por su amor por Odette (la primera había sido cuando ella se había retirado temprano de la casa de los Verdurin y él había salido a buscarla). Pronto Swann empezará a sospechar de Forcheville; una tarde, sin anunciarse, llama a la puerta de Odette pero nadie atiende. Swann da una vuelta por el barrio y regresa para insistir. Odette, ahora sí, lo recibe, y le explica que había estado dormida y que apenas había oído el timbre. Pero Swann no deja desospechar; más tarde ese mismo día, de hecho, cuando Odette le pide que le lleve unas cartas al correo,  descubre que una de ellas es para Forcheville.
Desde la estafeta volvió a su casa, pero se había quedado aquella última carta. Encendió una vela y le acercó el sobre, que no se había atrevido a abrir. Al principio, no pudo leer nada, pero el sobre era fino y,  pegándolo a la tarjeta dura de dentro, pudo a través de su transparencia leer las últimas palabras. Era una fórmula final muy fría. Si, en lugar de haber sido él quien mirara una carta dirigida a Forcheville, hubiera sido éste último quien hubiese leído una carta dirigida a Swann, ¡habría podido ver palabras mucho más cariñosas! (...) Por lo demás, no importaba, pues había visto lo suficiente para darse cuenta de que se trataba de un pequeño acontecimiento sin importancia y que nada tenía que ver con relaciones amorosas; era algo relacionado con un tío de Odette. Swann había leído perfectamente al comienzo de la línea: "He acertado al abrir: era mi tío". ¡Al abrir! Entonces Forcheville estaba ahí antes, cuando Swann había llamado al timbre y ella lo había hecho marcharse (...). Entonces leyó toda la carta; al final, se excusaba por su desenfado para con él y le decía que había olvidado sus cigarrillos en su casa, la misma frase que había escrito a Swann una de las primeras veces que éste había estado en su casa. Pero, en el caso de Swann, había añadido: "Si hubiese usted olvidado su corazón, no le habría permitido recuperarlo". En el caso de Forcheville, nada semejante: ninguna alusión que pudiera hacer suponer una intriga entre ellos (...) además, sus celos -como si tuvieran una vida independiente, egoísta, voraz con todo lo que los limentaría, aunque fuese a espensas de él mismo- se alegraban con ello. Ahora tenían un alimento y Swann iba a poder empezar a inquietarse todos los días por las visitas que Odette habría recibido hacia las cinco de la tarde, a intentar averiguar dónde se encontraba Forcheville a esa hora. (pp.298-299).

lunes, 24 de septiembre de 2012

Páginas 280-289

Los Verdurin siguen despotricando contra Swann:
"Fíjate", dijo la señora Verdurin, "que ha considerado oportuno lanzar contra Brichot algunas insinuaciones venenosas y bastante ridículas. Naturalmente, como ha visto que en esta casa lo apreciamos, era una forma de herirnos a nosotros, de denigrar nuestra cena. Se ve en él al buen copañero que te pone verde a la salida".
"Pero si ya lo dije yo", respondió el Sr.Verdurin: "es un fracasado, un pobre hombre envidioso de todo lo que tiene un poco de grandeza" (...)
Swann ignoraba aún la desgracia qu elo amenazaba en casa de los Verdurin y, movido por su amor, seguía viendo con buenos ojos sus ridiculeces (pp.281-282).
A medida que nos adentramos en "Un amor de Swann" más evidente se vuelven los artificios novelísticos: está claro que, si el narrador "reconstruyera" la historia de su amigo a partir de lo que otros le contaron, dificilmente podría haber tenido acceso a las conversaciones privadas de los Verdurin. En ese sentido, es notorio el caracter de "novela dentro de la novela" o incluso "ficción dentro de la ficción" que acusa esta sección de Por el camino de Swann.
También nos enteramos de que Swann "ayuda" económicamente a Odette con grandes sumas de dinero para sacarla de sus apuros. Evidentemente, no deja de reflexionar sobre el caracter de "mantenida" de su amante, pero "no pudo profundizar en aquella idea, pues en aquel momento le sobrevino su congénita apatía, intermitente y providencial, para apagar toda luz en su inteligencia, tan bruscamente como más adelante, cuando instalaron por doquier la iluminaci´no eléctrica, se podía cortar la electricidad en una casa" (p.284).
Finalmente la situación se desequilibria. Una noche Swann acompaña a Odette a su casa; ella afirma sufrir una jaqueca y le pide a Swann que la deje sola temprano y que "apagara la luz antes de marcharse".
Pero, cuando hubo vuelto [Swann] a casa, se le ocurrió de pronto la idea de que Odette esperara a alguien aquella noche, hubiera simulado la fatiga y le hubiese pedido que apagara tan sólo ara que creyera que iba a dormirse, de que, en cuanto se había marchado él, hubiera vuelto a encender la luz y hubiese hecho entrar a quien había de pasar la noche junto a ella. (p.288).
Swann sale de su casa pasada la medianoche y se encamina hacia el "hotelito" donde vive Odette.
Entre la obscuridad de todas las ventanas apagadas desde hacía mucho en la calle, vio una sola de la que salía (...) la luz que llenaba la alcoba y que, en tatas otras noches (...) le alegraba y le anunciaba: "Ahí está esperándote", y que ahora lo torturaba diciéndole: "Ahí está con aquel al que esperaba". (p.288-289).

domingo, 23 de septiembre de 2012

Páginas 270-279

En estas páginas prosigue el tema de la tensión entre Swann y los Verdurin y sus invitados, ahora centrada en ejemplos concretos, como las preferencias artísticas del primero en oposición al gusto un poco más "vulgar" de, por ejemplo, la esposa del doctor Cottard:
"Por lo demás [dijo la esposa de Cottard], creo que me decepcionará. No creo que sea comparable a Serge Panine, el ídolo de la Sr.a de Crécy. Ahí al menos hay temas de fondo, que hacen pensar, pero, ¡dar una receta de ensalada en la escena del Théâtre-Français! ¡Mientras que Serge Panine! Por lo demás, es todo como lo que sale de la pluma de Georges Ohnet: está siempre tan bien escrito. No sé si conocerá usted Le Maître de Forges, que yo prefiero incluso a Serge Panine"
"Perdóneme", le dijo Swann con expresión irónica, "pero confieso sentir más o menos la misma falta de admiración por esas dos obras maestras".
"¿De verdad? ¿Y qué les reprocha usted? ¿Es un prejuicio? ¿Le parece usted tal vez que son un poco tristes? (p.272)
Ohnet (1848-1918), que en realidad se llamaba Georges Hénot, fue un novelista francés, cabe pensar que olvidado ahora, que escribió una serie de novelas extremadamente populares, aunque desestimadas por la crítica. De su obra dijo Léon Bloy que  "la prose soumise opère une succion de cent mille écus par an sur l'obscène pulpe du bourgeois contempteur de l'art" ("su prosa sumisa succiona cien mil escudos por año al pulpo obsceno del burgués despreciador del arte", aproximadamente -el francés no es mi fuerte -por eso leo a Proust en traducción!).
Sería interesante poner a Ohnet en contraposición a Bergotte, un escritor (ficticio) celebrado en la novela y apreciado también por Swann. Cuando muere Bergotte, mucho más adelante en el libro, se describen las vidrieras de las librerías promocionando sus libros, esperando que se vendan más tras la muerte. Quizá, entonces, Proust sentía algo parecido a lo que dijo Bloy con relación a Ohnet -o al "tipo de novelista" que representa; o, mejor, prefirió señalar como el mercado termina apoderándose, de alguna u otra manera, de todos los artistas.
Más adelante en estas páginas aparece una pequeña "conspiración" de los Verdurin para separar a Swann de Odette:
"¡Qué hombre más encantador es su marido! Tiene ingenio para dar y tomar", declaró Forcheville a la Sra.Cottard (...)
"El Sr. de Forcheville considera encantadora a Odette", dijo el Sr.Verdurin a su mujer.
"Pues precisamente a ella le gustaría almorzar alguna vez con usted. Vamos a organizarlo, pero no debe enterarse Swann. Es que es, en verdad, un poco aguafiestas. Eso no le impedirá a usted venir a cenar, naturalmente, esperamos verlo muy a menudo" (p.279).

Páginas 260-269

El amor de Swann y Odette está íntimamente ligado a las cenas en la casa de los Verdurin. En estas páginas se sigue explorando la rutina de las veladas y más detalles de la percepción de Odette que tiene Swann.
Le gustaba -como todo lo que rodeaba a Odette y era en cierto modo la única forma como él podía verla, hablar con ella- la sociedad de los Verdurin. Allí (...) estaba la presencia de Odette, la visión de Odette, la plática con Odette, cuyo inestimable don hacían los Verdurin a Swann, al invitarlo, y él se encontraba en el "pequeño núcleo" más a gusto que en sitio alguno y procuraba atribuirle méritos reales, pues se imaginaba, así, que, por su gusto, lo frecuentaría toda la vida. (p.62)
Los Verdurin, en cambio, están empezando a cansarse de Swann:
Así, seguramente no había en todo el círculo Verdurin un solo fiel que los estimara -o creyera estimarlos- tanto como Swann. Y, sin embargo, cuando el Sr. Verdurin había dicho que Swann no acababa de hacerle gracia, no se había limitado a expresar su propio pensamiento: había adivinado también el de su mujer. (p.265).
Pronto entra en escena Brichot, un nuevo invitado a las veladas de los Verdurin, que no tiene los reparos de Swann a la hora de hablar de temas "profundos". Dado que esa tendencia de Swann a no sacar a la luz sus conocimientos ni darle a otros la oportunidad de alardear de los suyos (o de generar la apariencia de esa erudición) es una de las razones por la que no cae bien a los Verdurin, pronto Brichot, en contraste con Swann, se convertirá en una especie de nuevo "favorito" de los dueños de casa.


viernes, 21 de septiembre de 2012

Páginas 250-259

Sigue la descripción de la rutina en los primeros días de la relación entre Swann y Odette; la narración aquí se asemeja bastante a la de "Combray", en tanto el uso del pretérito imperfecto y las imprecisiones cronológicas dan esa sensación de "nebulosa" relativa al momento, que, sabemos, es anterior al nacimiento del narrador.A medida que se conocen un poco más, Swann detecta elementos de la personalidad de Odette que le desagradan, desde su mal gusto musical hasta sus ideas sobre la elegancia y la aristocracia. El narrador aprovecha para reflexionar sobre la recepción de las obras de arte y de la institución arte.
Y en aquellos momentos el placer que le daba la música y que no iba a tardar en crear en él una autentica necesidad, se parecía, en efecto, al que habría sentido al percibir perfumes, al entrar en contacto con un mundo para el que no estamos hechos, que nos parece sin forma, porque nuestros ojos no lo perciben, y sin significado, porque escapa a nuestra inteligencia y lo alcanzamos con un sólo sentido. Para Swann -cuyos ojos, aunque delicados gustadores de pintura, y cuyo entendimiento, aunque fino observador de las costumbres, llevaban para siempre la marca indeleble de la aridez de su vida-, era gran reposo, misteriosa renovación, sentirse transformado en un ser ajeno a la humanidad, ciego, desprovisto de facultades lógicas, casi un fantástico unicornio, un ser quimérico que sólo percibía el mundo por el oído. Y, como en la frasecita [de la sonata de Vinteuil] buscaba, sin embargo, un sentido hasta el que su inteligencia no podía descender, experimentaba una extraña embriaguez al despojar su alma más recóndita de todos los auxilios del razonamiento y hacerla pasar sola por el pasadizo, por el filtro obscuro, del sonido. Empezaba a darse cuenta de todo el dolor -y tal vez la insatisfacción secreta incluso- que encerraba la dulzura de aquella frase, pero no por ello sufría. (p.252)
Y en cuanto a Odette:
Se daba perfecta cuenta [Swann] de que ella no era inteligente. Al decirle que le gustaría tanto que le hablara de los grandes poetas, se había imaginado que iba a conocer en seguida composiciones heroicas y novelescas del tipo de las del vizconde de Borelli, pero aún más conmovedoras. En cuanto  a Vermeer de Delft, le preguntó si había sufrido por una mujer, si era una mujer la que le había inspirado y, después de que Swann le confesara que nada se sabía al respecto, se había desinteresado de ese pintor. (p.254).
Parte del "reflejo" de Swann y su amor por Odette en los posteriores capítulos de la novela aparece en las escenas en que asistimos a la "instrucción" de Albertina, la educación artística que le imparte el narrador.