jueves, 27 de diciembre de 2012

Páginas 239-248

Norpois parece entusiasmado con la obra de Bloch:
¿Cuáles eran los aspectos que el Sr. de Norpois no especificaba, pero respecto de los cuales parecía reconocer que Bloch y él estaban de acuerdo? ¿Qué opinión tenía, entonces, sobre el caso, en la que pudieran coincidir? Bloch estaba tanto más asombrado del misterioso acuerdo que parecía existir entre el Sr. de Norpois y él cuanto que versaba exclusivamente sobre la política, pero la Sra. de Villeparisis había hablado al Sr. de Norpois bastante por extenso de los trabajos literarios de Bloch.
"No es usted de su época", dijo a éste el antiguo embajador, "y lo felicito: no es usted de esta época en la que han dejado de existir los estudios desinteresados, en la que ya sólo se venden al público obscenidades o necedades. Si tuviéramos un gobierno, debería alentar esfuerzos como los suyos."
Bloch se sentía halagado de nadar solo en el naufragio universal, pero también a ese respecto habría deseado precisiones, saber a qué necedades se refería el Sr. de Norpois. Bloch tenía la sensación de laborar por la misma vía que muchos: no se había creído tan excepcional. Volvió al caso Dreyfus, pero no logró discernir la opinión del Sr. de Norpois. (p.239)
Una vez más, el narrador nos muestra cómo el asunto Dreyfus no sólo ha dividido a la sociedad parisina sino que sirve de plataforma para visibilizar las ideas y la personalidad de cada uno de los personajes. Los Guermantes, en general, son antidreyfusistas: exceptuando a Saint-Loup. Y al respecto, Basin, el duque, tiene algo que decir:
"...Cuando se llama uno marqués de Saint-Loup, no se puede ser dreyfusista, ¡qué quieres que te diga!"
El Sr. de Guermantes pronunció con énfasis estas palabras: "cuando se llama uno marqués de Saint-Loup". Sin embargo, sabía perfectamente que aún más era llamarse "el duque de Guermantes", pero, si bien su amor propio tenía tendencia a exagerar más bien la superioridad del título de duque de Guermantes, tal vez no fueran las reglas del buen gusto cuanto las leyes de la imaginación las que lo movían a disminuirlo. A todo el mundo resulta más hermoso lo que ve a distancia, lo que ve en los demás, pues las leyes generales que regulan la perspectiva en la imaginación se aplican tanto a los duques como a los demás hombres. No sólo las leyes de la imaginación, sino también las del lenguaje. Ahora bien, en aquel caso se podían aplicar una u otra de dos leyes del lenguaje. Una exige que nos expresemos como la gente de nuestra clase mental y no de nuestra casta de origen. (p.242)
Es interesante constatar -una vez más- el afán digamos "científico" del narrador: su seguridad a la hora de hablar de "leyes" del comportamiento; no menos interesante es apreciar ese giro hacia lo lingüístico que vincula las "leyes de la imaginación" a las "leyes del lenguaje".
Más adelante en la velada se insta a Norpois a detallar su posición ante el asunto Dreyfus:
"No cabe la menor duda (...) de que su deposición [la de Picquart, quien aportó pruebas a favor de Dreyfus] era necesaria. Sé que, al sostener esta opinión, he provocado a más de uno de mis colegas gritos desaforados, pero, a mi juicio, el Gobierno tenía el deber de dejar hablar al coronel. No se puede escapar de semejante callejón sin salida mediante una simple pirueta o, si no, se corre el riesgo de caer en un atolladero. Para el propio oficial, esa deposición causó en la primera audiencia una impresión de lo más favorable. Al verlo, con su hermoso uniforme de cazadores, que tan bien le sienta, ir a contar en tono totalmente sencillo y franco lo que había visto, lo que había pensado, decir "Por mi honor de soldado (...) ésa es mi convicción", no se puede negar que la impresión fue profunda."
"Ya está, es dreyfusista, ya no hay sombra de duda", pensó Bloch.
"Pero lo que le enajenó enteramente las simpatías que había podido granjearse antes fue su confrontación con el archivero Gribbelin, cuando se oyó a ese viejo servidor, a ese hombre que sólo tiene una palabra (...) cuando se lo vio mirar a los ojos a su superior, sostenerle la mirada y decirle en un tono que no admitía réplica: "Vamos a ver, mi coronel, sabe usted perfectamente que yo nunca he mentido, sabe usted que en este momento, como siempre, digo la verdad". El viento cambió de dirección. De nada sirvió al Sr. Picquart revolver Roma con Santiago en las audiencias siguientes, fracasó pura y simplemente."
"No, está claro que es antidreyfusista, más que el agua", se dijo Bloch. (pp.246-247)

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Páginas 229-238

En determinado momento de la velada hace su entrada Basin de Guermantes, que se pone a conversar con su esposa y la Sra. de Villeparisis sobre Rachel, la amante de Saint-Loup:
"¿Sabes de quien hablamos, Basin?", dijo la duquesa a su marido.
"Naturalmente, lo adivino", dijo el duque, "¡Ah! no es lo que se dice una actriz de primera."
"Nunca", prosiguió la Sra. de Guermatnes, dirigiéndose al Sr. de Argencourt, "podría usted imaginar algo más ridículo."
"Era incluso chistoso", interrumpió el Sr. de Guermantes, cuyo extraño vocabulario permitía a la vez a la gente de mundo decir que no era un bobo y a los letrados considerarlo el peor de los imbéciles.
"No puedo comprender", prosiguió la duquesa, "como Robert ha podido amarla jamás. ¡Oh! Sé perfectamente que no hay que hablar nunca de esas cosas", añadió con un bonito mohín de filósofa y sentimental desencantada. "Sé que cualquiera puede enamorarse de cualquiera. Y (...) eso es incluso lo hermoso del amor, porque es precisamente lo que lo vuelve misterioso".
"¡Misterioso! !Ah! Reconozco que me resulta un poco fuerte, querida prima", dijo el conde de Argencourt.
"Pues sí, es muy misterioso, el amor", prisiguió la duquesa con una dulce sonrisa de mujer de mundo amable, pero también con la intransigente convicción de una wagneriana que dice a un hombre del círculo que en La Walquiria no sólo hay ruido. "Por lo demás, en el fondo, no sabemos por qué una persona ama a otra; tal vez no sea en absoluto por lo que creemos", añadió sonriendo, con lo que de repente rechazaba con su interpretación la idea que acababa de emitir. "Y, además, es que en el fondo nunca sabemos nada", concluyó con expresión escéptica y cansada. "Por eso es verdad más inteligente: nunca hay que hablar de la elección de los amantes."
Pero, tras haber sentado aquel principio, lo trasgredió inmediatamente al criticar la elección de Saint-Loup.
"Miren, me parece, de todos modos, asombroso que se pueda encontrar seducción en una persona ridícula."
Al oir que hablábamos de Saint-Loup y comprendiendo que estaba en París, Bloch se puso a hablar tan espantosamente mal de él, que indignó a todo el mundo. Empezaba a sentir odios y se notaba que, para saciarlos, no retrocedería ante nada. (pp.232-233)
Pronto Oriane se refiere a la obra teatral que le vio representar a Rachel, y la opinión de su "inteligencia" que venía sosteniendo el narrador sufrirá un golpe:
"Es cosa de poco, verdad, y me anunció que permanecería tendida boca abajo sobre los peldaños. Por lo demás, si hubieran oído lo que decía, sólo conozco una escena, pero no creo que se pueda imaginar algo semejante: se llama Las siete princesas".
"Las siete princesas, ¡oh! ¡Sí, sí, qué esnobismo!", exclamó el Sr. de Argencourt. "¡Ah! Pero espere, conozco toda la obra. El autor se la envió al Rey, quien no comprendió nada y me pidió que se la explicara."
"¿No será por casualidad del Sâr Peladan?", preguntó el historiador de la Fronda para mostrar finura y actualidad, pero tan bajo, que su pregunta pasó inadvertida.
"¡Ah! ¿Conoce usted Las siete princesas?, respondió la duquesa al Sr. de Argencourt. "¡Lo felicito! Yo sólo conozco una, pero me quitó la curiosidad de conocer a las otras seis. ¡Como sean todas iguales a la que yo vi!"
"¡Qué imbecil!, pensé yo, irritado por la glacial acogida que me había dado. Sentí como una áspera satisfacción, al observar su completa incomprensión de Maeterlinck. "Y por una mujer semejante hago yo todas las mañanas tantos kilómetros, ¡estoy yo listo! Ahora soy yo quien no querra saber nada con ella." Esas fueron las palabras que me dije; eran lo contrario a mis pensamientos; eran puras palabras de conversación, como nos decimos en los momentos en que, por estar demasiado agitados para quedarnos a solas con nosotros mismos, experimentamos la necesidad de hablar, a falta de interlocutor, con nosotros mismos, sin sinceridad, como con un extraño. (p.235)

Páginas 219-228

La señora de Villeparisis es pintora aficionada, y durante buena parte de la velada trabajó en una acuarela.
Todo el mundo se había acercado a la Sra. de Villeparisis para verla pintar.
"Estas flores son de un rosa en verdad celeste", dijo Legrandin, "quiero decir del color del cielo rosado, pues hay un rosa cielo, del mismo modo que hay un azul cielo, pero", murmuró para que sólo lo oyera la marquesa, "creo que me inclino, de todos modos, por el sedoso, por el rosicler vivo, de la copia que está usted haciendo. ¡Ah! Deja usted muy atrás a Pisanello y a Van Huysum, su herbario minucioso y muerto."
Un artista, por modesto que sea, acepta siempre ser preferido a sus rivales y procura sólo ser justo con ellos.
"Lo que le inspira esa impresión es que ellos pintaban flores de aquella época, que ya no conocemos, pero tenían una gran sabiduría."
"¡Ah! Flores de aquella época, ¡qué ingenioso!", exclamó Legrandin. (p.219)
Bloch, distraído, rompió un jarrón. Este pequeño incidente logra ofuscarlo por completo, hasta el punto que decide abandonar la velada:
Bloch se levantó para marcharse. Había dicho bien alto que el incidente del jarrón derribado carecía de la menor importancia, pero lo que decía bajito era muy diferente, más aún de lo que pensaba: "Cuando no se tienen sirvientes con abstante estilo para saber colocar un jarrón sin peligro de empapar e incluso herir a los visitantes, es mejor dejarse de esos lujos", refunfuñaba bajito. Era de esas personas susceptibles y "nerviosas" que no pueden soportar haber cometido una torpeza, que no reconocen y les estropea el día. Estaba furioso y deprimido y no quería volver nunca más a la alta sociedad. Era el momento en que resulta necesario un poco de distracción. Por fortuna, al cabo de un segundo la Sra. de Villeparisis iba a retenerlo. Ya fuese porque conociera las opiniones de sus amigos y la ola de antisemitismo que empezaba a elevarse o por distracción, no lo había presentado a las personas que se encontraban allí. Sin embargo, él, poco acostumbrado a la alta sociedad, creyó que, al marcharse, debía saludarlas, por mundología, pero sin amabilidad; inclinó varias veces la frente, hundió su barbuda barbilla en su cuello duro, al tiempo que miraba sucesivamente a cada uno de los presentes por sus anteojos con expresión fría y descontenta, pero la Sra. de Villeparisis lo detuvo; debía hablarle aún del pequeño acto que se iba a celebrar en su casa y, por otra parte, no quería que se marchara sin haber tenido la satisfacción de conocer al Sr. de Norpois... (p.222)
Cuando presentan a Bloch a Norpois, el narrador está presente.
"¿Tiene usted algo en marcha?", me preguntó el Sr. de Norpois con una señal de inteligencia, al mismo tiempo que me estrechaba la mano con cordialidad (...) "Me enseñó usted una obrita un poco alambicada en la que cortaba usted los cabellos en cuatro. Le di mi opinión con franqueza; lo que había hecho usted no valía la pena de que lo pusiera por escrito. ¿Nos prepara usted algo? Si no recuerdo mal, está usted apasionado por la obra de Bergotte." "¡Ah! No hable usted mal de Bergotte", exclamó la duquesa. "No discuto su talento de pintor, a nadie se le ocurriría, duquesa. Sabe grabar con buril o aguafuerte, ya que no bosquejar, como el Sr. Cherbuliez, una gran composición. Pero me parece que en nuestra época hay una confusión de géneros y que es más propio del novelista trabar una intriga y elevar los corazones que perfilar con punta seca un frontispicio o una viñeta." (p.228)

Páginas 209-218

El narrador se había acercado a Legradin para saludarlo, pero la manera en que decidió abordarlo resultó un poco complicada:
"Bien, señor, tengo casi excusa para estar en un salón, al encontrarlo a usted en él". El Sr. Legrandin concluyó de auqellas palabras -al menos ése fue el juicio que emitió sobre mí unos días después- que yo era un personajillo congénitamente malvado, que sólo encontraba satisfacción en el mal.
"Podría usted tener la cortesía de comenzar saludándome", me respondió sin darme la mano y con voz rabiosa y vulgar, que yo no sospechaba en él y que, sin la menor relación racional con lo que solía decir, tenía otra más inmediata y sorprendente con algo que sentía (...) "Naturalmente, cuando me persiguen veinte veces seguidas para hacerme ir a algún sitio", continuó en voz baja, "aunque tengo perfecto derecho a mi libertad, no puedo comportarme como un zafio." (pp.208-209)
Sin embargo, el narrador no deja de prestar atención a la conversación de Oriane de Guermantes:
Si en el salón de la Sra. de Villeparisis, como en la iglesia de Combray, en la boda de la Srta. Percepied [páginas 186-187], me costaba volver a ver en el hermoso rostro, demasiado humano, de la Sra. de Guermantes, lo desconocido de su nombre, pensaba al menos que, cuando hablara, su charla, profunda, misteriosa, tendría una rareza de tapiz medieval, de vidriera gótica, pero para que no me hubiesen decepcionado las palabras que oiría pronunciar a una persona que se llamaba Sra. de Guermantes, aun cuando no la hubiera amado, no habría bastado con que las palabras fuesen finas, bellas y profundas, habría sido necesario que reflejaran aquel color amaranto de la última sílaba de su nombre, aquel color que me había asombrado ya el primer día no encontrar en su persona y que había yo hecho refugiarse en su pensamiento. Seguramente había oído ya a la Sra. de Villeparisis, a Saint-Loup, a personas cuya inteligencia nada tenía de extraordinario, pronunciar sin precaución aquel nombre de Guermantes, simplemente como el de una persona que iba a venir de visita o con la que iban a cenar, sin parecer sentir en él arpendes de manera amarilleante y todo un rincón misterioso de provincias, pero debía de ser una afectación por su parte, como cuando los poetas clásicos no nos avisan de las intenciones profundas que, sin embargo, han tenido, afectación que también yo me esforzaba por imitar diciendo con el tono más natural: la duqeusa de Guermantes, como un nombre que se pareciese a otros. Por lo demás, todo el mundo aseguraba que era una mujer muy inteligente, de una conversación ingeniosa, que vivía en un grupito de lo más interesante: palabras que resultaban cómplices de mi sueño, pues, cuando decían "grupo inteligente", conversación ingeniosa, en modo alguno era la inteligencia tal como yo la conocía lo que imaginaba, ni siquiera la de las mayores eminencias: no eran personas como Bergotte las que componían aquel grupo. No, por inteligencia entendía yo una facultad inefable, dorada, impregnada de un frescor silvestre. Aun sosteniendo las tesis más inteligentes -en el sentido en el que yo entendía la palabra "inteligente", cuando se trataba de un filósofo o un crítico-, la Sra. de Guermantes tal vez habría decepcionado más aún mi esperanza respecto de una facultad tan particular que si en una conversación insignificante se hubiera contentado con hablar de recetas de cocina o de mobiliario de castillo, con citar los nombres de vecinas o parientes suyas, que me hubiesen evocado su vida.  (p.215)
El tema de la inteligencia de Oriane pronto pasará a segundo plano, y el de la presencia de Legrandin subirá a la superficie, para luego revertir posiciones una vez más. Todo este pasaje construye sectores de diálogo que el narrador sobrevuela, como si se moviera por el salón escuchando todo lo que se dice a su alrededor y tuviera la capacidad de moverse también en el tiempo, retomando todos los diálogos sin las fisuras inevitables.

Páginas 199-208

Seguimos en la velada de la marquesa de Villeparisis. Y entre los invitados aparece, para sorpresa del narrador, nada más y nada menos que el señor Legrandin, quien había despotricado pocas páginas atrás sobre el negativo -a su entender- hábito del narrador de frecuentar salones (pp.157-158).
Entró el visitante importuno y se dirigió derecho hacia la Sra. de Villeparisis con expresión ingenua y ferviente: era Legrandin.
"Le agradezco mucho que me reciba, señora", dijo, recalcando la palabra "mucho": "es un honor de una calidad muy poco común y sutil que hace usted a un viejo solitario, le aseguro que su repercusión...".
Se detuvo en seco al verme. (p.205)
El narrador intenta conversar con Legrandin, pero este "se mantenía constantemente lo más alejado posible" de él, "seguramente con la esperanza de que no oyera las lisonjas que con tan gran refinamiento expresivo no cesaba de prodigar a cada paso a la Sra. de Villeparisis" (p.207). 
Otros invitados, de todas formas, intercambian sus opiniones sobre Legrandin:
Aprovechando que se había alejado, la Sra. de Guermantes lo indicó a su tía con una mirada irónica e inquisitiva.
"Es el Sr. Legrandin", dijo a media voz la Sra. de Villeparisis, "tiene una hermana que se llama Sra. de Cambremer, cosa que, por lo demás, debe de decirte tan poco como a mí."
"¡Cómo! Pero si la conozco perfectamente.", exclamó, al tiempo que se llevaba la mano a la boca, la Sra. de Guermantes. "O, mejor dicho, no la conozco, pero no sé por qué le ha dado a Basin, quien se encuentra Dios sabe dónde con el marido, por decir a esa gorda que venga a verme. No puedo decirte cómo fue su visita. Me contó que había ido a Londres, me enumeró todos los cuadros del British. Aquí, donde me ves, al salir de tu casa, voy a ir a dejar una tarjeta en casa de ese monstruo y no creas que es de las más felices, pues, con el pretexto de que está moribunda, siempre está en casa y tanto si vas a las siete de la tarde como a las nueva de la mañana está lista para ofrecerte tarta de fresas, pero, desde luego, es un monstruo, vamos (...) Es una persona imposible: dice "plumífero", en fin, cosas así". "¿Qué quiere decir "plumífero"?", preguntó la Sra. de Villeparisis a su sobrina. "¡Y yo qué sé!", exclamó la duquesa (...). "No quiero saber. Yo no hablo ese francés". Y, al ver que su tía no sabía en verdad lo que quería decir "plumífero" (...), dijo con media sonrisa que los restos del malhumor teatral reprimían: "Todo el mundo lo sabe: un "plumífero" es un escritor, alguien que sostiene una pluma pero es una palabra horrible. Es como para hacer que se te caigan las muelas del juicio. Jamás diría yo semejante cosa. O sea, ¡que es el hermano! No me había dado cuenta aún, pero en el fondo es comprensible. Ella tiene la misma humildad de alfombrilla de cama y los mismos recursos de biblioteca ambulante. Es tan zalamera como él y tan molesta. Empiezo a hacerme una idea bastante clara de esa similitud". (pp.207-208)

Páginas 189-198

Buena parte de la primera sección de El lado de Guermantes está dedicada a la velada en la casa de la señora de Villeparisis, de quien se nos dice, entre otras cosas, que...
...seguramente las que propugnaba sobre todo (...) eran cualidades bastante poco exultantes, como la ponderación y la mesura, pero, para hablar de la mesura de forma totalmente adecuada, la medida no basta y hacen falta ciertos méritos de escritor que suponen una exaltación poco mesurada; yo había notado en Balbec que la señora de Villeparisis seguía sin comprender el genio de ciertos grandes artistas y que sólo sabía burlarse de ellos con finura y dar a su incomprensión una forma aguda y graciosa, pero ese ingenio y esa gracia, en el grado que alzanaban en ella, llegaban a ser, a su vez -en otro plano y aunque los desplegara para quitar importancia a las obras más altas-, aunténticas cualidades artísticas. Ahora bien, semejantes cualidades ejercen en toda situación mundana una acción mórbida electiva, como dicen los médicos, y tan disgregadora, que a las más sólidamente asentadas les cuesta unos años resistirlas. Lo que los artistas llaman inteligencia parece pura presuntuosidad a la sociedad elegante, que -incapaz como es de colocarse en el único punto de vista con el que lo juzga todo y por no comprender nunca el atractivo particular al que cede al elegir una expresión o hacer una aproximación- experimenta para con ellos una fatiga, una irritación, de las que muy pronto nacie la antipatía. Sin embargo, en su conversación -y lo mismo sucede con sus Memorias, que se publicaron más adelante- la Sra. de Villeparisis sólo manifestaba como una gracia totalmente mundana. Por haber pasado junto a cosas importantes sin profundizar en ellas, a veces sin distinguirlas, apenas había retenido de los años en que había vivido, y que, por lo demás, describía sin mucha precisión y encanto, sino lo más frívolo que habían ofrecido, pero una obra, aun cuando se aplique sólo a asuntos no intelectuales, sigue siéndolo de la inteligencia y, para dar en un libro o en una charla, que poco difiere de él, la impresión consumada de la frivolidad, hace falta una dosis de seriedad de la que una persona puramente frívola sería incapaz. (pp.189-190)
Entre los invitados a la velada está Bloch, ahora un "joven autor dramático":
Entre las personas presentas cuando yo llegué, en aquel salón, ligeramente calentado a propósito, porque la marquesa se había conspitado al volver de su castillo, había un archivero con quien la Sra. de Villeparisis había clasificado por la mañana las cartas autógrafas de personajes históricos a ella dirigidas y destinadas a figurar en facsímiles como documentos justificativos en las Memorias que estaba redactando, y un historiador solemne e intimidado que, al enterarse de que poseía por herencia un retrato de la duquesa de Montmorency, había ido a pedirle permiso para reproducirlo en una lámina de su obra sobre la Fronda, visitantes a los que se sumó mi compañero Bloch, ahora joven autor dramático, con quien contaba ella para procurarle artistas que actuaran gratis en sus próximas funciones vespertinas. Cierto es que el caleidoscopio social estaba girando y el caso Dreyfus iba a precipitar a los judíos al último rango de la escala social, pero en vano arreciaba el ciclón dreyfusista: no es al comienzo de una tormenta cuando las olas alcanzan su mayor furia. Además, la Sra. de Villeparisis, dejando a toda una parte de su familia tronar contra los judíos, había permanecido hasta entonces enteramente ajena al caso y no se ocupaba de él. Por último, un joven como Bloch, a quien nadie conocía, podía pasar inadvertido, mientras que judíos importantes y representativos de su bando estaban ya amenazados. Ahora tenía la barbilla puntuada con una "barba de chivo", llevaba un binóculo, una levita larga, un guante, como un rollo de papiros en la mano. Los rumanos, los egipcios y los turcos pueden detestar a los judíos, pero en un salón francés las diferencias entre estos pueblos no son tan perceptibles y un israelita, al entrar como procedente del fondo del desierto, con el cuerpo inclinado como una hiena y la nuca oblicua y soltando grandes salams, satisface totalmente el gusto por el orientalismo. sólo que para eso es necesario que el judío no pertenezca a la "buena sociedad", porque, de lo contrario, cobra fácilmente el aspecto de un lord y sus modales están tan afrancesados, que una nariz rebelde y que sigue, como las capuchinas, direcciones imprevistas recuerda a la de Mascarille más qeu a la de Salomón, pero Bloch, al no haber sido suavizado por la gimnasia del "Faubourg" ni ennoblecido por un cruce con Inglaterra o España, seguía siendo, para un aficionado al exotismo, tan extraño y sabroso de contemplar, pese a su traje europeo, como un judío de Decamps. (pp.194-195)

viernes, 21 de diciembre de 2012

Páginas 179-188

Terminada la obra, el narrador, Robert y Rachel se quedan en el teatro. Pronto las disputas entre la pareja de amantes reaparecen:
...en aquel momento Saint-Loup se imaginó que su amante prestaba atención a aquel bailarín que repasaba por última vez una figura del intermedio en el que iba a aparecer y su rostro se ensombreció.
"Podrias mirar para otro lado", le dijo con expresión sombría. "Ya sabes que esos bailarines no valen ni la cuerda a la que más valdría que subieran para romperse el lomo y luego van por ahí jactándose de que les has prestado atención. Por lo demás, ya lo has oído, te han dicho que vayas a tu camerino a vestirte. Vas a llegar tarde otra vez."
(...) "¡Oh! Pero si lo reconozco, es mi amigo", exclamó la amante de Saint-Loup, al contemplar al bailarín. "¡Hay que ver qué bien está! Mirad cómo danzan esas manitas, ¡como todo el resto de su persona!"
El bailarín volvió la cabeza hacia ella y su persona humana aparecía bajo el silfo que estaba representando, la jalea recta y gris de su sojos tembló y brilló entre sus tiesas y pintadas cejas y una sonrisa prolongó por los dos lados su boca en su rostro dibujado al pastel rojo; después -para divertir a la joven, como una cantante que nos canturrea, amable, la tonada que, como le hemos dicho, admiramos- se puso a repetir en movimiento de sus palmas, remedándose a sí mismo con finura de imitador y buen humor infantil.
"¡Oh! ¡Qué amable, imitarse a sí mismo!", exclamó y aplaudió.
"Te lo ruego, mi amor", le dijo Saint-Loup con voz afligida, "no des un espectáculo así que me matas, te juro que como digas una palabra más, no te acompaño a tu maercino y me voy; anda, no seas mala. No te quedes así entre el humo del puro, que te va a sentar mal", añadió al tiempo que se volvía hacia mí con aquella solicitud que me manifestaba desde la época de Balbec.
"¡Oh! ¡Qué felicidad si te vas!"
"Te advierto que no volveré más."
"No me atrevo a esperarlo."
"Mira, ya sabes que te he prometido el collar, si te portabas bien, pero como me tratas así..."
"¡Ah! Eso es algo que no me extraña en ti. Me habías hecho una promesa, debería haberme imaginado que no la mantendrías. Quieres recalcar que tienes dinero, pero yo no soy interesada como tú. Me trae sin cuidado tu collar. Tengo a alguien que me lo regalará."
"Nadie más podrá regalártelo, porque lo he reservado en Boucheron y me ha dado su palabra de que sólo me lo venderá a mí."
"Está muy bien eso, has querido hacerme cantar y has tomado todas las precauciones de antemano. Es bien cierto lo que dicen: Marsantes, Mater Semita, huele a su raza", respondió Rachel repitiendo una etimología basada en un grosero contrasentido, pues semita significa "senda" y no "semita", que los nacionalistas aplicaban a Saint-Loup por sus opiniones dreyfusistas... (pp.182-183)
Rachel, entonces, juega una carta más dura:
"Sí, sí, tú sigue", le dijo, irónica, ella, al mismo tiempo que esbozaba el gesto de quien perdona la vida y, volviéndose hacia el bailarín, añadió:
"¡Ah! La verdad es que es estupendo con las manos. Yo, que soy una mujer, no podría hacer lo que está haciendo". Y, dirigiéndose a él e indicándole las facciones convulsas de Robert, le dijo bajito: "Mira cómo sufre", en un arranque momentáneo de crueldad sádica (...) "¿Haces esas manitas también con las muejres? Pareces una mujer tú mismo, creo que podríamos entendernos muy bien contigo y una de mis amigas" (...) El bailarín sonrió misteriosamente a la artista.
Ella le gritó:
"¡Oh! Cállate, que me vuelves loca, ¡haremos unas fiestecitas!" (pp.184-185)
Al mismo tiemp, Saint-Loup está pidiéndole a un fumador que apague su puro, dado que a su amigo -el narrador, por supuesto- el humo le sienta mal. El hombre, un periodista, no hace caso.
"En todo caso, señor mío, no es usted muy amable", dijo Saint-Loup al periodista, sin abandonar el tono amable y suave, con la expresión concluyente de quien acaba de juzgar retrospectivamente un incidente concluido.
En aquel momento vi a Saint-Loup alzar el brazo verticalmente y por encima de su cabeza, como si hubiera hecho una seña a alguien a quien no veía o como un director de orquesta y, en efecto -con tan poca transición como ritmos violentos suceden a un gracioso andante en una sinfonía o un ballet-, tras las palabras corteses que acababa de pronunciar, descargó la mano con una bofetada resonante en la mejilla del periodista. (p.185)
Un rato después, Robert vuelve a pelear:
...iba a alcanzar a Saint-Loup a paso "gimnástico", cuando vi que un señor bastante mal vestido parecía hablarle muy cerca de él, por lo que concluí que era un amigo íntimo de Robert; sin embargo, parecían acercarse más uno al otro; de repente, así como aparece en el cielo un fenómeno astral, vi cuerpos ovoides adoptar con rapidez vertiginosa todas las posiciones que le permitían componer, delante de Saint-Loup, una constelación inestable. Me parecieron, lanzados como por una honda, al menos siete. Sin embargo, no eran [sino] sólo los dos puños de Saint-Loup, multiplicados por su velocidad para cambiar de lugar en aquel conjunto en apariencia ideal y decorativo, pero aquella obra de pirotecnia era una simple paliza que Saint-Loup administraba y cuyo carácter agresivo, en lugar de estético, me reveló en primer lugar el aspecto del señor mediocremente vestido, quien pareció perder a la vez toda la seriedad, una mandíbula y mucha sangre. Dio explicaciones mendaces a las personas que se acercaban a interrgarlo, volvió la cabeza al ver que Saint-Loup se alejaba definitivamente para reunirse conmigo, se quedó mirándolo con expresión de rencor y abatimiento, pero nada furioso. En cambio, Saint-Loup lo estaba, aunque no hubiera recibido nada, y cuando se reunió conmigo, sus ojos seguían brillando de cólera. El incidente nada tenía que ver, como yo había creído, con las bofetadas del teatro. Era un paseante apasionado que, al ver a un apuesto militar como Saint-Loup, se le había insinuado (...) Puñetazos como los que acababa de dar tienen la utilidad, para hombres del tipo del que se le había acercado antes, de hacerlos reflexionar en serio, pero durante demasiado poco tiempo, sin embargo, para que puedan corregirse y escapar, así, a castigos judiciales. (p.187)
Más allá del procedimiento de extrañamiento que emplea el narrador para describir los golpes que le propina Saint-Loup al paseante (similar al empleado para describir el rostro de Rachel en la página 178), llama la atención en este pasaje un segundo momento en la novela de violencia homofóbica. El primero está en A la sombra de las muchachas en flor y remite a las costumbres del Barón de Charlus (página 336); no es de extrañar que, aquí Saint-Loup repita ciertas pautas del comportamiento de su tío: más adelante en el libro descubriremos que ambos son homosexuales.